Hoy un mantra...
Hoy un mantra ha venido a reconciliarme con mi ser y mi vida. Vida que abrazo y aprecio con ternura. Ya no prometeré no dejarme caer, ya que no soy buena para cumplir promesas. Sólo me concentraré en darme estos espacios de abrazarme, apreciarme y no olvidarme de mí. No dejarme de lado.
Todo pasa por algo, afirmo y reafirmo. Pero a veces esos algos despiertan mis miedos, mi cólera humana y mi despersonalización, lo que hace que, de pronto, me parezca que aquello que los genera no debería estar en mi vida. Nos educan para aprender que esos sentimientos son inevitables. Pero hoy no voy a escribir sobre eso. Sobre lo que sí escribiré es que, cuando brotan a partir de elementos que existen en mi vida por mi decisión, entonces siento que la única responsable de su aparición. Aparición que me hace sentir ida. Que me desconcentra. Que me inunda de energías negativas. Y debería aprender a manejar la cólera si quiero seguir adelante con todo aquello que la despierta, para no enfermarme el corazón en el camino.
Sólo hay una vida, una chance y una oportunidad. Entonces aquí estoy. Sola, meditativa y pensativa. Escribiendo. Dejando de lado los pensamientos negativos, agradeciendo por los amigos, la familia, la salud y la comida, el trabajo y el dinero en el bolsillo. El orden no es azaroso. Y aún si faltara alguna de esas, estoy viva, y soy la protagonista de este juego. Tomo cada decisión. Todas y cada una de las decisiones que tomo son mis decisiones, y nadie me está apuntando con un arma para que decida y actúe. Nadie, absolutamente nadie me ha dicho qué tengo que hacer ni cómo debo reaccionar. Quizá la televisión me lo ha mostrado. Quizá mi familia, quizá mis amigos. La calle. La publicidad. Los medios. El cine. La radio. Sí, todos ellos me han mostrado, sugerido, propuesto. Pero yo elijo si realmente quiero ser aquello que se propone ser. Si quiero actuar de la forma que se propone actuar. Quizá mi miedo a que el camino que elijo día a día, influenciado por los mandatos culturales, no sea el correcto, me lleva a actuar de una forma que el resto no espera. ¿Y por qué esperan que actúe de cierta manera? Porque confían en mí. Peroñ... ¿no soy libre? Y si en esa libertad decido caminar sola, ¿acaso no tengo el derecho?
Ser feliz es actitudinal. Decido valorar la vida, día a día. Goethe dijo algo así como “solo merece libertad y vida quien diariamente sabe conquistarlas”. No es que quiera que la vida sea fácil, no. Estoy dispuesta a sortear obstáculos sin (o con) miedo y con toda la resiliencia que me caracteriza. Estoy dispuesta a caminar sola, sin proyectar con otras personas, dedicándome a amar con paciencia a mi cuerpo, que es mi templo y mi casa; a mi mente, que es mi guía y motor; y al sinfín de emociones que brotan y se manifiestan cuando pongo al cuerpo al servicio de la mente, entre lo que surge lo más profundo: el espíritu. El alma. El espacio entre el estímulo y la respuesta.
Y amo, amo con pasión y entrega de alma, pero sin dejarme a mí de lado. Sin olvidar mis sentimientos hacia mí, mis intereses personales, de sanación, compartir, descubrir, aprender, y crecer a cada minuto. Rodearme de espíritus que, lastimados más, lastimados menos, proponen encuentros de entrega plena, disfrute en compañía, escucha, análisis y reflexión. Y cuando no quieren hacerlo, los acepto. Y si quieren irse, los dejo.
Hallé a estos sujetos muy cerca de mí, mirándome de frente y caminando –o pedaleando– a mi lado a la vez. Hallé la paz del silencio, la conexión de las miradas, la comprensión de la oscuridad del alma, la tristeza y el apego. Resolví mis inseguridades acerca del amor sincero. Ya no temía no ser amada por nadie, pues me amo a mí y eso ya basta. Al amarme, no dependo del amor de los demás, no dependo de otros para ser, verme, sentirme, para creer que existo y soy real, que acá estoy y nada de esto es invento. En el amor propio hallo la libertad de la soledad, y en la soledad hallo la elección de compartir.
