De la intención y el fluir de los hechos
Hoja en blanco.
Escribo porque me hace falta. Porque antes escribía más.
Ahora hablo más. Con alguien. La mayoría de las veces me escucha completo y con atención. A veces me hallo hablando demasiado y descubro que me falta este espacio, este lugarcito de larga y tendida expresión. O corta a veces, pero nada de eso importa, la longitud no es la cuestión, sino el hecho de dejar fluir pensamientos.
Fluir. Qué necesario el permitir fluir, y detectar hacia dónde y cómo fluye, para no gastar tanta energía en encausar donde uno quiere. Que necesario entonces que la fluidez vaya en dirección a nuestros anhelos y deseos, o estar abiertos a cualquier viraje en el timón para no intentar luchar contra la corriente. ¿Y por qué querer un camino que no es el natural?
Surge una motivación. Un querer ser, hacer, tener. Romper con lo estático, lo que hasta ese momento no estaba siendo. Con lo inanimado es muy simple, porque no tiene consciencia, no toma decisiones. Puedo poseer algo, comprándolo o tomándolo de su fuente de origen, sin pedir permiso o pagando por su obtención.
¿Y qué pasa con los sujetos? ¿Con lo animado? El resto de las consciencias también tienen poder de decisión. Y si decidimos ser con, hacer con, debemos contar con la aprobación de la otra consciencia. Lejos de poseerla, dominarla, o controlarla. Lejos de instarla a hacer lo que una quiera, a ser como una quiere que sea. Por eso dejo de lado el verbo tener. Porque no podemos tenernos los unos a los otros. No podemos poseernos.
Sí podemos ser con y hacer con. Eso implica ceder. Implica que una de las partes acepte la propuesta de la otra parte a ser/hacer juntos en un determinado aspecto, en un determinado hecho. Ambas partes pueden querer ser/hacer con, y ambas partes aceptarán con dicha y alegría el deseo de ser/hacer con de la otra parte. Así, reina un sentimiento de amor en torno a dos personas que se aceptan mutuamente en sus intenciones de compartir, durante mucho tiempo al día, o a la semana. ¿Y qué pasa si una de las dos partes quiere compartir algo que la otra, en ese preciso instante, no quiere? ¿Quién cede? ¿Cómo se define qué es más importante, si el que quiere compartir, o el que no quiere? Mi ejemplo más común, a causa de mi verborragia, es el del decir. ¿Quién debe ceder si uno quiere decir, y el otro no quiere escuchar? Algunos podrían decir que debe ceder quien escucha, para evitar las represiones. Pero ¿no se reprime a quien escucha, si lo que anhelaba era el silencio? La conversación analítica, extensa, constante, puede, a veces, agotar la mente. Agota tanto contenido procesable por la mente consciente. Descripciones de contenidos, en forma de imágenes, colores, sonidos, olores, sabores. Se describen recuerdos, se evocan situaciones de vida previas. Sueños. Entendimientos. Suposiciones. ¿Tanto pasado para analizar? ¿Por qué analizarlo tanto? ¿Por qué incluso analizar el por qué del análisis constante de las situaciones de vida pasadas? Lo constante puede volverse compulsión. Y la compulsión actual, dificultar la funcionalidad de la mente, por la intención continua de pensar en los por qués, verbalizarlos. Interpretar motivos, órdenes, razones. Absolutamente alejados del momento real en el cual ocurrieron las cosas. Alejados de lo vivido. La memoria no es exacta... Está expuesta a la construcción del inconsciente. Los recuerdos hoy solo son impresiones mentales de vivencias que dejaron una huella, que pueden describirse con mayor o menor fidelidad, dependiendo de qué detalles recuperemos de esos momentos.
