Trebelín
Dicen que para aprender a componer hay que intentar componer primero. Así como para aprender a escribir, cantar, o cualquier arte que desempeñe el ser humano, y no sólo el ser humano sino también aprende el pájaro a cantar intentándolo primero, cuando su madre pájara le demuestra el sonido que debe aprender a silbar, entonces el pájaro silba por primera vez, y luego se vuelve algo más simple, y luego un acto instintivo; así también el Hombre (y usaré esta palabra para referirme a toda la especie más que a solo el cincuenta por ciento, sin atender a si es una palabra masculina o femenina, apelando a la capacidad de la mente de interpretar las palabras más allá del género y, por lo tanto, con una perspectiva neutra) aprende y para aprender debe intentar, y para intentar también debe vencer la energía de la inercia, la quietud, que es mucho más cómoda que el movimiento, excepto cuando se cuenta con una potente energía vital, que asumimos abundante y fuerte en la mayoría de los individuos de su especie; pero no siempre es abundante, y puede que ni siquiera lo sea en la mayoría; apelando a la estadística esto correspondería al cincuenta por ciento, o a una curva de distribución Gaussiana.
Lo que sentía era por un lado, que su pulsión vital no era lo suficientemente fuerte como para pertenecer a ese cincuenta por ciento que vivía naturalmente la tendencia al movimiento en lugar de a la quietud, y por el otro, por lo tanto, que intentar era una bandera difícil de izar, por lo que dominar el arte se convertía, evidentemente, en un imposible. La inercia era su estado natural, como cuando el agua depende no sólo del río para montar un cauce sino también de las pendientes y las mareas; quizá lo que le había faltado en la vida era la pájara que le enseñara cómo poner las cuerdas vocales para entonar bellas melodías, aunque solo sirvieran para alegrar el hogar de aquel que hubiera escogido tener un pájaro de mascota, mas que digo de mascota, como un objeto decorativo y sonoro, entonces quizá, quizá con una pájara en sus primeros años que le hiciera de ejemplo o al menos le transmitiera una pasión por la vida hubiese alcanzado la edad adolescente y adulta con ímpetu de moverse, y al moverse transformar lo que la rodeaba, intervenir en el mundo, dejarlo tan en equilibrio como cuando lo había recibido.
De todas maneras, la tendencia a la quietud desde lo que atañe al movimiento no era la tendencia general en todas sus esferas. Se debe recordar que el Hombre, como especie, se reconoce como una estructura tripartita, en su afán de clasificar y dividirlo todo por partes. Hallamos, en consecuencia, un plano físico, un plano mental, y otro plano que no es mental ni físico, llamároslo espiritual, místico, etéreo, o aquel que lo vuelve uno con la existencia; ese que no depende de estar despiertos o dormidos, de estar pensando o no pensando, ni de la vida o de la muerte. Por lo que no moverse en el plano físico no significaría que no haya movimiento en la esfera de lo mental o lo espiritual. Cabe aclarar nuevamente que la tripartición es, sin más, una tendencia del ser humano a clasificarlo todo; ya desde los tiempos de Aristóteles -y nos remontamos a Aristóteles para dar el ejemplo, pues consideramos que fue quien nos ha dejado el legado de la clasificación- se ha dividido la naturaleza en dos polos, y en esa polaridad, en ese binomio, aprendemos a existir, intentando no sucumbir ante la intrínseca necesidad, ese impulso inherente a elegir uno de los dos polos e identificarnos con eso y odiar lo otro, y sin tener siquiera la modestia de acabar ahí, de no malgastar la energía en la lucha de los extremos, entonces también añadimos la opinión, la pregunta acerca de lo que opinan los demás, y según coincida con lo que amamos, o con lo que odiamos, elegir cuánto respeto merece de nuestra parte nuestro conespecífico. Hete aquí que, si nos remontamos al origen de la vida en este planeta tal como la conocemos, conespecífico también es el pájaro que descansa enjaulado decorando y musicalizando la casa; así también lo fue el ternero que han descuartizado para poner en su plato la lonja de carne que está a punto de comerse; pero también la patata con la que preparó el puré, o el árbol del que provino la celulosa que conforma la servilleta con la que se está limpiando los restos de grasa de las comisuras labiales sin encontrarle sentido siquiera a estar saboreando un plato de comida, la cual se prepara sin siquiera haberse detenido a pensar si comía por hambre o porque convencionalmente esa era la hora de la comida, o sin siquiera decidir si lo que se estaba preparando era lo que deseaba comer, o lo que necesitaba comer, o lo que le enseñaron que debía comer, o lo que era más simple y sencillo para no perder el tiempo ni la energía que demandan comidas más elaboradas o tener que escuchar al cuerpo a ver qué era lo que precisaba en ese momento. Su tendencia a la inercia existía en el plano biológico, claro está, ya sea por el sobrepeso que lo había caracterizado desde siempre y más de una burla soportó en el primario, así como por su trabajo elegido, sus rebotes de la cama al trabajo y del trabajo al sillón y del sillón a la cocina y de ahí al comedor para volver al sillón y luego a la cama, dìa tras dìa, sucesivamente. Pocos lo habían visitado históricamente y cada vez menos lo visitaban, desde la muerte de su madre y la pelea con su hermano. Su madre se habìa muerto joven según los facultativos. Y él esperaba el mismo destino: morir joven, siguiendo su tendencia a la quietud, convirtiéndose poco a poco en un organismo inerte que de pronto intercambie tanta energía con la naturaleza como lo hace una roca en el desierto.
