De la Ley Universal
Recibimos lo que damos.
Como un espejo, la vida refleja nuestras propias intenciones.
Nada es casual. El Universo recibe nuestro flujo de energía.
Recibe la ansiedad, el miedo.
Los silencios internos y externos.
Recibe la alegría, la fe, la confianza.
El amor. La verborragia. Las reacciones impulsivas.
Recibe los momentos de ira y también los de meditación.
Recibe y rebota. Devuelve.
Así es como todo marcha.
El tiempo y el espacio se desenvuelven. Ambos cruzan sus vectores y permiten los hechos, los sucesos. No hay eventos sin tiempo ni espacio para el movimiento.
Vemos al tiempo como un gran tirano. Aquel que limita nuestras posibilidades. Que no permite desarrollar al máximo nuestras capacidades y virtudes. Aquel que mata, a aquellos que amamos, a nosotros mismos. Que le quita valor a los objetos. Que marchita, oxida, endurece. Así lo vemos constantemente, con miedo y rabia. Nos enojamos con el tiempo. Deseamos que se frene en los momentos maravillosos de la vida, en aquellos instantes de felicidad pura e inexplicable. Luego, cuando estamos en un sitio que no deseamos estar, o con personas con las que no quisiéramos compartir, cursando una clase que nos aburre o desenvolviéndonos en un trabajo que odiamos, ahí el tiempo se dilata, no pasa. Miramos las agujas que se mueven lentamente. Pareciera apropósito. Absortos en nuestros pensamientos y nuestras ganas de huir de allí. Pensamientos que nos dicen "no tendrías que haber venido", "no te gusta este trabajo", "no te gusta esta clase". Negativos, constantes, atormentándonos el presente, el aquí y ahora. Boicoteando el momento, que es lo único seguro, lo que hay realmente.
Todos esos pensamientos son parte de nosotros. Hay una frase muy popular que postula que "no somos lo que pensamos"... Podríamos convertirla en una aseveración correcta si le agregáramos la palabra "sólo": "no somos sólo lo que pensamos". Así, afirmamos que somos un conjunto de muchas partes, y lo que pensamos es una parte de lo que somos. ¿De qué sirve este cambio de paradigma? ¿De qué sirve darnos responsabilidad sobre nuestras construcciones mentales puramente imaginarias?
Sirve, pues los pensamientos influyen en nuestros sentimientos y emociones, y en consecuencia, en nuestros actos. Para con los demás y para con nosotros mismos.
Si admito que "no soy lo que pienso" entonces puedo pensar lo que sea, y libremente desconectarme de esos pensamientos. Pero esos pensamientos siguen habitando mi inconsciente, y a menudo se hacen visibles, interrumpen mi vida, mis momentos, mi estudio, mis relaciones. Llegan, intrépidos e irrespetuosos. No entienden de necesidades ni de situaciones especiales. Simplemente se hacen ver, de la nada, tan rápido como se eriza la piel ante una ráfaga de viento fresca.
La aparición del pensamiento puede traer consecuencias, "buenas" o "malas". Y las comillas van porque, más allá de lo que se considera bueno o malo para la sociedad actual, puede significar algo bueno o malo para nuestra vida. ¿Y cómo saber qué es bueno o malo para la vida de uno? Complejo... Pero para mí, que me mueve el sentido de mi vida, creo que lo "malo" es aquello que me aleja de ese sentido. Aunque podemos también verlo como un simple obstáculo que traerá la asimilación de herramientas que tarde o temprano serán necesarias para cumplir con el sentido de cada quien. Por lo tanto, de nuevo... es complejo. Pero más allá de si luego sirvió o no, un pensamiento que cause sufrimiento, tristeza, ira o resentimiento, derramará esa energía sobre el Universo. Allí donde nada se ve, donde nada parece pasar, todo lo que brote de nuestro ser será reflejado y devuelto a nuestro corazón.
