the world is our _____
Salir de una penumbra para entrar a otra.
Lo terrible de las penumbras es que no te dejan ver toda la luz que hubo entre medio.
Hace poco hablaba con Vicenzo del temor de buscar el sufrimiento para hallar un tema sobre el cual escribir. Pareciera como si nos buscáramos los problemas.
Se puede escribir sobre tantas cosas. Pero el drama, el drama es intenso. El drama da y da de qué hablar. Podemos pasar horas contando nuestros dramas. Comparando dramas personales y compitiendo a ver cuál fue peor. Demostrando resiliencia o simplemente viviendo el presente a través de la historia del drama pasado. Diciendo “yo viví esto, y sabés qué? Sigo de pie.” Entonces acá llega el momento en el que aquel que esté leyendo esto y su vida no tuvo demasiadas complicaciones, se siente una escoria. Y aquel que vivió demasiadas liturgias, se compara con toda esta historia.
La tristeza y el malestar son cíclicos y no quiero ya luchar contra eso. Es como luchar contra la salida del Sol porque me gusta la noche. Entonces me libero a la naturaleza de la ciclotimia, y después me enojo conmigo misma, porque es fácil estar mal. Es fácil no querer levantarse de la cama, ni hacerse la comida, mucho menos una comida que no esté ultraprocesada, llena de potenciadores de sabor. Y acá es cuando quien sufre depresión me lee, se siente identificado con lo de la falta de pulsión vital, pero se enoja, me insulta y cierra el libro. Porque no es fácil sentirse deprimido. No es fácil no querer levantarse de la cama viendo cómo todo el mundo camina, avanza, sigue, y uno ahí, debajo de las frazadas, sin intenciones siquiera de tomar el antidepresivo de turno, sabiendo que hay cientos de miles en la misma situación: todos, y cada uno, sin saber muy bien por qué, si por causas genéticas, socioculturales, históricas, raciales, adquiridas, o multifactoriales, se deprimen debajo de unas sábanas con piernas que temblequean de sólo pensar en la posibilidad de salir de ahí, ponerse de pie y empezar a caminar.
Entonces, yo que tengo fuerza, me planto frente a la tristeza y el malestar. Decido levantarme y no dejarme llevar. Quizá le dé play a una de esas melodías que me revitalizan. Hoy decidí poner un disco entero de Hammock. No, no cantan. No, no auspician estas palabras. Simplemente me sana el corazón, me hace sentir esperanza, no sé por qué, pero evoca ese sentimiento.
Olla llena de agua, puerro, patata y zanahoria en trozos, nueces picadas. Fuego bajo para que todo se cueza a fuego lento. Como me cuezo yo hace casi treinta años. Treinta años de ver tanto que si me comparo con un crío de un country de esos en los que nada pasa, vi demasiado. Pero si me comparo con un adolescente que huye de la muerte en la franja de Gaza desde que esbozó su primer llanto, o que aún ni siquiera pudo aprender a reír, entonces no vi nada. Pero cada cruz es individual.
Y qué manía de compararnos con un supuesto santo al que le reventaron las manos y los pies con un par de clavos y le ensartaron una corona de espinas en la cabeza. La historia nos cuenta una versión mezclada sobre un loco que fue amor, un cuento que se extingue y que alguna vez deseé que se extinguiera, y hoy me pregunto si de doctrinas vive el Hombre, por lo que destruir la vieja solo traerá una nueva, quizá aún más segregadora. Por lo que aplicaría el dicho, más vale malo conocido que bueno por conocer, entonces aceptamos lo que se postuló alguna vez y simplemente convivimos con eso. Coexistimos.
¿Cuánto de lo que dicen esas escrituras me interpela? ¿Cuánto me niega, cuánto me molesta, cuánto me emociona? Cuánto me propone algo que no estoy dispuesta a hacer. Cuànto de todo aquello que no estoy dispuesta a hacer implica dejar de lado el yo para abrazar a un Otro. Y cómo hacerlo en tiempos en los que el mundo en el que existimos nos asusta con que todo se va a acabar pronto ya, y que lo único que importa es lo que está alrededor, si es que al menos son un poco empáticos, porque sino la respuesta es uno mismo, y que todo se caiga a pedazos, pero vos, vos salvate, vos sos lo único con lo que venís al mundo y con lo que te vas a ir, y naciste solo, y te morís solo, y todos se olvidan de los médicos de la sala de partos y la persona gestante gritando intentando traer una vida al mundo, y todos se olvidan del silencio y el duelo de almas que quedan doloridas tras la partida de aquel a quien se ama.