Pero su tendencia mental era, por lo contrario, completamente móvil y escurridiza. Como un mequetrefe zascandil, como un danzarín tarambana, cada pensamiento aparecía dando tumbos entre los límites de su cavidad craneal, escapándose por las fosas, recorriendo su consciencia, y volviendo a entrar para ser pensado una, y otra, y otra vez, sin buscarlo o decidirlo, aunque sin hacer nada para detenerlo. Esa era su tendencia y no se trataba de si había aceptado ser así, sólo que nunca se había planteado la posibilidad de ser distinto. Ya sea por la pajarita que ya había muerto, o porque su pájaro acompañante tampoco había hecho justicia por la pulsión vital, o que su hermano se había jactado de que, efectivamente, sería así para toda la vida y nunca iba a cambiar, porque las gentes como él no cambian y se mueren solas, gordas, podridas por dentro y por fuera, cuyo cuerpo olerá putrefacto en el vecindario y sólo entonces alguna apiadada señora llamará a la policía comentando que hace tiempo que no se lo ve al muchachito del segundo ático, y que sospecha que se haya quitado la vida, porque siempre andaba solo y con cara de triste. ¿Sabría Rosalía todo lo que él pensaba de ella, o cuánto la quería, sólo por saludarlo todas las mañanas antes de irse al trabajo, o por dejarle una bolsa con manzanas del campo de su padre que aún con noventa y dos años seguía cuidando de su campo y sus manzanas? ¿Imaginaba que ese joven, de pelo raído y descuidado, de muslos anchos y caderas pesadas, con sus gestos sutiles casi imperceptibles, podía sentir amor por alguien solo por cuidar de él? Aunque dudamos que supiera lo que era el amor, todo Hombre tiene derecho a duda. Apelando a lo que proponen algunos sabios, filósofos y antropófilos, el amor es una tendencia natural en el ser Humano, como el instinto del hambre o del dormir, aunque también los mismos dicen que no todo nacido con los genes de ser humano expresa la humanidad a la edad de este joven; los hay quienes nunca lo expresan, e indefectiblemente mueren sin saberse humanos, pero tampoco sabiéndose pez, buitre leonado, roedor o cabra montés, sino una especie de blástula que solo logró expresar la potencialidad genética de cada uno de sus polos, pero no logra convertirla en nada más que en ese primordio en el que permanecerá toda su existencia, sin poner en duda lo que se le haya mostrado, sin animarse a reconocer el amor en su interior, o sin la más mínima intención de romper con su inercia y llevar un poco de la inquietud que vivía su mente a su cuerpo, a su boca, a sus manos y piernas, y así poder correr libre en el viento, o abrazar a Rosalía y agradecerle por los bollitos calientes de los sábados o la mermelada casera de membrillos que también traía del campo de su padre, o a devolverle la trompada en la cara a su hermano y decirle que lo sentía, o preguntarle al padre cómo era su madre antes de conocerlo, si siempre había sido así de sumisa y condescendiente, y si él siempre había tenido el seño fruncido o sólo desde que él había nacido, y entender por qué lo habían traído al mundo si no lo querían, por qué nadie le había enseñado a ser todo eso que quizá en su interior sí que quería ser, pero no sabía cómo ni por dónde empezar, porque ya llevaba más de veinte años siendo de esa manera, y de los trece años anteriores casi no se acordaba, porque los recuerdos se iban perdiendo con el tiempo y le parecía que había nacido adolescente, gordo y con vello en el rostro cuando todavía nadie tenía, para que las compañeras de grado le dijeran mono y se rieran cuando pasaba: sí, definitivamente había alegrado la vida de alguien con su fisionomía excéntrica, al menos había provocado alguna risa, alguna burla; ¿se mofarían aún de él? deben estar dispersos por el mundo, algunos casados, otros solteros, otros con hijos, otros muertos, y dudaba tener la capacidad de reconocerlos de solo cruzarlos por la calle.
