De cómo reaccionamos ante la adversidad

“Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino.”

Viktor Frankl

¿Puedo decidir cómo sentirme? ¿Qué emoción atravesar? ¿De qué manera enfrentar un momento?

El libro que contiene la frase inicial de esta reflexión que me surgió hacer, llegó a mí hace algunos años, cuando recién terminaba el colegio, gracias a un gran docente que tuvo la excelente idea de regalarme un libro. Desde entonces pienso que regalar y/o recomendar libros es de las mejores interacciones sociales que existen. Aunque sólo si la recomendación se basa en que quien lo hace percibió que la persona que era previamente a leer el libro y luego de leer el libro es otra distinta, con otra perspectiva, con mayor paz interior, mejores y más herramientas para afrontar el juego del vivir.

Si bien ese libro estuvo en mis manos durante muchos años, fue el año pasado cuando tuve la dignidad de leerlo. Apenas se me fue dado quise iniciar la lectura, pero la persona que era en ese momento no estaba preparada para enfrentar ese texto, y lo dejé descansando en una repisa, atareada con muchas otras cosas que en ese momento creía más importantes que leer a Frankl. Aunque hoy las vea triviales, el camino de la alienación, el ajetreo y la vorágine me llevó a este puerto de cuestionamiento de mi realidad. Mi pasado me volvió más tolerante, consciente y contemplativa, así que... bienvenido sea todo lo que haya ocurrido. Lo importante es darse cuenta.

Fue un evento adverso lo que me hizo pensar en que nuestras reacciones ante la adversidad pueden ser diversas, en la medida que permitimos que las emociones generadas ante la adversidad se desarrollen, o no. ¿Es posible lograr esto último? ¿Limitarlas? Sí, y se logra a partir de esa maravillosa propiedad emergente que posee el ser humano: el razonamiento. Imponiéndose sobre las percepciones, la mente entra en juego. Nominadora, clasificadora, discriminadora. Única. Así como no es igual cualquier fruto, ni cualquier casa, ni cualquier amigo, tampoco lo es la mente de otro ser, aunque igual de humano. Cada uno de nosotrxs se presenta como una entidad única, irrepetible. Puede haber similitud entre cuerpos y entre mentes, pero ningún ser humano compartirá al 100% las características de otro ser, de forma sincrónica o asincrónica, así sean familia, mejores amigos, hermanos gemelos, maestro y aprendiz. Cada mochila, cada carga histórica, son únicas. Las habilidades y herramientas a la hora de realizar algo, comunicar una idea, un consejo, una ley, un concepto, pueden ser similares, pero el toque personal será siempre especial, distinto, y la sensación de llevar a cabo esa acción será única para aquel individuo que la esté haciendo.

En la individualidad hallamos angustia, y la angustia de la separación nos motiva a unirnos a otros. En la unión e interacción social, encontramos estímulos, que pueden llevarnos a reaccionar de diversas maneras. Entre el estímulo y la respuesta, podríamos pensar que está la razón. La falta de razón implica el dominio puro de las emociones, como que un ratón salga corriendo ante un estímulo sonoro o luminoso, aunque no representen amenazas reales para su supervivencia. Pero todo ser humano –en teoría– posee la potencial capacidad de control de la respuesta ante el estímulo más diverso. Puede elegir la reacción, así se le haya enseñado -o haya aprendido por experiencias diversas- que la reacción correspondiente sea una en particular, o así esté condicionado por las pautas culturales que lo debido o esperado ante una situación X sea una respuesta Y. 

Entonces, ¿podría el humano elegir cómo enfrentar la adversidad, por terrible que parezca el problema, simplemente dominando el espacio que existe entre el estímulo y la respuesta? ¿es, acaso, una capacidad de cualquier humano, siendo que todos los humanos tienen como herramienta la razón?