¿Y cuál es el valor de la vida? ¿De venir e irse solo con nuestra vida, o compartirla, en algún momento, con alguien? ¿Se gana algo, se obtiene un beneficio? Caigo en la típica respuesta de que dos mentes piensan más que una, y entonces, ¿para qué quiero más pensamientos? ¿Qué vine a hacer, a pensar, a resolver? ¿Cuál es mi papel en esta existencia? Porque, por ahora, lo único que conozco es la vida que hay acá. Y ante la imposibilidad de saber si hubo o no otra vida, otra historia de mi mismo espíritu, de esta energía sutil que viene reencarnando de generación en generación, simplemente elijo no hablar de eso, simplemente elijo no tomar partido, tan tibia, tan nacida el trece de octubre, que no fue un martes, pero quizá fui una desgracia, o quizá fui una salvación, no lo sé, eso lo dirán quienes me juzguen.
Y la reminiscencia de mi educación religiosa aparece con las frases de siempre. Y viene un tipo que recién conozco y me dice que parezco el Dalai. Y yo me miro a mí misma en el espejo y paso por todos los sentimientos y emociones. Alegría que transmuta en tristeza que transmuta en ira que transmuta en nada. Felicidad que se vuelve miedo y luego un enojo que se hace paz. Paz, buscada, ansiada, y… ¿qué es la paz?
Me recuerdo escribiendo al respecto en un avión a la nada, alejándome kilómetros y kilómetros de lo que más había amado en la vida, de lo que más amaba hasta ese día. Y yo, yo que me miraba al espejo y me amaba y odiaba a la vez, me preguntaba cuánto iba a poder coexistir conmigo misma. Convivir, con aquello que dije alguna vez que era. Como esos postulados que nos creemos. Esos versículos bíblicos que ora el clérigo de turno vistiendo una sotana que un día insulto y al otro venero. Iglesias que desprecié con todo mi ser en las que entro y me persigno, para hablar con la nada, arrodillada y con los ojos cerrados. ¿Por qué no lo hago en el medio de la calle? ¿Por qué no lo hago en mi habitación? ¿Por qué aceptamos los códigos sociales con tanta sumisión? Por lo tanto no te drogues, no te emborraches, no seas promiscua. No uses escote ni muestres la cola. Que no se te vean los tobillos. Si todos esos mandatos vieran internet ahora, así como resucitaron se tiran del acantilado. O quizá abren los ojos y aceptan la libertad de cada quien. Libertad que no sé qué tan real es, porque al final me dicen que tengo que ser libre pero no me enseñan cómo. Y no sé si la libertad precisamente es ir a postear cuanta foto de lo que soy se me venga en gana.
Aunque, para quien, la libertad toma una forma diversa. Y no sólo la libertad: no hay nada que no tenga, aunque sea en una proporción muy pequeña, una mirada subjetiva. Entonces el cielo es azul, o celeste, o turquesa, o 14-4318 Pantone, o algún código que cambiará si configurás en RGB, CMYK o HSB. Alguien tendrá la palabra justa, alguien se acercará más a lo determinado, y lo determinado lo dijo la ciencia y punto. Lo midió con sus aparatos de medición, estandarizó, y a partir de ahí empezó a comparar. ¿Cómo no quieren que me compare con todo lo que habita a mi alrededor? La cuestión es con qué elijo compararme. Por lo tanto, pasé de compararme con coetáneas de mejor rostro, medidas, cultura y posición social, a compararme con una palmera que se pone en pie en la costanera de San Pedro y no se dobla ni con el viento huracanado que soplaba la noche del nueve de febrero del dosmil veintitrés, el año después de que argentina salió campeón del mundo y yo lo pude ver por la televisión, y no me importaba ni un poco pero igual lloré, lloré por todos mis compatriotas que también estaban llorando, y qué hablo de compatriotas si ni siquiera me importa la patria, pero desearía tener una bandera de Argentina colgada en uno de los paneles de la camioneta.
