Darle el lugar a la posibilidad
Abre los ojos.
Hoy será su primera sesión. Llevar la teoría a la práctica.
Siente que necesita el silencio y la casa se halla tan aquietada que solo se perciben los murmullos de las copas de los árboles agitadas por el viento.
Salir de la cama es sencillo cuando hay motivos para empezar el día.
"Que no lo vea no significa que no existe" se repite a si misma.
Se acomoda en la silla mientras observa por la ventana. El verde de las hojas contrasta con el cielo celeste claro. Hay unas pocas nubes pero el sol resplandece tenue sobre el este. El mar se ve a lo lejos. Hay un barco en el horizonte.
Con su cuaderno delante, da apertura a su sesión. Comienza a escribir; tiene los ojos entrecerrados y pestañea con más frecuencia de lo normal.
Escribe: "Pido a mi energía superior, esa que todo lo ve y percibe más allá de los límites de la cultura y sociedad en la que fui criada, pido también a los Seres de luz que me acompañan..."
Se detiene en seco. ¿Quiénes la acompañan?
Cierra los ojos. No soporta sentir tanto miedo, sentirse tan impotente, incapaz. No se siente capaz.
Un mensaje aparece claro como el sol ese que acaba de ver en el cielo.
Continua escribiendo: "... y a mis Guías Espirituales, que aparecen siempre para cuidarme y guiarme, pido que me permitan acceder a la información necesaria y suficiente para darme claridad y respuestas a lo que en mi mente se figura como pregunta e inquieta mi tranquilidad."
Otra vez se detiene. ¿Para qué querría las respuestas de esas preguntas? ¿Para qué buscar la tranquilidad?
-Basta- dice, en voz alta.
Con ambas manos en el rostro se esconde de su propia realidad. Mira el sol otra vez, brillante. Allí estaba su tranquilidad y las respuestas.
Continua escribiendo en un renglón más abajo: "... Pido aprender de esa inquietud y entenderla como una maestra y compañera que me da la chispa necesaria para ser, vivir, cambiar, proyectar, y ayudar a otros."
Se detiene nuevamente. ¿A quién le serviría su ayuda? ¿Acaso podía ayudar a alguien?
Levanta la vista y ve una planta suspendida en el aire. Es una muklerbeckia de 4 euros de Casa Las Flores. Allí se enteró que se había mudado a un barrio ventoso, porque una lengua de viento que empezaba en Alhaurín recorría la zona donde quedaba su casa y bajaba hasta la costa, llegando a Torremolinos.
-Es decir que si un día se les vuela algo puede que lo encuentren a la orilla del mar... en la Carihuela.- bromeó el empleado.
Ese lugar le había llamado la atención desde que se había mudado a la provincia. Fue escogida por muchos autores de poesía y de ciencia ficción para pasar sus vacaciones de verano. Había leído que Orson Welles había sido uno de ellos. Algunas calles llevaban su nombre. Creía que caminar esas calles podría inspirarla, y finalmente lograr su propósito de escribir algo tan entetenido, tan vitoreado por el público, tan best-seller, que le permitiría finalmente entregarse al arte y sentir que lo que creaba a través de la escritura podía ser noble y bello.
¿Cómo resaltar en un mundo en el que hay tantas almas que también quisieran dedicarse al arte y pagarse el alquiler a través de la escritura?
-Basta- dice al aire, otra vez.
Cierra los ojos para concentrarse. Intenta autoboicotearse. "No debe ser hoy el día" piensa.
Resuelve que cancelará la sesión. No se siente nerviosa, solo se siente incapaz.
Recuerda que el autoboicot estaba pronosticado. Por lo que cierra los ojos y respira profundo por la nariz, intentando continuar con la canalización.
"Pido, y me comprometo, a seguir intentando ser fiel a mi misma todo el tiempo que pueda, y permitirme dejarme llevar pero siempre con la mirada tranquila de mi ser que abraza la vida y la respeta, motorizada por el amor y la compasión hacia los demás."
De eso se trataba. Le había puesto nombre y apellido a lo que le salió naturalmente y toda la vida. Ahora intentaba lograr "trabajar ese músculo", como le decía su prima. Activarlo cuando quisiera, no solo espontáneamente como le había sucedido innumerables veces. Y dirigir el mensaje a quien lo requiera y precise, no arbitrariamente a cualquier persona que se cruzara por la vida, generando más conflictos gratuitos que apoyo a terceros.
Recuerda a la madre repitiendo una frase de Ricardo Arjona: "No es bueno el que te ayuda sino el que no te molesta". ¿Por qué la miraba así mientras le decía esa frase? "¿Será que la ayudo sin que me pida y así la molesto?"
