De sentir hacia afuera o hacia adentro
"Podemos comprendernos unos a otros, pero sólo a sí mismo puede interpretarse cada uno."
Demian, Hermann Hesse
¿Cómo explicar las variaciones y fluctuaciones entre autopercepción y percepción ajena? ¿Cómo justificar los días esos en los que nada más que nuestros propios pensamientos pueden ocupar la mayor parte de las horas de nuestro día, frente a aquellos otros días en los que continuamente pensamos en los seres amados, los seres que disgustan y todos los seres que nos rodean, y recalculamos si permitimos que continuen haciéndolo porque aún no sabemos si nos convence su energía en nuestro domo de influencia?
Cuando sentimos poco al resto, nos estamos sintiendo más a nosotros. Si bien la percepción varía según el nivel de consciencia de cada día -influido por las horas de sueño, la calidad del mismo, las injerencias externas, los eventos inesperados, las necesidades fisiológicas como el dormir, limpiarse o alimentarse, y seguramente otras variables que no estoy alcanzando a considerar-, la repartición de este nivel de conciencia entre elementos externos y elementos internos vive fluctuando.
La capacidad de autopercibir emociones, sentimientos y poder elegir la forma en la que los enfrentamos, tiene su origen en la cantidad de veces que nos expusimos a esa emoción y no nos vimos obligados a limitarla, negarla o reprimirla. Y creo que acá es cuando entra en juego el poder que tuvo la opinión ajena sobre nuestra conducta.
Pensemos en el primer enamoramiento de la infancia, por ejemplo. Un amor "no correspondido", unidireccional, basado en la admiración desde el punto de vista interno, no con la experiencia de diagnosticar o conocer a través, sino con la experiencia del admirar mediante la contemplación pasiva, y si es posible, recibir en respuesta la declaración de un amor sincero y perenne. Al querer expresar nuestro amor ante este individuo, quizá no nos animamos, por consejo de nuestros primeros amigos, diciendo que no lo hagamos, que es un error, que nos "rebajaremos" al expresar el sentimiento porque es obvio que lx chicx más lindx del curso no nos va a dar bolilla justo a nosotrxs. A partir de esto, surgen las probabilidades mentales de las chances que existen de que el otro nos diga que sí, o que no. Futuros infinitos, posibles o no. Así, vamos limitando y tratando de controlar los sentimientos, para no afectar el orgullo del "alma". Todo esto parte de la base de que nos educan en torno al mismo, a la necesidad de conservar el orgullo, de llevarlo bien alto, de nunca dejarlo de lado. Y con dejarlo de lado muchas veces se refieren a no expresar debilidad ante un otrx, porque debemos TENER (!) el control de la situación. Esto deriva en intentar controlar situaciones externas, y no internas.
La comodidad del acceso a la alimentación y a los espacios de confort en el nuevo siglo culminó con el estancamiento del ser humano -o desde mi punto de vista horriblemente llamado "achanchamiento" por hacer referencia a los chanchos (!)-. La comodidad en un auto de alta gama de hoy en día, versus los tranvías abarrotados de hace cincuenta años. Días comiendo los mismos alimentos porque era la época del año en la que se cosechaban, teniendo que adaptarse y reinventar comidas para evitar la repetitividad, versus la capacidad de conservar los cultivos de verano en heladeras gigantes o con el uso de conservantes que aseguren la continua oferta del producto. Ocio simple en equipo en las calles, cayendo y raspando contra la calle de tierra, corriendo con zapatillas simples, las de todos los días, sin necesidad de usar un botín en una cancha con piso de sintético. Y así, miles de ejemplos que datan del cambio en la condición el hombre, en la transformación de un animal que razona, piensa, crea en grande y evoluciona, a un simple maniquí de las grandes corporativas que convencen, mediante la publicidad y el control de los medios de comunicación, que el único estado buscable y deseable de ser alcanzado es el de bienestar, el de felicidad. Convenciendo de que la felicidad la da una marca determinada, la belleza, el uso de ciertas prendas de ropa, circular en tal o cual auto, visitar aquella ciudad, realizar ese deporte, utilizar esa camiseta. Y así, constantemente, instar al consumo desenfrenado, a la creencia de necesitar bienes de consumo en los que ni siquiera hubiésemos pensado si no hubiese sido por la publicidad desmedida, y más aún cuando se presenta de la mano de un costo reducido, como una especie de beneficio exclusivo para UNO, u oferta ocasional de suerte, haciéndole sentir a uno que fuerzas mágicas metafísicas influyeron para que eso sea de esa manera. Si veo la oferta dirigida hacia mí, me siento obligada a tomar riendas en la oportunidad y aprovecharla para consumir, porque así lo quiso el destino y la energía cósmica universal.