Convivo con estas contradicciones desde que tengo uso de razón y me gustaría algún día poder tomar partido por algo. En la escuela de Ayurveda dicen que es el dosha que me habita, uno que mezcla fuego y agua, que no se pueden anular más bien complementar, pero son tan contradictorios y tan abundantes que arriban a la mente y ella, tan sutil, no puede dejar de prestarles atención y decide aceptarlos, abrazarlos, entender que ambos existen en el interior y así comprender la naturaleza de los opuestos, tan caótica, tan necesaria, tan complementaria.
En la escuela de Astrología dicen que es mi Sol en la constelación de Libra, y para colmo la luna en Acuario. ¡Y un tipo ayer me dijo que parezco el Dalai! Que ya de por sí, agradezco a Aquél, porque apareció toda esta narración, una inspiración basada en dolor que en realidad es el mismísimo dolor de la existencia, existencia a través de la cual se vive con necesidades básicas por todo lo que hay que satisfacer.
Y en la escuela de Medicina nos enseñaron que la evolución hizo lo suyo y volvió placentero todo aquello que hay que satisfacer, porque sino no comeríamos, ni vaciaríamos cavidades, ni tendríamos relaciones, ni nos acostaríamos a dormir. Entonces nos moriríamos antes de llegar a una vida adulta, ni siquiera nos interesaría procrear, y nos hubiésemos extinguido ya hace largo rato. De hecho, las personas que padecen los síndromes en los cuales cualquiera de las satisfacciones de las necesidades no producen ningún placer mueren mucho más fácil y rápidamente que los que se exceden en esa satisfacción por la búsqueda de placer extremo, o por una falta de control a la hora de decidir cuándo poner un freno, cuándo decir basta, hasta acá está bien: suficiente comí, suficiente bebí, suficiente cogí, suficiente dormí.
También e igualmente evolutivo es el dolor. Si no me doliera cuando me quemara, podría desvanecerme al caminar hacia una hoguera y pararme justo sobre el fuego, sin derramar una lágrima, sin siquiera adquirir consciencia sobre lo que está pasándole a mi cuerpo, el cuál se desnaturalizaría por completo hasta la ceniza. Del polvo venimos y hacia el polvo vamos. ¿Dónde irá mi alma en ese entonces? ¿Dónde está el alma? ¿Cuál alma? El dolor como respuesta evolutiva. A veces me cuesta entenderlo, principalmente cuando me duele tanto que me quiero morir. Aunque ya no me pasa tan a menudo, pero el dolor al final me avisaba que por ahí no era. Y Una tan centrada en su dolor, en querer olvidarlo todo, en dejarlo ir, y al final quizá sólo era una señal de supervivencia que venía a decir que por ahí no era, que el camino era otro, pero ¿y si hace mucho que estoy acumulando dolor? ¿Hace cuánto será que inicié mi sendero por la vera del dolor? Entonces debe haber una respuesta, alguien me tiene que saber decir cuán atrás debería ir para retomar y agarrar por otro lado, porque estando en el que camino en el que estoy hoy me duele, me duele mucho, y entiendo, entiendo perfectamente que sea un hito evolutivo protector, entiendo toda esa historia de la pulsión genética y del más apto y la presión evolutiva, pero no me importa Darwin, no me importa Wallace, no me importan ni Mendel ni Anaximandro ni Aristóteles, porque ellos no están acá, no me ven caminar con mi cruz, ¿qué cruz?! y me recuerda a Jesucristo y me pregunto: ¿será que todo este dolor era el camino que me tenía que tocar?
Vicenzo me comparte un poema. Dice “No te aflijas si el viaje es amargo y la meta invisible, no hay camino que no conduzca a una meta” (1). Me pregunto cuál será esa meta. Invisible. Lo que veo es una vida trazando un camino que cuando miro para atrás y descubro todo lo recorrido me siento como si no hubiera sido yo misma quien pisoteó esas baldosas, quien se embarró hasta la rodilla, quien se dejó arrastrar por una ola que la sacudió hasta el fondo arenoso y la escupió por la orilla. Sólo las cicatrices y las marcas en la piel me ayudan a darme cuenta de que soy la misma que aquella vez se lastimó, y mi memoria, que tanto (o tan poco) recuerda, y por esa característica alguna vez la detesté, porque hubiese querido olvidar/recordar, pero no, el olvido/recuerdo llegará a su tiempo si es que llega, mientras tanto recuerdo (u olvido).