El crecimiento individual me ha llevado por caminos ásperos pero maravillosos. No porque hallé riquezas ni diversión: nada de eso. Sino porque se me revelaron verdades que yo no conocía. Respuestas a preguntas que me hacía hace años, que me achacaban la visión y sometían la consciencia. Respuestas que cambian, sí, pero que de a poco se hacen firmes, crecen, y comienzan a sanar heridas viejas –y no tanto– del alma:
Sí, dios existe, sin mayúsculas. Vive dentro mío y es la voz de mi mente, animándome a seguir, diciéndome que jamás estaré sola si estoy conmigo. Es también la voz y el pensamiento de todas las personas que me recordaron con amor y me desearon una pronta mejora. En aquellos que me desearon el bien y rezaron por mí. Pero es también la represalia y la consecuencia. Lo que me moviliza el alma y me deja huellas. Lo que forja mi camino al decidir con qué quedarme, si con el odio o con el amor.
Sí, mi vida tiene sentido, y es amar. Cada vez que me alejo del amor, me corrompo. Y el mayor desafío lo hallo con aquellos que insultan y son crueles, despectivos e “hirientes” –aclaración: va entre comillas, ya que pienso que los comentarios hieren si permitimos que nos hieran, y aquellos sujetos que tienen más posibilidad de herirnos son quienes más nos aman. El ánimo de uno, la seguridad en sí mismo, la confianza en la relación, y muchos otros factores ambientales y personales pueden modificar la forma en la que interpretamos el mensaje–. En esos momentos encuentro el desafío del amor, más allá de quien tenga frente a mí: es un ser humano, igual que yo, con sus defectos y virtudes. Y para colmo, lo que socialmente representa una virtud para unos puede no serlo para otros. De igual forma los defectos. Nadie, por más que sea lo que fuera, debería vivir una vida sin amor. Ni un día sin amor. Al menos, propio. Y cuando soy amor aún en el dolor, la duda y el miedo, es cuando hallo a mi alma sonriendo y agradeciéndome la paciencia.
Sí, el amor es alimento, educación y vida. El amor es un estado del Ser. A veces hacia fuera, a veces hacia dentro, depende del momento. Depende de lo que dicte mi instinto, mi intuición, mi energía vital. Si el amor se apaga, yo me apago. Me alejo de la vida, de la Creación, del crecimiento. Si el amor se apaga, quien más sufre el daño soy yo, ya que podré dañar a otros al no actuar con amor (y ni siquiera, porque hay quienes son inmunes a esto), pero si me alejo del sentido de mi vida entonces surge la sensación de si realmente vale vivirla. Y cuando me alejo de la vida, me automatizo.
El despertar de la consciencia me genera sentimientos duales. Siento un amor muy profundo y solemne, que día a día ocupa más aún las dimensiones de mi realidad. A la vez, siento un amor desinteresado, dado, que abraza pero respeta. Entonces empiezo por amarme a mí, me abrazo y me respeto, me escucho y me conozco. Así logré darme cuenta de que no quería compartir más una vida de a dos con la persona con quien la venía compartiendo. ¿Por qué? Muchos. Pero no importan, importa que si las ganas de compartir se van, seguir adelante es una tortura. ¿Pero el amor acaso no es compartir? ¿Entonces no lo amo? Sí. Lo amo y quiero compartir. Pero me hallé lejos de casa, enfrentando una situación de convivencia, de hostigamiento, al no responder con amor a mi sensación de dependencia y procrastinación. Dependencia mía hacia él al notar que el paso a paso era propuesto por él y aceptado por mí. ¿Por qué? Porque cedía para coincidir. ¿Por qué? Porque me sentía a gusto creciendo de a dos. Pero descubrí que creciendo de a dos no hallaba mi camino personal. Que siguiendo a alguien en su sueño, dejé mi sueño atrás. Y soy una persona que, desde que halló su sueño, nunca dejó de pelear por él. ¿Qué estaba haciendo ahora, entonces?
Propuse, civilizadamente, aflojar un poco a ese todo de a dos. Tanto hacer en conjunto. Quería un poco más de espacio y libertad. No la libertad que concibe la sociedad que es el libertinaje (y qué el también interpretó, porque lo primero que escuché fue “¿querés que tengamos una relación abierta?”). Libertad y soledad, sitios donde me hallo en compañía conmigo misma. ¿Tenía la capacidad de ser libre y hallarme a mí en presencia de él? Sí. Pero él se entristecía al verme ensimismada. Luego, se enfrentaba a mí con inseguridad. Y ese estado era introspección, descubrimiento, paz interior, amor hacia mí misma. Y a él le representaba una amenaza: que me ame a mí más que a él. Que no dependa. Que no necesite.