Así, las metas se vuelven ridículas y vacías, poco trabajosas, de simple alcance. La velocidad de las reacciones gracias a la sobrecomunicación hicieron que el mensaje sea pasible de ser editado o incluso eliminado, si no reunió las características necesarias para ser "válido" desde la autoestima virtual. ¿Y cómo medimos esta autoestima virtual, o la validez del contenido publicado en las redes? Podemos usar la cantidad de "me gusta", los tipos de reacciones, los comentarios. En conjunto, las notificaciones recibidas en torno a una publicación. Es decir, la capacidad de generar respuesta que tuvo una publicación. Respuestas que favorezcan la percepción que tiene uno mismo sobre la influencia de uno sobre el mundo. Editarlo implica repensarlo -y así, perder la espontaneidad-, y probablemente será adecuado a lo que el resto desea ver y consumir. Editamos nuestra vida y el contenido que creamos en los espacios virtuales, orientados según los perfiles de aquellos y aquellas que se ven más "exitosos" (también, desde lo que aparenta su perfil virtual). Eliminar una publicación por haber obtenido bajas respuestas o menores que las esperadas, implica sesgar los autoanálisis retrospectivos que hagamos cuando ingresemos a ver nuestro historial de la red social. Ejemplificando, pensaremos que somos ampliamente reconocidxs por lo que somos si sólo dejamos las fotos que tienen más de 150 likes, sin considerar todo lo eliminado. Para colmo, la vorágine nos hace pensar que la red social es lo que somos, cuando es sólo una parcialidad de lo que aparentamos.
El placer del reconocimiento inmediato lleva a la búsqueda de repetición de esas conductas, como si fuese una especie de adicción a incorporar esa información positiva. Así, logramos darle a nuestro cerebro suficiente estímulo para generar una buena cantidad de dopamina, que satisfaga la necesidad de dosis de ese momento de sed, para luego mantenerse un rato inactivo desde los medios virtuales. A más usemos el teléfono celular, más rápido llegará el craving. Craving literalmente significa "antojo" en castellano, y es un término que se utiliza en las toxicomanías para hacer referencia al deseo de consuimr una droga sí, estoy asumiendo que las notificaciones son la droga del siglo XXI-. El deseo de ser contactadx o reconocidx se hace insoportable, y motiva a sujetar nuevamente el móvil para buscar alguna interacción, alguna respuesta. Y si no hay, recargar contenido, sumar cuentas activamente, seguir a más personas, ver lo que publicaron otros, compararse con estos últimos, explorar fotos de lugares que están de moda, proponernos ir a esos lugares para cumplir con la "regla" social de visitar un sitio para ser de cierto estatus, de cierto grupo selecto de personas que viven la vida de la forma que hay que vivirla, y que así son felices, y que esto es lo único que importa.
¿Cómo no alejarnos del sentir "en vivo" hacia un otro, y más aún, del sentir hacia uno, con toda esta injerencia sobre nuestra propia percepción de la calidad humana? ¿Cómo no generarse ideas erradas de las personas, si en nuestras mentes generamos conceptos a partir de lo que cuentan que son, no lo que no son? Son apariencias puras. ¿Es consciente acaso una persona de todo lo que no sabe, y que todo esto que no sabe es miles de veces más amplio, casi que se podría decir inconmensurable, frente a lo que sabe, que es absolutamente finito? Bajo esta proposición, entonces, todo lo que una persona sabe de sí misma no se compara con lo que no sabe. Por lo tanto, todo lo que alguien cuenta que es -a partir de un relato, ya sea virtual o presencial, en una cita, u hoy en día, más aún reforzado en el contexto del ASPO, en un chat recientemente iniciado con una persona nueva- es una mínima e insignificante parte de un todo. Todo que se constituye por lo que la persona es, y por lo que la persona no es. Y no sólo es que en el perfil muestra sólo lo que es, sino que, dentro de todo lo que es, se esfuerza en mostrar los aspectos que desde el punto de vista sociocultural del contexto actual son vistos como "positivos" o "atractivos" nos hacemos nuestra propia publicidad para vendernos de la mejor manera posible, porque somos bienes de consumo.