Por lo tanto, asumir que no somos lo que pensamos es permitir que los pensamientos fluyan de forma ilimitada, cualquiera sea su naturaleza. Es darles mucho espacio en nuestro ser. Si nuestro todo esa suma de nuestras partes, limitado por el tiempo y el espacio, a más espacio y tiempo ocupen esos pensamientos, menos espacio y tiempo habrá para el resto de nosotros: pensamientos de otra naturaleza, sentimientos, emociones, reflexiones. Si asumimos que hay que dejar fluir los pensamientos, y a la vez asumimos que no somos lo que pensamos, por lo tanto no hay de qué hacerse cargo porque es lo que naturalmente surge. Pero, ¿realmente brotan de nosotros? ¿por qué tenemos esos pensamientos? ¿por naturaleza humana? ¿O quizá porque permitimos que factores externos a nosotros depositen en nuestro inconsciente ideas que jamás hubiésemos tenido si ese factor externo no se nos hubiese cruzado de manera casual? Una noticia, una canción, un evento en la vía pública, una película, una telenovela, un comentario radial, una historia de un ser querido, un comentario de un profesor. Podríamos verlo de otra manera y pensar que no es casual sino causal, quizá sirvió para depositar un pensamiento negativo, que a futuro nos enfrente con un desafío que nos dé una herramienta nueva y necesaria para crecer y alcanzar nuestro Dharma.
Sea cual sea, casual o causal, el pensamiento negativo surge, y genera dolor. Puede incluso dañar a otros, de forma temporal o permanente, con nuestras actitudes impulsivas, temerosas, iracundas, o pedantes. Dejarnos dominar por los pensamientos incluso impide utilizar nuestra psique en otras actividades a las que necesitábamos prestarles atención en ese momento determinado, ya sea un trabajo —y tener problemas al ejercerlo mal—, la manipulación de un medio de transporte —y sufrir un accidente que ponga en riesgo nuestra vida y/o la de otros—, un ejercicio físico —y lesionarnos—, una comida —y echar a perder alimento por utilizar mal los condimentos o pasarnos de cocción—... Tantas consecuencias pueden darse por la intrusión de los pensamientos negativos en el momento presente. Nuevamente, consecuencias que no tienen por qué ser negativas, siempre que tengamos una visión optimista y asumamos que de todo se aprende. Pero no siempre es sencillo apuntar en esa dirección. A veces los pensamientos negativos prevalecen, llevan a la tristeza, al miedo, al abandono de las actividades que nos nutrían. El cuerpo se echa a perder, el alma envejece de no usarla. El tiempo es una cárcel, y el espacio, inútil.
Ahí está, el pensamiento de sufrimiento brota, asciende hasta los confines del Universo, allí donde su vector de avance halla su extremo, para rebotar y regresar como un búmeran. Directo a nuestro centro de nuevo. Del mismo sitio del que salió. Vuelve y se potencia. Se expande hacia fuera. La sensación de soledad nos deja solos. El miedo a la tristeza nos entristece. La frustración hace que no cumplamos nuestros objetivos. Así es como todo vuelve. Así es como trabaja la ley Universal.
Los pensamientos se terminan haciendo reales en la medida que más los pensamos. Les damos tanta forma, tanta connotación, tal interés y preocupación que terminamos materializándolos. Ahí, frente a nuestros ojos, se vuelven carne.
¿Qué hacer con todo esto? ¿Cómo combatirlo? ¿Cómo sortear las consecuencias del pensamiento que acabará en dolor y sufrimiento?
En primer lugar habría que dominar los pensamientos. Tarea difícil. Más aún si pensamos que no somos nuestros pensamientos, y no nos hacemos cargo de ellos. Y sólo se domina lo que se conoce bien. Si no nos hacemos responsables tampoco les dedicamos tiempo de conocimiento, ya que los tomamos como pensamientos "banales", aún aunque ocupen un gran espacio en nuestra mente.