Y así fue. Así fue, no siempre, porque en algunos momentos cedí mi amor y me entregué a él, tomando conductas por bondad que quizá eran injustas. Injusticia que se acumulaba hasta que desbordaba, dejando que la cólera fluyera cuando me alejaba demasiado de mí, y cayendo en la cuenta luego. Tratando de explicar que esa cólera era la traducción del desgarro y desequilibrio de mi alma, intentando poner paños fríos al asunto, para recibir del otro lado una vuelta de rostro. Quizá así deba ser. Quizá así lo merezco. En esos momentos en los que no me prioricé, entré en la dinámica de darme, pero sin pensar en mí. Ofrecí mi amor sin barreras y desinteresadamente… O quizá interesada en lo tentador que sonaba el sueño compartido. ¿No es eso lo que nos vendían las novelas? ¿No recibía acaso de cada persona con la que hablaba nuestro plan maestro, unos ojos llenos de brillo diciéndome “qué hermoso eso que tienen”, o “qué bueno que lo sigas”, o “cómo hacés para renunciar a todo por alguien? Quiero que alguien me ame así”… ¿De verdad eso es el amor? ¿Renunciar a todo por alguien?
Fue mi error desplazarme a mí misma. Dar algo que no sabía cuánto tiempo iba a poder darlo. Me hallaba cómoda y contenta en compañía. Hasta que empezaron los problemas. Como soy una persona naturalmente colérica, y me conozco, intento no dejarla fluir. Cuando surgía un problema prefería irme para enfriar la situación, reencontrarme con el amor en mi soledad, y aceptar. Pero esto no se me permitía. Me cerraba la puerta y me decía “no te vayas”. Yo prometía que no estaba enojada, sino que estaban surgiendo sentimientos que no me gustaban y me parecía demasiado pronto todo como para sentarme a resolver ahí, ya que, si aún no nos conocemos demasiado, ¿cómo logramos resolver en el momento? ¿cómo logramos que nada parezca adrede y se acepte el mal entendido? Explicar que había amor, pero que, en ese momento, me quería ir. ¿Acaso querer irse es dejar de amar? Prefería irme y volver para conversar en otro momento. Él no aceptaba. Le pedía entonces no hablar del tema. Él no aceptaba. Entonces hablábamos, cuando él quería de lo que él quería. No podíamos simplemente pasar de hoja. Poner una película, tomar unos mates, contar unos chistes o salir a entretenernos. No, había que hablar en ese momento, hasta arreglar todo y volver a dormir juntos. ¿De eso se trata el amor? ¿De ceder y aceptar continuamente las condiciones del ser amado? ¿Por qué se imponen condiciones? Creo que se trata de apoyar, respetar, cuidar, comprender, confiar en el amor y dar espacios. Pero si sólo una de las partes lo hace, ¿cómo mantenerlo y por cuánto tiempo? ¿Por qué justificar las acciones generadas por el nerviosismo y ansiedad? Y para colmo, no ser consideradas las acciones propuestas para enfrentar de mejor forma estas emociones y sentimientos.
Si para dos personas un mismo sentimiento -desde la nominación- tiene una connotación distinta, entonces ¿es válido responder “yo también te amo”? ¿Cuáles son las ventajas y las consecuencias de afirmar que se tiene el mismo sentimiento? Me amás de una forma, y yo de otra. Entonces ¿yo también te amo? ¿se parecen nuestros amores? Yo te amo, sí. Te amé y te amaré. Así vuelvas a insultarme, así te enojes y me grites. Porque eres un Ser Humano. Obra de la Naturaleza. Con bondad o maldad, hostigamiento, locura. Así te comuniques conmigo mediante un chat, para luego borrar todos los escupitajos de pensamientos. Como si no valiera la pena elegir qué palabras usar para comunicarte con más exactitud, en lugar de librar a su evolución los pensamientos y bombardear con cada idea negativa que se te cruza en tu cabeza. Nada de eso me impide amarte. Acaso ni siquiera me dan ganas de cambiarte. La cuestión es si quiero -o no- compartir la vida y planificar el paso a paso, con esas sensaciones y percepciones dentro mío acerca de cómo me dejo de lado para ser con vos. Y la única culpable de este hecho... soy yo. Si no quiero que alguien cambie por mí, tampoco debería cambiar yo para "encajar" con alguien.