Podríamos ejemplificar con mostrar fotos de un viaje. El viajar implica poseer la "virtud" de amar viajar. Si bien amar viajar no se considera una virtud -desde el análisis filosófico-, la sociedad contemporánea sí lo hace. Se relaciona viajar con virtudes como ser abiertx de pensamiento, inteligente, curiosx. Podríamos ir un poco más profundo y relacionar viajar al exterior con un buen puesto laboral o una buena familia desde la perspectiva económica, lo cual transmite seguridad social y económica.
Introduciendo el ejemplo de una virtud como lo es la inteligencia o la sabiduría, es común encontrar en las redes fotos de una libreta universitaria con una nota alta, o con un título universitario (más aún cuando es de una universidad reconocida en exceso -también, universidad reconocida por sus datos positivos más que por sus datos negativos-). Incluso, si una persona estudia una carrera que esté muy instalada en el inconsciente colectivo como difícil, como es el caso de estudiantes de carreras como medicina o ingeniería, es probable que se permita a sí mismx subir una foto de una nota aprobada al límite -una foto de un 4 (cuatro)-, ya que debido al contexto y la complejidad de lo estudiado, sabe que será aceptada y hasta ampliamente felicitada. Este último ejemplo gira en torno a, nuevamente, otro aspecto visto como "positivo" en un ser humano, ya que da idea del status cognitivo del individuo, lo cual se relaciona con un mejor pasar económico, mejor futuro, mejor calidad de vida.
A partir del perfil generado a pura emoción positiva, eventos llenos de alegría, sensaciones placenteras y confort, se genera una autopercepción de que todo siempre está bien. Los momentos registrados y mencionados como que valen la pena ser publicados y considerados en una línea de tiempo retrospectiva, son momentos "felices" o "alegres" desde la percepción sociocultural. Redundando, ejemplos como viajar, aprobar un examen, tener una cara y cuerpo atractivos, tener una pareja que entre en el estereotipo de belleza de turno, juntarse con amigos y pasarla bien, etcétera.
Sumado a la autopercepción, también se modifica la percepción ajena, ya que dependiendo en qué momento y contexto conocemos a una persona nueva, esa persona será para nosotros según lo que logramos percibir en la lectura de sus fotos, sus descripciones y comentarios. Hace poco conocí a un compañero de trabajo, que me pidió mi instagram. Una semana después de habérselo pasado, cuando nos volvimos a ver nuevamente, me dijo: "Estuve mirando tu instagram para conocerte (!). No hay muchas fotos tuyas. Sos un poco rara." Imaginarán mi cara en respuesta.
Ni hablemos de si tenemos intención de relacionarnos desde el punto de vista sexual con individuos cuyos perfiles se nos cruzaron durante el uso de una red social. Probablemente lo hagamos debido a que en sus publicaciones reúnen una serie de caracteres físicos y psíquicos que pueden llegar a encajar con el tipo de persona que creemos que debe relacionarse sexualmente con nosotros. Mediante lo que aparentan en las publicaciones tratamos de ver si cumplen con una serie de condiciones. Éstas pueden tener un orden de importancia que cada uno le dé debido a las experiencias previas en este ámbito de las relaciones humanas. Ejemplificaré condiciones posibles:
- Un nivel de belleza física que coincida con la autopercepcion de nuestra belleza física en relación a los estereotipos de la cultura en la que nos relacionamos y vinculamos (y no sentir que la persona es "fea" para lo que nosotros podríamos llegar a "conseguir")
otra vez, nosotrxs mismxs como bienes de consumo. - Un grado de inteligencia académica que nos haga sentir que con esa persona aprenderemos y enseñaremos de forma constante, aprendiendo desde la admiración y alimentando el ego al enseñar, y no sentir que nos estamos vinculando con una persona que no se encuentre en un rango de conocimientos o formación profesional que se asemeje o aproxime a la nuestra.