Para acallar su mente controlaba la pantalla de la televisión, pero aún así los pensamientos continuaban, y rezaba porque alguno de todos esos genes rebelara su patrón de multiplicación y destrucción normal y se convirtiera en un tumor que se comiera toda su energía y lo apagara de una vez, porque tampoco contaba con la fuerza para agarrar un cuchillo y desgarrarse las carótidas, o las femorales, ni de subirse a un banco y ajustar una soga, o ir a por una pistola y reventarse los sesos. Sabemos, por supuesto, que quienes se quitan la vida son considerados cobardes por no animarse al doloroso desafío y particular hazaña que representa el Vivir, sin embargo, creemos que este hombrecillo se consideraba más cobarde aún por mantenerse vivo tan solo por el hecho de que la vida era lo que tendía a brotar espontáneamente de sus células, y porque vivía en una sociedad en la que mantener la vida no representaba una epopeya: había supermercados, trabajos de oficina, pisos de venta y alquiler, agua corriente y potable y tendido eléctrico, neveras, televisores, vecinos, mascotas. La calle asfaltada para andar en coche, sitios para estacionar libremente, una plaza a pocas calles, gasolineras, kioscos de 24 horas, pizzería al corte y envíos de comida a domicilio. Con un sueldo normal podía uno abastecerse de unas pocas cosas para llegar al fin de mes con la cuenta justa pero sin pasar necesidades, y así reiniciar otro mes de intercambio de energía vital por dinero y usar ese dinero para mantener la vida. ¿Se animaría alguna vez a penetrar la piel desteñida y blanca, carente de sol y vitaminas, y hacer brotar un río carmín? Pensó en el lobo de la estepa y se imaginó que quizás corriera la misma suerte que Haller, que justo cuando estuviese a punto de hincar la punta del cuchillo en el cuello una enviada tocaría su puerta; sería Rosalía, o Laura López, Marìa, Esther, o una desconocida que lo siguió en la calle y vaticinó lo que estaba a punto de suceder, porque esas cosas se ven desde lejos, se nota solo con observar el gesto en el rostro, los hombros tensos, la mirada perdida, esa falta de lumbre, ese aura apagándose; no podía ser de otra manera, alguien tendría que haberse dado cuenta, aunque quizá, quizá había aprendido a hacerse invisible, o había muerto en vida, y descubriría que su vecina ya no le traería bollos de pan caliente los sábados ni bolsas con manzanas frescas del monte, ni el diariero le inclinaría la cabeza al pasar y cruzar miradas, o no le pondrían un café en el bar si se sentara en los taburetes, o el pájaro moriría de angustia por segunda vez y para siempre. Pero nada de eso pasaba. Día a día seguía igual, otro año más pasaba, otro año más el diariero seguía con el puesto en la esquina, el papá de Rosalía cuidaba el campo como si no hubiera cumplido los noventa y tres, su propio padre llamaba esporádicamente para escucharle los monosílabos que utilizaba para responder a sus preguntas entre las cuales nunca se escuchaba la afirmación que más anhelaba, esa que se dicen las personas que se quieren, que se importan, que se preocupan por el otro. Incluso para ser hay que aprender a ser, más allá de que se piense que ser humano viene en los genes del ser humano. Quizá no sea así de simple, quizá haya que empezar intentando ser, romper el cascarón y reinventarse. Intentar ser y hackear lo que sus genes traían predeterminado: la soledad, la envidia, el hambre, la guerra, el odio, el paternalismo, las religiones, los fanatismos, la manera de ser automática, el comer por comer, el peinarse, afeitarse, vestirse, cambiarse, asearse, todo por convención, no por el acto de cuidar el cuerpo, no para los demás sino para uno, para uno mismo. Hackear en el sentido de volver a construir lo que esos conceptos le significaban, aportar equilibrio a la naturaleza, devolverle una bolsa de naranjas frescas a Rosalía, o llevarle su novela sin terminar al diariero, o convidarle un cigarrillo a Laura Lopez aunque él no fumara, o invitarle un café a Esther fuera de su horario de trabajo, aunque le digan que no, aunque ninguno de esos quisiera involucrarse con él, por su fealdad, por su vello excesivo, por su escasa pulcritud, al