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"Acordar en desacordar"

"Tienen que acordar en el desacuerdo” aconsejó la amiga.  El entendimiento no siempre es espontáneo, ni tendría por qué serlo. No entenderse es habitual, a veces ni siquiera se habla el mismo idioma, aunque así parezca. Tu lengua madre puede ser la misma, pero ¿qué significado tiene cada palabra en la mente de cada uno? La amiga también aconsejó preguntar qué significado tienen las palabras. “¿Qué significa para vos el respeto?”, y escuchar. Es sorprendente descubrir que, a veces, las definiciones son bastante diferentes entre sí.  Conocerse no es compartir tiempo; tampoco ocurre espontáneamente a través de convivir. “Al conocimiento se va como se va a la guerra: con miedo, respeto, confianza, y bien despiertos” enseñaba Don Juan. Cuando se va al conocimiento sin una de esas pautas, entonces uno no puede convertirse en un Hombre de Conocimiento. Es como el saber por saber; saber no es lo mismo que conocer. Parte de la diferencia radica en la experiencia. No podemos dar por sen...

La mercantilización del afecto

Quedate con quien no te mercantilice. Que no te esté midiendo constantemente si sumás o restás. Esa persona que disfrute de tu compañía y que también se permita disfrutar de su soledad. Quedate con quien elige necesitarte, no porque necesite tu amor, sino porque necesita amarte. En tiempos de misura permanente, cuesta entregarse a un sentimiento que, en simples palabras, no puede medirse. El amor es una sola cosa, y aunque nos pueda parecer más grande o más pequeño, o es, o no es. Quien acaricie una planta, sonría a un perro, juegue con un niño, abrace a un anciano, escuche a otro adulto, sepa pedir perdón, decir gracias u honrar la vida, esa persona ama. Puede no estar en pareja, y pensar por eso que no halló el amor de su vida, como se dice habitualmente; aún así, quizá esté más enamorado de la esencia de la existencia que muchos otros quienes profesan un amor inconcebible por un otro que precisan para sentirse completos, socialmente aceptados, o por el miedo a morir solos. Así vamos...

No pienso y sólo existo

  -Lo pensás demasiado. Quedó la frase dando vueltas en su cabeza. Obviamente.  Pensaba demasiado, y lo que le había dicho no era algo que no supiera, de lo que no fuera consciente previamente a que alguien, y no por primera vez, se lo dijera en voz alta. Pensaba demasiado, y como tal, no podía entregarse a los rituales. No podía disfrutarlos siquiera, como hacían algunas compañeras con las que coincidía en las clases de yoga, quienes, a veces, acudían a sesiones de baños de gong o radiofrecuencia. Descartada estaba, por lo tanto, la propuesta que le había hecho Oceanía acerca de los Registros Akáshicos. -No me fío del nombre- -Lo pensás demasiado, Agatha. Entregate a la sensación, no pienses. ¿Cómo podía decirlo así, de esa manera tan… natural? ¿Cuándo había dejado de pensar, desde que es consciente de que piensa? -”Pienso luego existo” -Tendrías que haber nacido en la antigua Grecia, tía. Aun con sus diferencias, podían pasar horas al sol tomando mates y queriéndose un poco ...

el Valle de Ourika

El Valle de Ourika se presentaba profundamente deprimido entre dos laderas de cuyos picos más altos desconociamos nombre. Si miraba hacia el sur, un monte nevado parte del cordón del Atlas se erguía imponente, magnífico. Era único, como los colores y olores que se percibían en el Valle: mantas, sillas, mesas, todas de un color rojo que desconocía, que nunca había visto hasta entonces (¿sería la luz?); cielo turquesa, reducido por las colinas, manto verde, a decir verdad, verdes, muchos verdes distintos, tonalidades del verde tan peculiares que se podría decir que esa vibración ya no pertenecía al verde sino que era una nueva, y empezar a inventar nuevos colores más allá del militar o el loro o el musgo o el limón, sin posibilidad de utilizar algo preexistente como referencia de color, porque nada se comparaba a ese brillo, parte de luz absorbida y parte reflejada que hacía posible la percepción; como el blanco de la nieve o el iris que aparentaba ser un mapa de una nación jamás descubi...

11 mil kilómetros

  Me dirijo al cuarto.  Al sacarme la campera y mirarme al espejo me di cuenta de que debajo aun llevaba la remera del trabajo. Acá me acostumbré a decir chaqueta y camiseta. Cuando elegí estudiar lo que estudié no lo hice para sentirme superior a nadie, o ganar más que los demás, ni siquiera pensando en si tendría trabajo estable o toda la vida. Aunque creo que una parte de mí sí se sentía superior al resto por estudiar esa carrera. Quizá es lo que nos pasa a todos, con diferentes aspectos de la vida, pero que nos pasa por el rasgo humano que nos caracteriza. No es algo que suela conversar con muchas personas, aunque es un tema que he penetrado gracias a autores que se cruzaron en mi camino y llevaron a esas reflexiones. Le hago caso a Vicenzo y escribo con párrafos. Quizá sea una manera de practicar la paciencia en la escritura. Parar un poquito. Frenar. Enciendo la lámpara de sal aunque sea de día porque creo en que es verdad eso de que limpia la energía del aire. Y yo soy ...

Trebelín

Dicen que para aprender a componer hay que intentar componer primero. Así como para aprender a escribir, cantar, o cualquier arte que desempeñe el ser humano,  y no sólo el ser humano sino también aprende el pájaro a cantar intentándolo primero, cuando su madre pájara le demuestra el sonido que debe aprender a silbar, entonces el pájaro silba por primera vez, y luego se vuelve algo más simple, y luego un acto instintivo; así también el Hombre (y usaré esta palabra para referirme a toda la especie más que a solo el cincuenta por ciento, sin atender a si es una palabra masculina o femenina, apelando a la capacidad de la mente de interpretar las palabras más allá del género y, por lo tanto, con una perspectiva neutra) aprende y para aprender debe intentar, y para intentar también debe vencer la energía de la inercia, la quietud, que es mucho más cómoda que el movimiento, excepto cuando se cuenta con una potente energía vital, que asumimos abundante y fuerte en la mayoría de los indivi...

Como romper el ciclo

Me siento en una silla, intentando estudiar. Ordenador delante, hay una clase de neurología que mirar. Hice treinta y un años este otoño; usualmente los cumplía en primavera, pero he cambiado de hemisferio hace un tiempo. A mi edad, mi mamá ya era mamá de una tierna pequeña de dos meses; mi hermana Victoria. Ya no estudiaba, ni trabajaba, se dedicaba tiempo exclusivo a cuidarla, amamantarla, enseñarle todo lo que aprendería y convertirla paso a paso en un ser humano capaz, brillante y radiante.  Cuando me siento a estudiar intentando seguir formándome como la profesional que me he vuelto gracias a tantos años de dedicación y trabajo, me pregunto si se me hará cada vez más difícil por este ciclo que estoy creyendo romper en la medida que digo que no a la maternidad y digo que sí a sentarme a estudiar y seguir aprendiendo. ¿Por qué se me hace tan difícil? Mi mamá se dedica a cuidar la casa, hacer las cuentas, jugar juegos en su tiempo libre, hacer algo de ejercicio, atender a mi abue...