Fue el raciocinio lo que permitió que las potencialidades humanas sean inmensas, casi innumerables. Logró volar sin alas, recorrer distancias impensadas en minutos, cosechar alimentos fuera de época, construir gigantes e imponentes torres. Partiendo de la base, el ser humano logró como especie el control de la Naturaleza. Llegó para tomarla, moldearla según sus necesidades, dominarla. Aún así, es un pobre desgraciado frente a un tsunami, tendrá un probable resfrío si le agarra una tormenta sin un techo, un abrigo o un calefactor, y sucumbirá de un segundo para el otro ante una erupción volcánica. Y eso sólo como "destrucción" natural, ni hablemos de la capacidad destructiva generada por el humano hacia el humano, desde los enfrentamientos civiles por diversidad de ideas, la represión ante la revolución, el armamento nuclear o de cualquier tipo, o la perpetuación de costumbres tóxicas para el organismo que generan enfermedades irreversibles, culminando en muchos casos con la disminución de la calidad de vida y la dependencia medicamentosa, favoreciendo las cuentas bancarias de unos pocos, y vaciando los bolsillos de unos muchos.

Pero contar con la capacidad de razonar hace dar consciencia de la vida propia. Una vida con múltiples potencialidades, inalcanzables en su totalidad, ya que cada una de las mismas precisa tiempo y dedicación. Y si hay algo que limita al ser humano, es eso: el tiempo. Nace sin elegirlo, muere en contra de su voluntad. Entre esos dos hitos, el tiempo es una especie de hilo conductor que va dándole herramientas, las cuales puede utilizar a su favor, en su contra, las cuales lo pueden llevar a un mejor destino o a la absoluta perdición. Pero ¿qué es un destino mejor? O, más puntualmente, ¿qué es un buen destino? ¿qué es la perdición?

Si pensamos en la concepción moderna de lo que son las potencialidades del ser humano, en este siglo de tanta (casi absoluta) influencia capitalista, debemos preguntarnos si lo que se propone como deber para vivir y realizarse como sujeto, es efectivamente lo que se debería hacer, o si efectivamente alcanzar la felicidad o el éxito son metas indispensables para decir que la vida viene valiendo, vale, y valdrá. Y ahí es que surge un problema idéntico al anterior: ¿qué es la felicidad? ¿qué es el éxito? 

Según los diccionarios, hablar de éxito es hablar de "resultados felices". Y felicidad... bueno: "estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno" según Oxford Languages. Entonces hagamos lo que nos recomienda E. Fromm y dejemos a las palabras ahí, sin analizarlas demasiado. Vayamos al quid de la cuestión: que desde pequeñxs seamos educadxs con la felicidad y el éxito como objetivos, implica que debamos saber cómo alcanzar la felicidad o el éxito. Y lo que se propone como método para alcanzar estos estados, tiene un gran sesgo generado por los medios de comunicación, por los que escribieron la historia, y por la organización social propuesta -desde la esfera micro (o la familia, pareja, amigxs y allegadxs), hasta la esfera macro (la sociedad y su organización jerárquica de poderes en relación al estatus económico, el nivel educativo alcanzado, el estatus de la familia de procedencia, la nacionalidad, etcétera)-. Incluso por el discurso político, y no sólo el que pensamos clásicamente, como lo que dice o hace el presidente y/o los ministros, sino el de la esfera que más nos alcanza como individuos en nuestro entorno: el de los maestros, educadores y directores de instituciones educativas, el del personal de salud, farmacéuticos, auxiliares, e incluso directores de instituciones que ofrecen servicios de salud, incluso el de las personas que tienen a cargo negocios que ofrecen elementos de cuidado personal y embellecimiento (asimilando el hecho de embellecerse como una necesidad social para agradar o alcanzar la felicidad/éxito).