Y en aras de trascenderme, de romperme y renacer, de destruirme y reconstruir, recuerdo quién fui y lo que viví, recuerdo cada sendero elegido en cada bifurcación, recuerdo cuando decidí elegir el sendero por mí misma sin ver por cuál iban todos, o la mayoría, y a veces elijo ese y a veces el otro, a veces digo que sí, casi siempre digo que sí, pero otras digo que no, y cuando digo que no ya no temo tanto, y si temo un poco me acepto, porque el temor es humano, y ya no intento simplificarlo todo entre miedo y amor, porque abrazo los grises, porque abrazo la tibieza que se encuentra entre el frío y el calor, porque acepto que el día y la noche tienen sus matices, y la medianoche y el mediodía son tan importantes como cada una de las horas del resto de la jornada. Así que acá, entre medio de tanto lío, tantas definiciones, tantos signos y constelaciones, tanta velocidad, gritos, bocinas y tráfico, tanta exigencia, tanta demanda, tanto llegar a ser, hacer y tener, respiro profundo llenando mis pulmones expandiendo el abdomen a través de la garganta, la cierro parcialmente para graduar el flujo y genero calor en el centro del pecho. Cierro los ojos mientras sigo tipeando porque alguna vez aprendí a tipear sin mirar, y la canción que suena se llama “the world is our ___”, parece a propósito, parece que me ofrece completar ese espacio con una palabra, la que yo quiera, la que yo desee, la que yo necesite hoy, que estoy acá, luchando, o coexistiendo, o conversando, o haciendo las paces, con mi propia mente, con mi emoción, con mis satisfacciones y deseos, con mis aspiraciones, mis recuerdos, mis proyectos, lo que fui, lo que soy, lo que deseo ser… y quizá el mundo es nuestra casa, completo, de principio a fin. No importa dónde, ni en qué lugar, sea en Argentina o en España, haya sol y haga calor con alerta amarilla de precaución, o me muera de frío en una camioneta en un parking en Andalusía, no importa nada de todo eso.
Estoy acá, donde sea que esté, estoy acá. Es el mismo cuerpo de siempre, con el mismo espíritu que lo habita y que muta y vira de colores porque cada vivencia lo tiñe y lo saca a relucir otra vez, y el cuerpo es el mismo pero es distinto porque hoy hay una cicatriz en el tobillo izquierdo y un pelo largo y descolorado, y hay un anillo en un dedo y una cruz de madera colgando del cuello, y una lágrima cayendo, o dos, o más, por ambas mejillas, que otra vez están ahí, contando lo que existe en el interior, un corazón que late, una mente consciente, un espíritu que siente la vida con intensidad, que puede parecer un drama innecesario, que pueden mandarme a trabajar y dejar de hacer tanto espamento, pero esta vez yo quería ser esto: escribir, contar, narrar, dejar ser a mi historia que, como humana que soy, puedo poner en palabras, favoreciendo esa misma memoria que a veces aborrezco, reviviendo esos sentimientos que a veces quiero olvidar, pero qué importa, si lo que hoy sentí fue esto, si lo que hoy me pidió el Ser fue detenerme entre tanto flujo de energía a mirar lo que estaba sucediendo y permitir que llegue todo aquello que, suspendido alrededor de mi cuerpo, esperaba que me detenga, para poder abrazarme y recordarme que estoy acá, humana, atravesando esta vida que tocó, que no sé si será la única, si habrán otras más, y de nuevo el incomprobable e indiscutible dilema, pero con paz, con esa paz que viene después del miedo y la alegría y el llanto y el regocijo y la tristeza y la ira, esa paz sobre la cual alguna vez escribí en ese asiento pegado a la ventana que pedí para mirar el cielo y el colchón de nubes y lograr no pensar en todo lo que se venía, y al final pensé, pensé con intensidad, y narré, narré todo lo que pude narrar, y estoy acá, otra vez, narrando, dejándome ser, sintiendo los latidos del corazón como flechas que envían impulsos a mis dedos que narran las palabras como si fuera un vómito, o un descargo, o una catarsis, o una carta a mí misma, esa que a veces no sabe por qué pero elije los caminos, atravesada por la intuición, con tanta convicción, con tanta emoción, que le confío la vida con los ojos cerrados, y los brazos abiertos.
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