- Un grado de inteligencia emocional que nos haga sentir cómodxs de expresar nuestros sentimientos, y obviamente, retroalimentados, y no sentir que nos estamos vinculando con un témpano, buscando espacios de reflexión y de compartir en libertad de sentir.
Hago una aclaración sobre este punto antes de continuar. No me parece que haya que vestir de azul a las niñas para combatir la tendencia de género, porque sino, habría una vinculación del azul con el género opuesto. A lo que me refiero es que la regla debería ser: vestite con el color que más te guste. Eso propondría libertad de elección, sin pensar que debería ser de una forma determinada por haber nacido niña o niño. Llego a este punto porque entiendo que instar a los niños a que sí deberían realizar ciertas actividades y no deberían realizar ciertas otras actividades -o utilizar tal prenda, o un determinado color-, sólo por el sexo biológico que portan, comienza a generar las primeras ambivalencias sobre una intención de ser del niñO o niñA. No sé cuántos hijes tienen, señores lectores, pero es usual que les niñes se encuentren con la amenaza paterna/materna si no cumplen con lo establecido culturalmente. En la psique del niño o niña surge lo siguiente: "Quiero hacer esto/ser de esta manera. Mi padre/madre, que es mi todo y me da la vida y el alimento, me lo niega o me reprende, y amenaza con dejar de amarme si lo hago. No puedo permitir que deje de amarme, porque es mi todo, y de él dependo". Ante la ambivalencia de la intención de ser, por temor a la represalia, nos vemos obligados a elegir. Entonces niño o niña elige lo propuesto por mamá o papá, porque son sabiduría y verdad. Son fuente de todo conocimiento durante los primeros años de vida. Y quizá esta alienación, esta necesidad de ajustarnos a lo que el sistema pretende de nosotros como humanos en el siglo actual, surge porque, justamente, el sistema pretende algo de nosotros, amenazándonos con emociones "negativas" si no lo hacemos.
Controlar la intención deja en segundo plano la necesidad de darle un lugar a prestar atención a la parte más química, evolutiva o instintiva, que es la emoción que generó la intención de ser. En primer lugar, entonces, se alza la emoción generada por quien nos observa y llama la atención constantemente, que es el individuo contenedor: tutor, encargado, familia, docente, gobernador o presidente de turno. Quien corresponda. Es ese ente al que queremos satisfacer desde la admiración y el amor -en el mejor de los casos porque puede que suceda desde el miedo y el temor a la consecuencia, como se podía ver en tiempos pasados como durante la segunda Guerra Mundial-. Ente que representa fuente de vida, seguridad y confort, ya sea en la primera infancia o durante la adultez. Si en esa familia el consumo continuo -que se instauró insidiosamente- fue aceptado sin interpelarlo, intentará generar individuos que sólo sean felices. Plantearán la felicidad como fin último y máximo, haciendo creer que la felicidad es una meta, que hay que alcanzarla -más allá del medio (!)- para estar bien, y que si no se la alcanza, no se estaría realizando uno como individuo. Ante un contexto familiar de este tipo, la persona estará muy influenciada por lo que se debe ser, e intentará ser lo que el sistema espera de la persona en potencia (o lo que el sistema le metió a la familia que debería ser esa personita en potencia). Si el contexto familiar/educativo es crítico, conservador, y apaña, generará individuos que sólo sean felices como ellos perciben que son, por poseer lo que el sistema les hizo creer que era necesario poseer para ser felices. Ouch. Y hablo de poseer no sólo desde lo material, sino desde las experiencias vivenciadas, o lo que lograron como individuos desde la educación o el trabajo. Esperan, entonces, limitarlos a que sean imagen y semejanza, en una especie de divisón mitótica. O incluso, que sean los sueños frustrados, lo que ellxs no pudieron ser en vida. Frente a esto, la integridad e individualidad del ser será reprimida, intentando encajar en los preceptos familiares y socioculturales, dejando a la emoción propia, como dije al principio del párrafo, en segundo plano.