Aquí la meditación puede ser una gran herramienta. Sentarse con uno mismo a dejar fluir la mente. Identificar esos pensamientos y etiquetarlos. Cuáles nos dan satisfacción y cuáles dolor. Y, de estos últimos, cuáles generan ira, cuáles tristeza, cuáles frustración. cuáles ansiedad. Así, asumir emociones y sentimientos. Y conocer los pensamientos que pensamos, para trabajar al respecto. Haciéndonos responsables, haciéndolos parte de nuestra vida. Y asimismo, afirmando que no sólo somos lo que pensamos, sino mucho más.
Habiéndolos identificado, ya podemos verlos desde fuera. Tomando una actitud de testigo neutral, podemos mirar el pensamiento y buscar su fuente, analizar su peso y tamaño en la vida, sin dejarnos llevar ni invadir por él. Sólo mirarlo como espectadores. Durante un pequeño rato, y luego soltarlo, en una actitud desapegada, para seguir meditando y etiquetando los pensamientos que surjan. Identificar pensamientos nos da herramientas para conocer los orígenes de nuestras emociones y sentimientos. Si hay emociones limitantes generadas por ciertos pensamientos que nunca nos pusimos a analizar o nunca trabajamos al respecto, entonces es probable que esas emociones estén entorpeciendo nuestro camino y disminuyendo nuestra calidad de vida. Al identificar el pensamiento generador, podemos trabajar sobre el mismo, ver si es algo simple y descabellado, o complejo y enrraizado. De una u otra forma ya está identificado. Ya conscientizamos una parte de nosotros que estaba allí, limitando, en menor o mayor medida. Y puede seguir haciéndolo, salvo que tomemos una actitud activa de cambio al respecto.
Entonces, identifico un pensamiento negativo. Medito al respecto. Percibo su peso y tamaño reales. Comparo su tamaño con el tamaño del universo que me rodea. Veo si alcanza el techo de la habitación en la que me hallo. Busco su origen, pero no me quedo en el pasado. Si no hallo el origen, no me perturbo. Abrazo el pensamiento con gentileza, le agradezco la información que me mostró, para luego soltarlo con desapego. Paso a concentrarme nuevamente en mi momento de encuentro conmigo misma, con los brazos abiertos a nuevos pensamientos, que vuelvan a mostrarme partes de mí que me eran desconocidas hasta entonces, y que se presentarán como guías de autoconocimiento, y por lo tanto, de más amor propio.
Asumir los pensamientos como partes de uno mismo puede llevarnos a hacerles frente y modificarlos. Menguarlos. Darles menos valor. Disminuir el peso que tienen sobre el flujo de nuestra energía vital. Pensar que "al fin y al cabo, sólo son pensamientos" puede ser muy provechoso, o muy dañino a la vez. Pensar que sólo son pensamientos sin importancia, como mencionaba más arriba, y dejarlos fluir, puede despertar emociones provocadas por estos pensamientos, que dañen nuestra calidad de vida y limiten el Ser. Pero pensar que "sólo son pensamientos", y que no tienen por qué volverse reales, ayuda a darle menos espacio mental a esos que enturbiecen la claridad mental y entorpecen el camino, para permitir el flujo de otros pensamientos que sí sean herramientas en el camino del crecimiento y el amor propio y al prójimo. Y cuando estos pensamientos negativos empiezan a hacerse a un lado, y las emociones de dolor que generaban simplemente dejan de brotar, entonces hay más espacio para el amor y la alegría, para la fe y la confianza, para la fuerza de espíritu y el silencio de escucha, comprensión y contemplación.
Así, la actitud amable y gentil que brota del corazón con naturalidad asciende hasta el Universo. Vuela lejos, allí donde halla el sitio donde reflejarse, y vuelve potenciada. Impacta en el centro del pecho, y como una onda expansiva, alcanza a todo aquel que rodee el Ser que acaba de recibir esa energía.
Se refleja, como un espejo. Recibiendo lo que damos. Y dando lo que somos.
Y así es como todo marcha.
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