Entonces, lo que se propone como "sentido" de la vida, es una construcción social de humano, cuyas virtudes deben ser tales que ese individuo sea reconocido por las mismas. No debe generar conflicto, y si los genera, debe ser entre los demás y no sobre uno mismo, y debe generarle una conveniencia económica. Deberá estar siempre aseado y oler bien, no deberá repetir vestimenta, la cual deberá ser de alta costura con buena calidad de materiales, debe movilizarse en medios de transporte -como un taxi o auto propio- en los que no quepa la posibilidad de contacto con otros humanos de menor clase con una vida "menospreciable" o de menor importancia. No debe tener jefe y debe controlar su propio tiempo. Así podríamos ennumerar una lista de posibles condiciones de un ser humano exitoso, con una vida con sentido, feliz, realizado.  

¿Cuál puede ser la consecuencia de que todos los seres humanos aspiren a este tipo de "metodología" vital? ¿Qué sentido tiene que las etapas de la vida están bien definidas, y que haya hitos que se deban alcanzar para decirse "realizado" como individuo? ¿Quién decidió cuáles eran esos milestones que había que cumplir para llegar a viejo y decir "mi vida valió"?

Más allá de lo que unx decide hacer con su propia vida, creo que la mayor pregunta está en cómo percibimos lo que se nos impone culturalmente, y cómo nos paramos frente a ello. Si lo sometemos a una interpelación, o no. El estímulo que proviene desde afuera genera en nosotrxs una respuesta. Así como el aumento de temperatura en el medio externo provoca una señal interna que culmina en la producción de sudor, con la consecuente pérdida de calor por la piel, la subida del dólar puede provocar una inversión de capital masiva con una compra exorbitante, más allá del posible destino de esos papeles verdes por los que tantos discuten, se amputan los ojos, y pierden la vida.

Entonces, los estímulos que provienen de afuera generan respuestas, estereotipadas... o no. El aprendizaje a lo largo de los años de vida es lo que suele construir una especie de patrón de respuesta ante ciertos estímulos, según la teoría conductista. Pueden haber tendencias de respuesta en la medida que uno posee cierta personalidad, cierto temperamento. Esas tendencias pueden ser de una determinada manera, ya sea por elección, o por cómo salió reaccionar alguna vez ante cierta adversidad. Quizá la reacción tuvo éxito, y se perpetua. Aún así, no siempre se reacciona igual, y unx tiene el poder de decidir cómo reaccionar, aunque parezca difícil controlar la emoción en ciertas circunstancias.

Voy a citar algunos ejemplos simples de sucesos/eventos de la vida cotidiana, como para tratar de contextualizar estas palabras. La intención de esto es analizar un poco las posibilidades que tenemos como seres humanos de pararnos ante el infortunio, y responder de una manera que nos genere la menor carga posible de consecuencias consideradas negativas para el ser, como violencia hacia uno mismo o hacia un otro, rabia, enojo, llanto. 

Cuando hablamos de un evento considerado como una adversidad en nuestros tiempos, como un robo, una muerte, la pérdida de un empleo, un accidente automovilístico, la caída de internet, un desplante, infidelidades, etc., se generará una respuesta emocional inmediata. Esa respuesta emocional es bastante estereotipada, y depende en gran manera de las experiencias previas de eventos desafortunados. Hay personas que tienen muchas relaciones amorosas a lo largo de su vida, y no será igual enfrentar la primer ruptura que la quinta o sexta. O quizá todas las rupturas son igual de dolorosas y terriblemente devastadoras, si no logró generar un crecimiento con respecto a cómo asimila una ruptura amorosa. Lo mismo con la muerte de un familiar, quizá la primera experiencia es terriblemente angustiante, pero luego de que varios familiares fallezcan, la asimilación de la muerte como un final obvio y común a todo ser vivo implica atravesar el duelo de una forma más llevadera. Pero también hay personas que, no importa cuántas muertes de seres queridxs experimenten, sufren muchísimo dolor en cada una de ellas. Entonces, entre el estímulo (el evento desafortunado) y la respuesta (la manera de sobrellevar las consecuencias del evento desafortunado, ya sean psíquicas, físicas o materiales) no hay un plan fijo; cada individuo responderá de la forma que le salga, en el momento que le salga, dependiendo de la carga emocional y el control que tenga sobre la emoción