Y son recuerdos y huellas sobre esta piel, que es la misma pero diferente, y sobre esta mente, que piensa parecido pero distinto, y sobre este espíritu, que amó siempre y hoy sigue amando. ¿Cuántos por qués hay en el amor? ¿Cuántos en el desamor? En la disolución de lo que se crea. En la intención de ser con, tantos por qués como en la intención de dejar de ser con. Sobrepensarlos y sobreanalizarlos, poner en balanzas, evitar conversaciones incómodas pero algún día igualmente querer llevarlas a cabo, y ¿de cuánto sirve conversarlo y analizarlo? ¿cuál es el fin detrás? Quizás, intentar entender. ¿Entender qué? La decisión intuitiva, instintiva, decisión que se siente y se lleva a cabo por sentir, sin pensar demasiado, sin saber si es correcto o incorrecto, simplemente ejecutar, ser, proponer ser con, convertir la situación de vida, jugársela, arriesgarse, ¿jugar a qué? ¿de qué riesgos hablamos? Si el amor se siente, quién sabe por qué, a quién le importa por qué, ni a mí me interesa. No me interesan los motivos, y si me dieran como opción conocerlos, quizás hasta lo evitaría, porque los motivos son sólo de la mente, de su afán por razonar, por hallar respuestas, responder los por qués. El espíritu se ríe y ve cómo el cuerpo responde fisiológicamente, la piel se eriza, y la sonrisa se dibuja casi automática al interpretar mediante la corteza occipital la imagen frente a los ojos, la imagen del ser amado, yaciendo acostado, durmiendo a un lado, envuelto en unos brazos que lo aman y protegen, mientras me envuelve con unas piernas que me aman y protegen, y elijo estar ahí. No sé muy bien por qué, no sé por qué amo así, no me importa demasiado. Sólo sé que brotó como una semilla de una planta, estiró sus raíces hacia las profundidades del suelo, a la vez que creció su copa, suavemente pero con firmeza.
Hoy esa planta es regada día a día, protegida del exceso de sol y calor, amada por sus cuidadores que no se olvidan de ella ni un día. Inteligente, sabia, autótrofa. Perenne. Porque se intuye su eternidad. Porque no entiende de tiempos ni de espacios: atemporal y anespacial. Y qué sé yo, qué importa qué nos llevó a plantar esta planta y cuidarla como si fuera la vida propia. Será que es la voluntad de Alguien que moviendo los hilos halló que tu energía cerca potenciaba la mía, y mi energía, la tuya. Será que es la voluntad de Alguien, las voluntades de dos Alguien, que motivados por una intención de compartir hallan un lugar de bienvenida, un espacio que acepta la llegada del Ser, por amor, y lo abrazan para demostrar que está bien, que pueden encontrarse, y fluir en conjunto. Que hay un deseo y anhelo compartido de Ser con, de hacer con. Libertad de amor absoluta. Amar siendo, con lo del día a día, con lo cotidiano, con lo difícil, los obstáculos y trabas. Amar siendo, cuidando, ocupándose más que preocupando, fomentando la alegría, la comunicación y el entendimiento. Y cuando ésta es la intención mutua, y es desinteresada por completo, pareciera que el fluir es en ese sentido: en el sentido de la intención. Como si fuera real todo eso que dicen de la ley de la atracción. Como si fuera real la existencia de Dios. Como si las peticiones fueran escuchadas, y realizadas. Como si fuera real la eterna gracia Divina. Esa que se materializa ante mí cuando te miro a los ojos, y me veo reflejada en ellos, como persona, como espíritu coexistente con una mente y un cuerpo.
Y nos veo, como hermanos, como amantes, como amigos, como compañeros, como maestros, como sacerdotes, como guías. Evitando ser jueces, adversarios, rivales, enemigos. Y en todas las versiones, siendo vos conmigo, siendo yo con vos. Haciendo en conjunto.
Siendo en conjunto, fluyendo, a través de la intención.
Como mi intención de sentarme a escribir porque me hace falta. Porque si me hacía falta, permitírmelo es puro fluir.
(Y fluyó, nomás.)
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