A veces deseaba no haber nacido. Desaparecer.
Alguna vez pensó que esta sensación se iría en algún momento. Pero se dio cuenta que tarde o temprano volvía. Siempre volvía a sentirse así. Desamparada. Sola. Vacía.
Fue uno de los motivos por los que empezó a intentar contextualizar eso de poder escucharlo todo. Y no solo de los que comparten plano de existencia sino también de los que ya habían abandonado su cuerpo físico. En algún momento representó una especie de maldición. Tocó la mano de su abuelo y supo que moriría. El dolor fue agudo, y la información, certera. A la semana, sonó el teléfono de madrugada. Las llamadas de madrugada nunca son una buena señal. O hay un vivo que se quiere morir, o un muerto que dejó de vivir. Así fueron las llamadas de madrugada en su casa de la infancia. La primera vez fue sorprendente, inesperado. Todas las demás, lo supo. Sabía quién, cuándo, dónde y sobre todo, el cómo. Así descubrió su don, que reprimió. Hasta que trece años después, en clase particular con una alumna de la universidad, se lo recordó.
Habían pasado unas cinco clases ya. La confianza aumentaba clase a clase y el momento de compartir era como charlar con una amiga. Por lo que se tomaba muy enserio lo que Trinidad le decía.
-Agatha, ¿puedo decirte algo que nada tiene que ver con biología?
Asintió con la cabeza. Como sabía leer el pensamiento, supo lo que le iba a decir ya desde antes de que se lo diga.
Efectivamente las palabras fueron idénticas a lo que había escuchado en su mente.
-Todos somos gurú y aprendices de otros en la vida- respondió Agatha con humildad.
-Eso es lo que diría un buen gurú- exclamó Trinidad con una sonrisa de paz.
Recordaba ese momento con tanta claridad y nitidez como si hubiera sucedido ayer. Así como las llamadas de madrugada o el día en el que la madre de Larissa le había sentido el aura, comunicándole la antigüedad de su alma. Había recibido ese mensaje en una época en la que poco creía en cualquier historia que no sea las que contara la Biblia, el sacerdote, mamá o papá, en ese espacio seguro que era la casa y que no importaba lo que sucediera, siempre podía volver ahí y encontrar resguardo. Aún así, lo recordaba. ¿Y si lo había imaginado? ¿Habría sido un sueño? Podía evocar el aroma de la sopa de conejo de Zaira o la música de reggae que sintonizaban con Larissa en esas horas muertas entre el colegio y las actividades extraprogramáticas. En su casa había siempre olor a sahumerio y Larissa rezongaba de que su madre fuera tan espiritual. Agatha la miraba con admiración. Varios de sus amigos tenían madres espirituales, que le hablaban de otras disciplinas y filosofías como el yoga o el budismo, y ella sentía que pecaba, que estaba traicionando su formación cristiana ortodoxa al darle el espacio a esas conversaciones herejes. Las cartas del tarot le parecían un producto de Satanás, y el arte de la adivinación, una farsa total.
Sin embargo podía escuchar los pensamientos de los demás.
Más de la mitad de su vida intentando luchar contra esa percepción extrasensorial que hoy comprendía como un arte, un don, una posibilidad.
Una mosca se posa en su nariz trayéndola otra vez al momento presente. Al silencio de la casa aún dormida. El Sol un poco más arriba. El mar sigue ahí, quieto. El barco que se veía en el horizonte ya desapareció. ¿Cuánto tiempo habría pasado?
La hoja de papel a medio escribir apoyada en la mesa, con el bolígrafo arrojado a un lado.
-Sigue- dice una voz, externa a ella. No se sorprende. Les pidió que se lo permitan, y se lo estaban permitiendo.
"Identifico cada pensamiento, comentario, acción y no-acción, que son ajenos y opuestos a quien quiero ser, y suelto la culpa, dirigiendo hacia mí esa compasión y amor que siento por la humanidad. Entendiendo que no soy mis pensamientos ni mis comentarios, y creando aquellos pensamientos y comentarios que sí quiero transmitir, para darles cada vez más lugar y espacio, dejando que los demás se disuelvan en la inmensidad de la memoria..."
Punto y aparte. Respira por la nariz con los ojos cerrados.