Influyen también las vivencias de aquellas personas que nos rodean. Podemos asimilarlas e intentar ponerlas en práctica en caso de que nos parezcan convenientes a la hora de enfrentar un suceso, dependiendo de nuestra capacidad de adaptación. Por ejemplo, un amigo perdió la billetera repetidas veces. Siempre observé que su actitud al respecto era bastante desinteresada, lo veía como simple dinero que se podía recuperar. Mi respuesta ante estas situaciones era un “estás loco, ¿cómo hacés?”. Las pocas veces que me había sucedido a mí, me surgieron sensaciones horribles, que me dejaban un trago amargo durante muchos días. La última vez que compartí tiempo con mi amigo luego de una situación de pérdida de dinero, lo admiré y quise asimilar su actitud ante la pérdida. Fue así que la siguiente vez que me sucedió algo similar, simplemente dejé que pasara y continué disfrutando del momento como lo venía haciendo hasta entonces. Acepté la realidad, y elegí responder sin ira ni tristeza, entendiendo que lo que había pasado, había pasado, y no podía hacer nada para revertirlo. Como mucho, podría actuar para evitarlo a futuro, y ya. Pero el pasado es inamovible.

Entonces, a fin de cuentas, la cuestión está en decidir cómo responder ante los estímulos. Es probable que surjan emociones instintivas, que preparen al organismo para luchar o huir siempre que despierten emociones que hagan sentir malestar como el miedo o la ira. Por ejemplo: los ruidos desconocidos durante la noche pueden provocar una sensación de inseguridad que despierta un instinto protector, de lucha o huida, con activación del sistema nervioso autónomo simpático, preparando el cuerpo para un probable enfrentamiento. Ese estímulo sonoro puede ser llevado con naturalidad y no perturbar el sueño, o puede desembocar en insomnio. Puede uno levantarse a comprobar que el ruido sea algo normal, nada raro, y seguir con su descanso. O puede quedarse en la cama proponiendo realidades e imaginando los finales más descabellados. O quizá el ruido es efectivamente un grupo de ladrones intentando irrumpir en la casa, y al actuar anticipadamente, lograr el control de la situación. O no, quizá ya estaban dentro del hogar, y los sucesos que se dan a continuación sean desagradables. Pero no hay forma de evitarlo.

A veces sucede que el estímulo es intencional, y otras veces, no. Depende del origen. Puede que sea un suceso accidental, algo no intencional, o algo intencional. Para ejemplificar:

Accidentalmente puede ocurrir que haya caída de granizo, con abollamiento del auto que quedó fuera del garaje. No hay una intención. Puede representar algo terrible, generándome una sensación de ira por no haber tomado medidas previas al granizo, o puedo simplemente suponer que son cosas que pasan, y que se puede evitar a futuro guardando el coche en el garaje o cubriéndolo con alguna manta gruesa. 

Sin intenciones de dañar, puedo hablarle a un amigo opinando sobre algo que hizo, que haya un malentendido y que piense que lo estoy criticando, haciéndole sentir mal. No hay una intención de generar maltrato, y sin embargo hubo una consecuencia negativa de esa interacción. Puede uno intentar explicar la situación, y dependerá de la tolerancia y aceptación del otro el cambiar su sentimiento al respecto. También puedo no querer explicar ya que no quise dañar, sentir que mi amigo subestima el amor y la confianza que siento por él, y esperar a que se resuelva solo.

Con intenciones de dañar, puedo mentirle a una persona para mi conveniencia, que esta persona descubra la mentira, y generarle una emoción de miedo, asco, ira o tristeza. Hay intención de generar maltrato (o de beneficiarse ante el falseo), y depende de la capacidad de la persona de aceptar y someterse a ese maltrato, la efectividad del mismo.