La emoción es una respuesta adaptativa, inevitable y sorpresiva, que acudirá una y otra vez, y encontraremos la manera de reprimirla si se aprende que forma parte de un espectro de "emociones limitantes", refiriéndome al ser y su relación con el entorno como lo que es limitado por esa emoción. Y si las emociones son respuestas adaptativas, biológicas, predeterminadas, basadas en neurotransmisores y mediadores químicos, ¿cómo pueden haber emociones buenas o malas, siendo que la ética o la moral, disciplinas filosóficas, son principalmente analíticas de los fenómenos sociales humanos, y no de los biológicos? Y lo digo desde el aspecto determinista, porque justamente, es necesario entender a la emoción como una respuesta adaptativa, pero asimilable como algo natural y espontáneo -culturalmente hablando-, por lo tanto, aceptada como un componente del ser humano.
En los últimos años, el planteo de los medios de comunicación de que a la emoción mala hay que combatirla con una emoción buena, nos hizo buscar fuentes rápidas y fugaces de emociones buenas. Quizá el origen de todo esto derive del consumismo, para hacernos creer mediante la publicidad que obtener o adquirir ciertos bienes de consumo generarán una emoción buena (tomarte una Coca-Cola, tener la televisión con más pulgadas o definición, o el mejor celular) que contrarrestará la mala, y estaremos haciendo algo bueno por nuestra vida.
Nadie plantearía, entonces, la ventaja que reside en el hecho de permitirse sentir emociones y dejarlas ser, fluir, enfrentarlas, identificarlas, y aprender a atravesarlas sin afectar al entorno de una manera significativa. Permitiría -y ya hablo desde la experiencia propia y de allegados- una vivencia más integral de cada situación o hecho histórico de la vida de un individuo, caracterizada por más calma, con menos atropellos, conflictos y daño hacia un otro. Y hablo de daño hacia un otro, porque la aparición de una emoción descontrolada frente a un individuo que confía en uno, puede ser dolorosamente devastadora y traumática. Probablemente, las relaciones que más se ven afectadas por este tipo de eventos emocionales son las que se dan en carácter de pareja (y quizá sea la principal afectada, ya que cuando se comienza a experimentar cierta convivencia, empiezan a notarse más aún esos aspectos que no poseemos), pero también suele/puede darse en el contexto de una amistad, o una relación laboral. Mi emoción surge, tu presencia invade el ambiente, me desquito sobre tu figura, te hago parte y responsable de mi emoción, que no entiendo ni asimilo ni estoy dispuesto a manejar, pero rápidamente debo reprimirla. Ante el desconocimiento de los sentimientos, podemos herir o socavar a un otro con el uso de palabras inadecuadas que quizá, fuera de los efectos de la emoción, no las hubiéramos usado. También puede concluir en el uso de la coerción, la amenaza y la coartación de la libertad ajena, que rememora un poco a la relación con los educadores -tu conducta merece una expulsión, los conocimientos insuficientes merecen repetir el año-, y podría ser justamente el reflejo de esa vivencia, pero con el rol invertido: quien fue reprimido, ahora se convirtió en el represor. Por lo tanto experimentar la libertad es importante, ya que cuando uno acepta y valora la propia libertad de sentir y actuar, también tendería a aceptar y valorar la libertad de un otro de sentir y actuar. Más aún si es de un ser amado. Y si uno logra llenarse de empatía, y entender que todos los seres humanos somos iguales en esencia -nadie vale más que nadie, todos contamos con la misma potencialidad por ser humanos- también podría respetar la libertad de cualquier ser. Todo esto derivaría en formas de relacionarse más simples, sinceras y menos coercitivas o tendientes a una dominación o aprovechamiento de uno sobre otro. Generando así vínculos más duraderos, desde la horizontalidad, la compañía, la empatía y el respeto.