"Intento mantenerme limpia, de cuerpo, mente y espíritu. Acepto que el dualismo puede ser tan posible como el no-dualismo. Uso las manos para crear, no destruyo. Si destruyo, entonces ayudo a recrear a partir de lo roto. Si no me lo permiten, comprendo y acepto los tiempos de cada quien, y pido perdón con el corazón. Comprendo que a veces las palabras están de más, y que un pensamiento fuerte puede atravesar océanos y llegar a su remitente instantáneamente."
Era el Atlántico el que se interponía. No podría llegar nadando, jamás. Ni caminando por el otro lado. Si un día los aviones y los barcos dejaban de funcionar, ¿podría volver a verlos?
Sonríe mirando el Sol otra vez que la recarga y fortalece. Deja un espacio.
"Confío en que mi cuerpo emana la energía que me esfuerzo en generar, y cuido de que sea la energía que deseo contagiar. Cierro los ojos e imagino que la energía que se desprende de mi cuerpo es fiel a la imagen de quien quiero ser. Pienso en quien quiero ser y me proyecto en esa dirección. Me veo siendo así, como quiero, y aprendo de mi Yo Superior que trasciende el espacio-tiempo..."
Aquí tendría que mencionar a los Guías y a los Seres de Luz.
-¿Quién es mi guía?- pregunta en voz alta. Nadie responde. Cierra los ojos buscando recibir la respuesta. Su maestro le había enseñado que siempre que estuviera sola y que quisiera obtener respuesta a una pregunta, formule la pregunta igual, en voz alta o hacia dentro, y que espere unos minutos, mientras respiraba profundo.
Aparece en su mente un recuerdo del día de ayer por la tarde, cuando un coche se le cruzó mientras conducía, sin encender una luz intermitente, o al menos sacar el brazo por la ventana.
Ese recuerdo no era casual. Era la respuesta a su pregunta.
"... y de mis Guías, cada persona que se me presenta en esta vida, los que aparecen cuando menos los espero, y que me permiten escoger la actitud con la que deseo recibir todo lo que acontece. ..."
Eso lo había aprendido de un libro que le había regalado su profesor de Informática al finalizar la escuela secundaria. Se llamaba "El hombre en busca del Sentido" y había sido completamente insignificante a sus dieciocho años. Al finalizar la universidad lo encontró nuevamente, ordenando su armario.
"... La posibilidad está en los ánimos y el creerse capaz, ..."
En general no sentía ánimos suficientes ni se sentía capaz.
"... aunque en general no sienta ni ánimos suficientes, ni me sienta capaz."
Quería transmitir humanidad. Quería comunicar que a todos les costaba energía. Incluso al que intenta, incluso al que lo logra. Si no fuera por la memoria del perseverante, la cantidad de intentos llevados a cabo para alcanzar el logro quedarían perdidos y olvidados en la historia del desconocimiento.
En algún momento de su vida había recibido comentarios al estilo "me encantaría ser como vos, así de tranquila y jovial, alegre, pacífica".
Y ella en su interior recordaba las guerras que había pasado para alcanzar ese temple.
De ahí venía toda esa historia.
Continua escribiendo: "Quedarse sentada y no animarse a hacerlo es negar la posibilidad."
Sobreviene el silencio en su mente y se detiene un momento a observar ese espacio que aparece en la mente cuando cerramos los ojos y dirigimos la mirada al entrecejo. En su formación aprendió que ese espacio se llamaba "chidakasha", o por lo menos así se pronunciaba, incapaz (aún) de poder escribirlo en lengua sánscrita.
¿Qué se le venía a la mente al cerrar los ojos y observar su chidakasha?
Aquello que se le apareciera sería lo que plasmaría en su escritura.
No era una escritura automática, aunque su Maestro le había mencionado que las canalizaciones podrían venir en forma de escritura automática. En contadas ocasiones había conversado del tema con otras personas con las que se había sentido medianamente libre de hablar al respecto, aunque jamás se sentía verdaderamente libre de charlar acerca de todo aquello que no estuviera medido por un instrumento de medición reconocido, o comprobado bajo las premisas del método científico. Michelle le llamaba "bajar información".
Continua con los ojos cerrados, concentrándose en el chidakasha. Ve clara la imagen del todo, o de la nada. Todo o nada concentrados en el punto que entre sus cejas se mantiene como una puerta de entrada a la dimensión de la no-mente, de la consciencia y esencia puras. Accede a ese espacio un momento.
"Cuánta nobleza la de nuestros Creadores al permitirnos ver con tantos colores y precisión, y a la vez regalarnos dos párpados obturables a voluntad."
¿Existía esa palabra o la acababa de inventar?
