Del amor y el crecer

Esta mañana lloré. Lloré mientras te abrazaba contra mi pecho, acariciando con ambas manos tu espalda suave, ese desierto amplio y tibio que a cada recorrida me regala una sensación de eternidad. 

Lloré con la ternura de la niñez cuando descubrimos que estamos creciendo y que es algo inevitable, como cuando mamá me sacaba fotos con la Minolta. Diploma en mano, toga roja y azul, y unos cuántos centímetros de altura menos que ahora. Egresaba del jardín. Pasaba a primer grado. Mamá lloraba y sonreía y me decía que había crecido, que ya no era la nena chiquita de jardín, que hoy era una nena grande que empezaba la primaria. La vi llorando, y también lloré. ¿Quería crecer? ¿Quería dejar de ser algo para pasar a ser otra cosa? ¿Eso significaba crecer? ¿Había que soltar? ¿Tenía que dejar ir algo para poder sujetar lo nuevo? ¿No me podía entrar todo en las manos?

Hoy cuando te abrazaba contra mi pecho sentí esa nostalgia de sueño muerto por cumplido, una nostalgia un poco dramática y estúpida, porque el sueño que murió simplemente dejó de ser sueño, creció, pasó de categoría, no murió sino que se convirtió en realidad. Y estaba ahí echada, abrazando una realidad, recorriendo una espalda desértica que me hace saber que agradece el paseo que hacen mis dedos sobre su superficie con una refleja y veloz reacción de erizarse, y se eriza mi piel en respuesta a sentirte, y descubro que somos dos eligiendo estar ahí, dos eligiendo dejar de pensar en lo que podría ser, y serlo, dos eligiendo dejar de evocarnos en planos oníricos, dejando de conformarnos con comunicarnos por telepatía, para convocarnos en este presente, convocar el encuentro y regalarnos ese tiempo mutuo. Dos eligiendo "dejar" de ser algo para pasar a ser otra cosa, un vínculo nuevo lleno de sorpresas en cada encuentro, de sucesos impredecibles, enfrentando la cotidianeidad de a dos. 

Pero ¿dónde se deja lo que fuimos? ¿dónde quedan esos años de jardín, sin carpetas ni pizarrones, donde el juego y la espontaneidad reinaban y daban lugar a las risas y al disfrute? ¿dónde queda lo que éramos cuando el vínculo era en la distancia, por una pantalla, por telepatía, o al soñarnos?

Nada tiene esencia, así que no desaparece: todo fue vivencia, todo queda, en mayor o menor manera, impregnado en el Ser... Tanto hoy, tanto tanto hoy, a veces nos pierde de la línea de tiempo. Fui, y en la medida de lo posible, también seré; esto parece una certeza. Fuimos, fuimos a nuestra manera, y hoy somos porque fuimos, y lo que fuimos nos determina. Nos enseña. Nos muestra lo que sí, lo que no. Lo que queremos. A veces con más claridad que otras. En algunas ocasiones es un mensaje encriptado, y no sólo nos enfrentamos al desafío de resolver un problema sino también de descifrar la simbología.

Pasamos por todos los estados, desde el modo automático, asesinos de tiempo, hasta ser consciencia pura, alargando el momento, al borde de la locura. Descubrimos verdades, las cuales pusimos en duda al instante, resolvimos enigmas cuyas recompensas se mostraban justo delante de nuestros ojos, y cuando queríamos recogerlas sólo se alejaban más y más, hasta que desistimos, a veces por bajar los brazos, otras por no querer nada cambio, o por pensar que si tan duro era recogerla, quizá esa recompensa no era para nosotros. 

Atravesamos la angustia de la pérdida, el dolor de la distancia, el sufrimiento de la injusticia, el miedo a perder la vida. Los vivimos con más o menos herramientas, quizá con desesperación y obsesión, con instinto de lucha o huida, o con templanza y resiliencia, pero lo vivimos. Saboreamos el gusto amargo de los finales inesperados. Volvimos a la soledad, siempre volvimos a justa y dulce soledad, hasta aceptarla como una fiel y eterna amiga. Aprendimos a decir que sí, y que no, a elegir ahora y con convicción, a procrastinar con moderación. Repetimos errores constantemente hasta que aprendemos a hacerlo bien... o dejamos de representarlos como errores, sacándole peso mental al acto de equivocarnos. Llamarle "error" a una acción de la cual te arrepentís... ¿de qué vale arrepentirse de lo imborrable? ¿De qué vale seguir dándole identidad? Sólo bastaría recordar a fuego la sensación desagradable del acto, y si no se estuvo a gusto, evitar repetirlo, tanto intencional como accidentalmente. Estar atentos a que no vuelva a pasar ahora. Cuidar cada aspecto del hoy. 

Decido lo que decido porque tengo un criterio, y tengo ese criterio porque hablé, leí, escuché, aprendí, practiqué, intenté, "fallé", "acerté", viví... Al final, lo que decido hoy lo decido porque antes fui. Decido no tocar el fuego porque me quemé. ¿Cuán estúpida debería ser para volver a quemarme? Aunque en la vida casi siempre 2 + 2 es cualquier cosa, menos 4. La conducta del hoy pareciera el resultado de la impresión de todo lo que fui hasta ayer. ¿Qué digo ayer? Todo lo que fui hasta recién. Hasta esta frase de este texto está influenciada y la escribiré en relación a frases que reflexioné unas lineas más arriba. Hasta todo esto que escribo hoy puede que mañana sea una gran duda, y volveré a interpelarme al respecto para ver el cambio, que no se detiene, nunca se detienen, ni el cambio, ni el miedo al cambio. Quizá cuando vuelva a leerme simplemente reafirme y reflexione sobre mis convicciones. Quizá ni siquiera relea estas líneas, y queden de testigo de lo que pensaba un martes de noviembre mientras meditaba en el cenit solar. 