Sentir hacia adentro, entonces, daría una gran base de conocimiento de los aspectos de cada una de las seis emociones que se describió que puede percibir el ser humano: alegría, tristeza, miedo, vergüenza, rabia y culpa. Emociones como respuestas que se dan así sin más, de forma natural e incontrolable. La respuesta adaptativa es percibida a nivel cortical por el elemento consciente de la psique humana, para intepretarla, asociarla a un sentimiento, generar un recuerdo, y decidir cómo actuar en consecuencia, o si actuar, acelerar el corazón, atacar... o no hacerlo. La libertad de poder elegir es lo que le da, entonces, el carácter de controlador de las emociones, o mejor dicho modulador: aparecen adaptativamente y las sé reconocer y manejar en torno a mi propia autopreservación. Y sólo es lograble si la emoción es reconocida y bien caracterizada, sabiendo cuándo puede poner en juego mi vida, o la vida de un otro. Podríamos ejemplificarlo de la siguiente manera: si una persona A le genera rabia a una persona B, repetidas veces, la persona B generará un sentimiento de irritabilidad hacia la persona A, lo cual la hará ofuscarse cada vez que la persona A aparezca en el entorno de la persona B. Si B reconoce su emoción como una respuesta adaptativa propiamente suya (ejemplo, porque B es del equipo de fútbol contrario al equipo de A, elección que está influida por factores externos y no porque A quiera "enrroscar" a B), manejará la irritabilidad quitándole a A la responsabilidad de sus emociones y sentimientos. De esa manera, B soportará mucho más amablemente la presencia de A, y A no sufrirá la posible consecuencia de un ataque de ira de B (podríamos analogarlo al ejemplo del homicidio culposo, con o sin alevosía, pero no es mi intención introducirme en tal amplio y perverso terreno de la conducta humana). Por lo tanto, las emociones son lo que son. Emociones. Internas. Quien tiene el poder de ver cómo manejarlas es uno mismo. Vivir emociones es sentirlas, sentirlas es escucharlas, escuchándolas se las conoce, y sólo conociéndolas es que se las domina.
Me gustaria terminar con otra frase del libro mismo que fomentó este análisis y con el que inicié la narración. "Nada hay más molesto para el hombre que seguir el camino que le conduce a sí mismo." El hombre teme autoconocerse. Autoconocerse implica descubrir los aspectos más profundos, más mundanos, más alejados de los ideales que el sistema promueve como alcanzables, como modelos a seguir. Porque, justamente, el ideal a seguir por el sistema no existe como tal, pero de pronto creemos que se va haciendo presente, desde la automatización, desde la limitación de los espacios de discusión por temor al momento de intercambio de ideas, por la imposición de lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto. El hombre-máquina. Imposible de alcanzar, por la naturaleza animal del humano. Por sus pasiones, pulsiones e instintos. Al temer autoconocerse, encuentra la comodidad en la repetitividad, en la rutina, en la alienación, en asumir que la vida está bajo su control y, mediante una serie de puntos, de metas alcanzables, la misma puede ser realizada, y ya. Se aleja del concepto de la vida como continuo y constante sufrimiento. Sufrimiento propio, carga individual. Soy la única dueña de mi carga y no puedo hacer nada para aliviarle la carga a un otro, ni puedo repartir la mía propia. Somos los únicos dueños del propio sufrimiento, al que siempre estaremos destinados. Sufrimiento, mal concebido desde el punto de vista sociocultural, pues es definido como "la sensación motivada por cualquier condición que someta al sistema nervioso al desgaste." ¿Acaso el paso del tiempo no implica desgaste para la cosa más inanimada, como una piedra? Hasta para un metal brillante, que se corroe con la salitre de la costa más cercana. La cuestión es, entonces: si estamos condenados al desgaste, y el desgaste es inevitable, el tema central de la vida debería girar en torno a cómo transitamos el desgaste. Y conociendo las emociones y manejándolas, el desgaste se puede transitar con buen humor, tranquilidad y actitud contemplativa.
Como dijo Viktor Frankl, en "El hombre en busca de sentido": "Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir ha de aceptar dicho sufrimiento, pues esa es su sola y única tarea. Ha de reconocer el hecho de que, incluso sufriendo, él es único y está solo en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento ni sufrir en su lugar. Su única oportunidad reside en la actitud que adopte al soportar su carga."
Sentir hacia adentro para reconocer la carga propia, abrazarla con amor, y llevarla en el camino de forma tal que sintamos que la vida vale. Que el camino es parte de las metas. Y más valiosos aún para el desarrollo del individuo, cuando aquellos caminos tomados son los que conducen a uno mismo. Los caminos de autoconocimiento.
Comentarios
Publicar un comentario