Sobre el cuaderno estaba su amuleto apoyado. Michelle les llamaba "ancla emocional". Valoraba mucho todo lo que le decía su prima y la manera en la que se refería a los fenómenos que a ella le costaba tanto describir o nominar. Habían tenido educaciones muy distintas, con historias familiares completamente opuestas. Aún así, se amaban incondicionalmente y lograban comprenderse con espontaneidad, de solo mirarse.
Sostiene el amuleto con la mano derecha y acaricia la figura. El árbol de la vida.
Repentinamente, un fuego se enciende en su pecho. Cuánta vida siente en su interior.
Comienzan a brotar las lágrimas mientras se observa a si misma desde fuera, ahí, sentada temprano en la mesa del salón, al sol, regalándose ese espacio de meditación y de escritura, automática o a consciencia, con información que le bajaba o con un relato que creaba, ya sea imaginación o creatividad, ya sean memorias de vidas pasadas, o acceso a la misma fuente de conocimiento que alguna vez habían consultado los escritores y escritoras que admiraba y hasta había llegado a envidiar por haberse dado el lugar a la posibilidad. Posibilidad de compartir.
Mira el cuaderno. Una línea debajo de la otra. Tan íntimas, tan puras. ¿Habrá algo o alguien que controla estas acciones? Aún así la sentía auténtica, como un mandato, como el motivo de su existir.
Vuelve a hacerse esa pregunta y el condicionamiento aprendido la boicotea expresando que su vida no halla sentido. Y ella percibiéndose separada, distante, pierde más todavía el eje y se frustra.
Abandona el hábito. Se somete una vez más al sufrimiento de querer hallar una respuesta clara y concisa a una pregunta que nos presenta la eterna búsqueda.
El eterno desafío de la comprensión.
La intención de recibir la naturaleza, lo que nos brinda, multiplicarlo y compartir.
Las enseñanzas de los que se atrevieron a lo largo de la historia residen en todos nosotros como una huella genética.
Lo que brota espontáneamente en su pensamiento también brota en el pensamiento de alguien más, en otro lugar del mundo, en la mente de un desconocido, quizá ahora, mañana, o ayer.
"Permitirme el silencio me mantiene conociéndome" escribe.
No sabe en efecto quién es, aunque el compromiso que siente con la vida la acerca a esa que quiere ser, que toma de ejemplo aquellos que supieron trascender el sufrimiento y acompañar a otros en ese mismo camino.
"Reconozco la importancia del dolor en la vida y aprendo con él mis prioridades, las cuales reviso y, conforme a mis deseos del ser, aprendo a mutar, cambiar y trascenderlo. Dudo, y acepto la duda como un aspecto fundamental de mi existencia. Acepto que hoy mi símbolo sea este que llevo colgando del cuello. No es decoración o simple bijouterie. Es determinación."
Levanta la mirada para sentirse abrazada por el Sol, otra vez. Agradece al Sol y a la Luna por igual. Al día y a la noche. Así como la posibilidad de haber experimentado los extremos pudiendo sobrevivir al intento, y elegir la virtuosidad del medio.
"Reconozco que los extremos por exceso o por defecto son los vicios de la conducta e intento mantenerme cauta y atenta. Entonces permito aquello que en su justa medida se presenta como oportunidad. Lo que me motiva es la creación, y el brindar(me)."
Observa otra vez su amuleto. Sus amuletos. Fijos. Reflejan la luz del Sol de la mañana que le regala energía para seguir y disfrutar.
Se levanta para abrazar la tradición de su país. De su familia.
Coloca un litro de agua a ochenta grados en un termo Lumilagro. Llena el cuenco de madera de algarrobo en tres cuartas partes. Echa unas hojas de tomillo y un trozo de cáscara de naranja disecada.
Ceba el mate. Es su sadhana. Aquello que ama y se compromete a hacer con consciencia y amor. Como un ritual. A veces sola, a veces compartida, pero por elección y sin automatizarse.
"Recuerdo que en la moderación está la virtud."
Detiene la escritura cuando se le aparece el pensamiento de la última persona que le agradeció por lo que escribe. El rostro de Martín proponiéndole que presente sus borradores a una editorial de mujeres que él cree que la aceptarían de inmediato. El mensaje de Laura recordándole que siempre la leía y que, si un día publicaba un libro, ella lo compraría.
Habían más personas detrás de esa pantalla. Personas lejanas que se mantenían ahí, en sus vidas, a veces más simples o más complicadas, pero siempre abiertas y dispuestas a leer, a recibir lo que se animaba a compartir.
