Como romper el ciclo
Me siento en una silla, intentando estudiar. Ordenador delante, hay una clase de neurología que mirar. Hice treinta y un años este otoño; usualmente los cumplía en primavera, pero he cambiado de hemisferio hace un tiempo. A mi edad, mi mamá ya era mamá de una tierna pequeña de dos meses; mi hermana Victoria. Ya no estudiaba, ni trabajaba, se dedicaba tiempo exclusivo a cuidarla, amamantarla, enseñarle todo lo que aprendería y convertirla paso a paso en un ser humano capaz, brillante y radiante.
Cuando me siento a estudiar intentando seguir formándome como la profesional que me he vuelto gracias a tantos años de dedicación y trabajo, me pregunto si se me hará cada vez más difícil por este ciclo que estoy creyendo romper en la medida que digo que no a la maternidad y digo que sí a sentarme a estudiar y seguir aprendiendo. ¿Por qué se me hace tan difícil? Mi mamá se dedica a cuidar la casa, hacer las cuentas, jugar juegos en su tiempo libre, hacer algo de ejercicio, atender a mi abuelo desde que está haciendo vida cama-sillón. Cuando Victoria y yo éramos chicas, entonces también se dedicaba a hacernos la comida, sentarnos a estudiar, decirnos que hagamos la tarea. Nos preparaba la mochila para que pudiéramos jugar un ratito, no nos pedía que lavásemos la vajilla que habíamos usado para cenar, ni mucho menos ordenar el cuarto. Sólo quería que estudiásemos ¿Será que me he cansado de tanto estudiar, desde tan pequeña? Sólo quiero poner en práctica lo que sé. O aprender practicando. Me he cansado de leer, de escuchar clases, de oír a alguien más decir lo que tengo que saber. Quizá ha cambiado mi pasión, o quizá, quizá no logro romper el ciclo que me pide que dé a luz, que amamante, que me encargue de la casa y las cuentas, que juegue juegos en mi tiempo libre y mate el tiempo, simplemente siendo con fluidez y dejando caer los minutos sobre una espalda que día a día se encorva un poquito más.
Por mi parte quisiera creer algo bonito, algo que no me haga llorar o sentirme poco orgullosa de la madre que me ha tocado. Busco inspirarme en ella, pero sólo me puedo inspirar en su sumisión, porque ser un poco sumisa de vez en cuando es noble y hasta curativo, pero sin embargo me hace llorar, me hace sentir un dolor profundo que me rompe en mil pedazos, como esas rupturas necesarias que vienen a desarmarme una vez más, como tantas otras, viéndome capaz de rearmarme cada vez con mayor facilidad. Y busco escribirlo porque es mi manera de verme a mi misma, verme a la cara con sinceridad, desnuda, en esencia, tratando de convertir el dolor en algo que sea bonito, o que sane, o que enseñe, o que invente. No veo otra manera de definir esto. Kafka decía que a la pasión se le debe dedicar el mayor esfuerzo y obsesión, que no se debe perder tiempo en nada más que la pasión. ¿Es acaso este estudio mi pasión? Me pregunto, ¿es la carrera profesional la pasión? ¿O es la vida misma, intentando recorrer un camino propio, libre de designios, de destinos, de profecías, de cómo será lo que vendrá en base a lo que fue?
Quiero sentirme apasionada de la vida, de mi propia vida, de mirar por la ventana y sentir pasión en cada rasgo de aquello que miro; de observar más allá de ver, para poder verme, para identificar quién soy, aunque sepa que nunca voy a terminar de saberlo, porque cambio día a día, porque muto, me convierto, como naturalmente muta y se convierte todo lo que nos rodea. Así, inconstante, pretendo aceptar todas mis pasiones y abrazarlas, como se abraza a un amigo con todo el corazón y se festeja el reencuentro, el regreso a casa, la palabra que cuida, que mima con intención. Y si pienso en alguien cuando pienso en casa, si pienso en cuidar, en mimar con intención, en abrazar con corazón… ¡qué ciega fui! ¡qué terca, simplista! Mamá, estás ahí. En toda tu esencia, mi inspiración. ¿Qué ciclo quiero romper? ¿Por qué quiero cambiarte? Lloro igual, de emoción, de verlo un poco más claro ahora. El silencio de la habitación ayuda a escuchar mis propios pensamientos; el blanco del techo y de las paredes se aparecen como lienzos. Puedo verte, mamá; sonreís como siempre a pesar de tu dolor. ¿Por qué te duele tanto, mamá? Nunca me respondiste esa pregunta con sinceridad. O simplemente decidiste responderme una mentira, que no te duele nada, que sos feliz así. ¿Seré yo empecinada en que me estás mintiendo, en creer que tu vida es una vida sin sentido cuando en verdad la única que no halla sentido a su vida soy yo, intentando ser alguien en este constante devenir tan difícil y angustioso?
Escribo pensándome en soledad cuando cuento con una compañía incondicional. Tres almas más comparten sitio, en silencio, durmiendo cada uno en un sillón, en paz porque me tienen cerca, porque hoy ya comieron, bebieron, jugaron y recibieron amor. Porque hubo alguien que se ocupó de limpiar sus espacios, de abrazarlos con un cariño eterno, de recordarles que son luz en el camino de alguien que no siempre se ilumina con facilidad ni tan espontáneamente, ni siquiera cuando el sol raja la tierra o se asoma en el horizonte. Períodos de contracción suceden a los de expansión, y tiene una que acostumbrarse en el mientras, porque la adaptación no es sencilla, lleva tiempo, energía, ganas. Quizá estos seres me ayuden, y así no tenga ningún ciclo que romper, sino dedicarme a amar igualmente, dar el cariño que el alma me pide que sea dado. Y mientras tanto seguir intentándolo, no rendirme al aprendizaje, buscar la manera, y si me lleva más tiempo entonces aceptar que así es ahora, sin exigirme más de lo necesario, sin poner en juego la integridad, o la salud, o la consciencia. Escuchar al cuerpo, a la mente, y darle los espacios al espíritu para que hable y se manifieste, de la manera que sea. Y agradecer, haciéndole saber a las fuentes de inspiración que lo son, viendo el lado bonito, como siempre quiero ver lo bonito en cada situación.
Como lo bonito que es contar con el tiempo libre de poder sentarme a escribir, o a pensar en mi mamá, que tuve una mamá, y que me regaló su tiempo para ser quien soy hoy.
Como lo bonito que es pensar en que hay ciclos que se pueden repetir, romper, reordenar, reformular.
Necesito algo bonito, que me sane y convierta. Y dedicarme a la pasión, como dijo Kafka. Así sea a la pasión por la vida misma.
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