Todos los ejemplos son estímulos → respuestas. Ya sea un estímulo externo generado por la naturaleza, por los medios, por otro ser humano en particular o por un grupo de seres, todos los estímulos nos llevan a responder. La respuesta ante el estímulo es decisión propia. Si alguien me miente, yo puedo sentir dolor, y puedo dejar que ese dolor domine mi espacio de pensamiento, intentando encontrar respuestas, por qués, culpas. Puedo sentir ira, queriendo tomar represalias contra la persona en cuestión. Si quien amo me deja de amar, puedo entristecerme, sentirme decepcionada y abandonada, o puedo entender que es lo mejor que pudo haber hecho por mí, ya que me permite darme cuenta de que no hay una reciprocidad de amor e interés, y seguir sintiéndome bien.

A fin de cuentas, entonces, cuando empieza a brotar la respuesta deberíamos prender todas las alertas, y regular cómo hacerlo. Así, detectar si la forma de responder es la que nos gusta, o si en realidad estamos respondiendo sin pensarlo demasiado. No niego que no sea difícil e implique un gran gasto de energía vital, pero puede hacernos cambiar la capacidad de relacionarnos de una forma bastante determinante, y si realmente queremos tener una relación más sana y cuidada con el ambiente, podemos intentarlo. Es cuestión de ponerse como objetivo el querer transmitir otro tipo de energía al mundo, o al menos, la energía que a unx le gustaría recibir. Y con respecto a este último punto, me parece importante aclarar que puede ser así siempre y cuando unx no quiera recibir violencia, porque entonces perpetuaría violencia, y eso es coartar la libertad y bienestar ajenos. Me refiero a una energía que fomente el crecimiento, el amor y el cuidado, y que no sea destructiva o violenta.

Terminando, el acontecimiento “adverso” que me hizo pensar en cómo reaccionamos ante los sucesos inesperados y desafortunados fue algo simple -que podría haber terminado en tragedia-: reventar una cubierta de auto yendo a 100 km/h, a las 4 de la madrugada, a 100 kilómetros de nuestra casa, quedar en llanta y no tener rueda de auxilio. Mi tranquilidad ante la situación (tanto psíquica como física, ya que ni siquiera registré una taquicardia, sudoración o temblor) me hizo pensar en dos posibilidades: o las adversidades están dejando de ser representadas en mi mente como adversidades, o estoy alcanzando el dominio de mis emociones ante los estímulos adversos. Cualquiera sea la “correcta”, ambas culminan en un mismo hecho, que es la capacidad de utilizar el raciocinio para sobrellevar con mejor humor y sin dolor ni nerviosismo un evento desafortunado, sea cual sea. Por lo tanto puedo asegurar que sí, es posible dominar la emoción. ¿Por qué me interesa tanto esto? Porque los nervios y el dolor me dan malestar psíquico. Y en el malestar, aunque sea psíquico, siento que mi calidad de vida disminuye. Así como quien quiere apagar el dolor de cabeza tomando un antiinflamatorio, quiero disminuir el dolor de alma mediante el trabajo activo de mi razonamiento. No siento demasiadas intenciones de controlar la tristeza, ya que siento que es una gran educadora, y la uso para mi crecimiento personal, pero sí quiero controlar y regular el enojo, la bronca y la ira. Porque cuando me dominan esas emociones, puedo lastimar a los demás, y lo peor de todo, me lastimo a mí misma. Si puedo lograr comunicar estas palabras y ayudar a alguien, aunque sea a UNA persona en todo este mundo, a tener una mejor vida, aprovecharla, y explotar al máximo sus capacidades y potenciales, sin dejarse dominar por emociones que llevan a malestares, entonces voy a sentir que fui útil, que mi objetivo fue cumplido. Aunque ya de por sí, narrar estas palabras es para mí un medio para conocerme más a mí misma y a la realidad que me rodea.

Siento, entonces, que con trabajo mental, energía positiva y mucha predisposición, es posible moderar las emociones, y personalizar la respuesta.

Y creo que ahí, entre el estímulo y la respuesta, es donde está el alma.


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