"Descubro que soy un canal: no soy la que crea, que la creación ya existe, solo soy quien se dedica en absoluta concentración a transcribir en este idioma y código lingüístico aquello que existe y persiste en el registro del conocimiento, allí donde nada ocupa lugar, solo existe y persiste."
Inhala hondo por la nariz y exhala por la boca, con suavidad, haciendo un ruido suave.
Se quita la mochila de la espalda, la apoya en el suelo. Abre el cierre relámpago. Descarga una por una las piedras que allí cargaba. Cada una representa el peso que aprendió a llevar por condicionamientos, sociales, familiares, culturales.
"Perdono a mis padres, hermanos y abuelos. Perdono a los abuelos de mis padres y a los abuelos de mis abuelos. Reviso mi conducta y asumo que aquello que no elijo ni entiendo puede ser una herencia de todo aquello que alguna vez existió y gracias a lo cual existo yo. Abrazo mi linaje y comprendo que no es mío y que no soy la única que lo vive así."
Se decide a transcribirlo. Desea compartirlo. Cuántos rostros se le vienen a la mente.
"Decreto que todo este conocimiento sea compartido, conocimiento que no es de nadie y es de todos a la vez. Es el resultado de nuestra evolución."
Alguien más debe estar escribiendo las mismas palabras en algún otro lugar del mundo, quizá en otro idioma, en una hoja de papel reciclado o con tinta china.
Podía llegar a quien quisiera a través del pensamiento.
Otra vez las lágrimas. Busca una razón, un motivo.
"Me tomo el tiempo para escribirlo, pues hay quienes necesitarán leerlo como alguna vez yo también lo necesité. Como parte de un plan perfecto."
La perra se le sube en el regazo. Suele lamerle las lágrimas. Esta vez se acomoda y acurruca.
Son lágrimas de vida, de la emoción de la fuerza vital vibrando en su interior.
Alguna vez llegaron a sus manos esos libros y Escrituras. Llegaron las voces de quienes pudieron alzarlas y brindarlas, a modo de compañía, filosofía o terapia. Llegaron sus palabras en distintos idiomas, y fueron traducidas y transformadas.
El silencio de la habitación se rompe con la conversación. Michelle aparece recién levantada, pero no recién despierta. Se saludan con un abrazo, como todas las mañanas.
-¿Tenés algo que hacer?- pregunta Agatha.
Ayer por la tarde, antes de bajar a la ciudad, habían ido a recorrer el monte con los perros. Agatha le propuso hacer una sesión al día siguiente, pues necesitaba practicar, y quería hacerlo con alguien que le transmitiera tanta confianza como su prima.
Habían quedado en que la sesión sería esta mañana, y una de las tantas Agathas que convivían en su interior pedía que Michelle responda que sí, que tenía algo que hacer, que había un compromiso en la ciudad, que debía ir a la nave a descargar mercadería o simplemente una videollamada con algún familiar que desde el otro lado del Atlántico reclamaba presencia.
Michelle responde "justo te iba a preguntar eso", pero Agatha no ve que mueva la boca, y no entiende de dónde sale la voz, si de su barriga, o de su coronilla, o si sólo existe en su mente.
El miedo y la frustración se convierten en ánimos y motivación. Entiende que su rol va más allá de llenar hojas y hojas de cuadernos con palabras. Entiende que debe invitar a la lectura, animarse a compartir. Permitir el espacio. Regalarse, regalando esa capacidad de canalizar.
-Acomodo una mesa fuera y cuando quieras empezamos- dice Michelle, sonriente. Esta vez sí la ve vocalizando las palabras. Se siente tranquila.
-Vale Mish. No tardo más que unos cinco minutos. Termino de escribir unas cositas y voy.-
"Recuerdo que cada quien nace con su misión y acepto que esto es parte de la mía."
Se mira las manos. Cada vez más parecidas a las manos de su madre, o a las de su padre. Abre bien los dedos, estirándolas.
"Entiendo que crear y ser el canal de la divinidad es suficiente motivo de existencia. Sólo debo permitirme vencer la quietud, y aceptar el movimiento y percibir la sincronicidad."
Se siente imagen y semejanza de ellos. De sus padres, sus abuelos, sus hermanos, su prima y amigos. Se siente imagen y semejanza de los dioses, de la creación. De una energía creadora perfecta que aún en la destrucción puede hacer brotar vida. Que aún en el dolor puede plantar semilla.
"Sólo debo darle lugar a la posibilidad."
Cierra el cuaderno, se levanta, y sale al jardín, donde Michelle la espera sentada al sol, para empezar la sesión.
Dándole lugar a la posibilidad.
Comentarios
Publicar un comentario