Pareciera ser la suma de lo que fui, con quienes fui, y de lo que vi que podía ser con cada quien. Todo lo que pasó, cada decisión tomada, me llevó acá. Esta línea de tiempo, cuyo principio no alcanzo a ver, y cuyo final no percibo, me cuenta que vengo siendo hace rato. No importa demasiado con qué me identifiqué en cada momento, no importa la identidad, soy un Ser que decide, elige, con consciencia y responsabilidad, hacia mí y hacia el universo. Porque me entrego plenamente a este y a su sabiduría, me entrego a todo aquello sobre lo cual no tengo control, su plan divino, y dejo que se manifieste a través de mí, de este cuerpo que es un medio.

¿Hay libre albedrío entonces? ¿Elijo abrazarte o es el plan del universo? ¿Elijo hoy tenerte cerca y elegí hace un año mantenernos lejos? ¿Por qué hoy sí? Sigo buscándole respuestas, respuestas que hoy me convencen, mañana puede que también, aunque pasado, ya no. 

Quizá eran las distancias predeterminadas. Así fue, así es. Ayer fue ayer, hoy es hoy. La vida sigue siendo, es ayer, es hoy, es mañana. La vida es, presente simple, no conoce otro tiempo verbal, no conoce de pasados ni futuros, porque sólo se manifiesa hoy, acá, en este instante en el que decido reflexionar sobre el llanto puro e infantil que brotó hoy mientras te abrazaba contra mi pecho, el llanto que me hizo conectar con mi emociones más íntimas, que me comunicó la alegría del encuentro, el placer del compartir, la armonía de tu presencia, el deseo por tu cuerpo. Llanto que me recordó el llanto de mi infancia, que evocó la sensación de creer que crecer era dejar algunas cosas para sujetar otras, y que hoy sigo sin saber qué es, pero te abrazo fuerte y con libertad, sintiéndonos nuestros, y tan vos y yo a la vez, dejando ir un poco la magia de la telepatía, reemplazándola por la certeza de tu presencia, en carne y hueso, que me tocás y me mirás como nunca me tocaron, como nunca me miraron. Viendo crecer nuestro vínculo, construyendo una familia basada en la confianza y el amor que tanto me motiva. Porque quien sos hoy y conmigo es lo que importa, esa persona que elige crecer a mi lado, bien de cerca, al punto que nuestros cuerpos se envuelven en un abrazo que deseamos que sea interminable, y que lo es, porque cada vez que nos soltamos y despedimos con un deseo de amor, ese abrazo continua... Un poquito se va con vos, y otro poquito se queda conmigo, como todo lo que pasa, que queda, que impacta, que deja huellas, que nos hace seguir preguntándonos qué tendrá de especial la vida, qué sentido tendrá esta existencia que atravesamos. 

Me río de tantas preguntas, me río de mis pensamientos, reflexiones y conclusiones, y agradezco ese llanto, ese abrazo, ese encuentro. Agradezco ese recuerdo de la infancia, agradezco el llanto de mamá y que me diga que eso era crecer, agradezco su decisión de capturarlo en una foto para poder mirarla y recordar, agradezco tu aceptación y tu amor tan puro que me acepta como soy por permitirme ese llanto de nostalgia matutino. Agradezco a mi memoria por recordar eso que fui, eso que fuimos, eso que somos, lo que planeaba ser y cuánto dista de lo que soy, que me hace seguir abrazando el ahora desapegándome de lo que planeamos ser, sin que me importe cuánto de lo planeado sale como tal, pero enfrentándolo con una sonrisa enorme de amor por el hoy, sin más que un poco de ansiedad, pero con todo el amor y la inteligencia que me trajeron hasta acá, que me hacen vivir con tanta fuerza y convicción, con sueños y metas nuevas, a largo y a corto plazo, pero dando cada uno de los pasos que doy solo por el placer de caminar como vengo caminando hasta ahora: amando. Viviendo en amor. 

Quizá por eso te elijo tanto. Quizá por eso nuestro abrazo evocó mi infancia. Porque te amo en libertad. Porque caminar al lado tuyo no me limita el sendero. Lo potencia. Muestra nuevos caminos que con mis dos ojos aún no llegaba a vislumbrar. No importa si decido el primero que vi, no importa, nada de eso importa. Crezco con vos, en vos. Me ves crecer y aceptás mi crecimiento, aceptás seguir caminando cerca en cada paso. Quizá por eso lloré hoy. Por la emoción de ver tu sonrisa cada mañana, de poder envolverte en un abrazo, llenarte de besos y hacerte ver de alguna manera cuánto agradezco el haberte encontrado y elegido, y que tan casualmente vos también lo hayas hecho conmigo. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Trebelín

Darle el lugar a la posibilidad

Como romper el ciclo