menos, por última vez en la vida, intentarlo. ¿De dónde cogería la energía suficiente? Era convertir su vida por completo. Ni siquiera lograba imaginarse en esos supuestos. Había perdido la capacidad de sonreír; los músculos que levantaban sus comisuras estaban hipotónicos, atróficos, sin reactividad. Quiso escribirlo, quiso dibujarse en un papel, pero la mano no se movía, ni siquiera podía sujetar el lápiz con fuerza. Tenía un nudo en la garganta, otro en la panza. Parecían surgir del mismo hilo, y no un hilo de seda, era arpillera, o las ramas de un rosal. Se apretaban cada vez más fuerte, como si la garganta descendiera o el estómago se metiera en el esófago, regurgitando el dolor y la resignación, intentando rumiar y volver a digerir tanta frustración, tanto sufrimiento por la existencia pasada, todo lo que no había sido y ni siquiera se creía capaz de ser, por mucho que intentara imaginarlo, no entendía cómo proyectar, cómo encaminarse en un sendero del ser distinto a todo lo que había venido siendo desde que se había dado cuenta de que existía y que existir le dolía. Se terminaría esto de no hacer nada para transformar ese sufrimiento en gracia, para agradecer por la vida, para renacer, sin importar todo lo que hubiera pasado hasta hoy.
La inercia lo levantó de la silla, fue a prepararse la comida, pero nada podía ingerir: el dolor en el estómago lo partió en dos. Abrió su boca mientras se sujetaba con las dos manos y expulsó una sábana roja rutilante justo delante de él. Manoteó una superficie de donde agarrarse mientras se escurría hacia el suelo; la sangre penetró los vaqueros y la sudadera. De fondo se escuchaba al pájaro piar, como un pichón.
El día siguiente, moscas verdes pululaban por el vecindario, específicamente en el vestíbulo del portal. Rosalía las vio. Las espantó con el fly-fly. Después echó ambientador en un balde con agua, estrujó la mopa, y repasó el suelo esperando que se alejaran. El aroma a pan recién horneado alcanzaba toda la cuadra. Recogió unos cuantos bollos y los envolvió en un trapo de algodón; subió animada las escaleras, tarareando una canción de su infancia que nunca olvidaba.
Las moscas se desplazaban dibujando sus típicas y únicas trayectorias. Hacía frío, un frío distinto, que llegaba hasta el alma y anunciaba la muerte, junto con esas moscas tan particulares que aparecían al mismo tiempo que los carroñeros. Sólo recordaba haberlas visto en el campo cuando había algún venado muerto en el monte.
Llamó a la puerta del segundo ático, con el corazón como una locomotora, sudada, temblando. Nadie respondía. Ni respondió jamás.
Cuando llegó la policía, los bomberos ya habían forzado la puerta, y se encontraban dentro, junto al cadáver. Al llegar el equipo de emergencias, declararon muerte inesperada por hemorragia digestiva alta. Sugirieron que el mecanismo había sido una úlcera, ya fuera por su metabolismo, el café, ser fumador pasivo, los vicios de la ciudad, el estrés, una tendencia genética. Rosalía derramó unas lágrimas mientras miraba todo desde el arco de la puerta. Ahora sabemos que Rosalía no lo amó especialmente, sólo era una mujer atenta y se preocupaba por los demás. Él nunca podría haber soportado que Rosalía amara a tanta gente, por lo que cualquier historia de amor platónico correspondería exactamente a eso, algo supuesto, imaginario e ideal en la cabeza del obsesivo que considera que el amor es una fusión de dos seres que abandonan su individualidad para volverse uno. Sin embargo le dolía saber que no había podido hacer nada, aunque confiaba en que quizá se había sentido un poco querido gracias a su presencia en el mundo. Los policías le pidieron que presente declaración, y al ingresar al domicilio vio el cuerpo de Alberto, blanco, inmóvil, semiflexionado, con expresión de paz, sobre un charco de lo que evidentemente era su propia sangre, que ya se había convertido en un lienzo pegajoso y semisólido. Pasó al salón, la televisión apagada, el pájaro piando. “Trebelín” leyó en la base de la jaula. Sobre la mesa, un cuaderno cuadriculado, bolígrafos y una vajilla sin restos de comida, esperando ser servida.
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