Todo lo que percibo hace a la construcción mental de una persona, y mi concepto acerca de ella. La construcción mental en mi cabeza hace a una idea del sujeto. Todos los estímulos que ingresan a través de mis sentidos son procesados en forma de imágenes y sensaciones mentales que depositan percepciones de esta persona en mi memoria, y me hacen recordarla y tener un concepto. El concepto de la persona me hace elegirla para compartir ciertas cosas, no por inercia, sino por decisión. Compartir hace a la confianza, y la idea hace a la confianza. Para Oxford, confianza implica la “esperanza firme que una persona tiene […] en que otra persona actúe como ella desea”. Entonces confiar en el resto implica desear algo del resto. Tener fe y esperar cosas. ¿Qué esperamos de alguien que nos ama? Aquello que el amor representa para nosotros. Y si el amor representa algo distinto, esperaremos, en consecuencia, algo distinto. Ninguna de las dos partes saldrá beneficiada. Si la confianza se cumple, es probable que haya cierta continuidad del ser en la vida de la persona. Si la persona no pone expectativas, la confianza no significa una virtud en una relación. Pero ¿cómo librarnos de las expectativas? Qué tarea difícil. Cuánta deconstrucción interna. Cuánto gasto de energía.
Tomé decisiones por elección, dejándome de lado una y otra vez. Aceptando la compañía constante por sentir amor y ganas de compartir, pero con dudas. Las dudas son señales, y no hay que dejarlas pasar. Las dudas me gritaban “no estás siendo vos misma”, “estás ocultando información por miedo al rechazo”, “estás limitando sentimientos, por miedo a herir”, “no estás siendo auténtica”. Esto te lleva por mal camino. A cada duda que expresé, del otro lado no hallaba mucha comprensión. Porque por lo general mis dudas generaban tristeza. ¿Acaso es todo inmediato en la vida? Siento amor, y lo digo, pero ¿qué interpreta de mi amor la otra persona? Sentir y por lo tanto hacer, y en el hacer, demostrar el amor. ¿Qué espero del otro? Nuevamente, distintos conceptos acerca de lo que el amor es y representa, implican distintas formas de pararse y ser frente al Ser que se ama. Y ya comuniqué de qué forma amaba… Y temo que no fui lo suficientemente clara. O las veces que quise aclararlo, recibí del otro lado un “para mí eso no es amor”. Y duele que pongan en duda el sentimiento. Ahí está. Duda. Señal. Escucharla, guiarse, darle forma y camino.
Terminé hablando de un mañana del que no quería hablar, porque según la concepción ajena del amor, si no proyectaba no amaba. Me sentí mal con mi sentir. Y cedí. Planeé. No me gusta planear porque todo aquello que no puedo asegurar me parece absurdo. Propuse, sí, sin atarme tanto a las palabras y a los proyectos. Pero caí en lo que yo no aceptaba bajo ninguna circunstancia: prometer. Prometí. Y hoy no quiero cumplir con mis promesas. Promesas que hice porque sentí a mi amor en tela de juicio. ¿Por qué juzgaron mi amor? Aunque la verdadera pregunta no es esa... ¿Por qué permití que me influyera ese juicio? Fue decisión mía hacer caso o aceptar las verdades del resto. ¿No importaba mi propia visión? ¿No soy lo suficientemente adulta e independiente como para saber bien lo que siento y pienso? O será que la crítica duele más cuando viene de quienes se ama. Y sí, amo. Amo con pasión y locura, pero no quiero dejar todo lejos para hacer camino con alguien. No quiero. Quiero entregarme al amor de la forma que a mí me gusta, con libertad mental, sensación de aceptación y cuidado personal. Sin dependencias ni necesidades. Y si la otra persona no me acepta, se enoja, me insulta, acepto su enojo, su no aceptación y sus insultos. Si así lo sintió, bienvenido. Pero luego, yo quiero y puedo decir: basta. Y quiero que mi decisión sea respetada, sin necesidad de que nadie me persuada a cambiarla. Sé lo que elijo y me hago responsable.
Hoy un mantra ha venido a reconciliarme conmigo. Dice:
con coraje me animo a ser yo misma.
Enfrento los miedos
con amor, compasión y gentileza.
Mantra que afirmé una y otra vez en mi meditación de la mañana. Mantra que me abrazó, motivó y animó. Mantra que me recordó que mis elecciones y decisiones son sólo mías, y si hiero a alguien en el camino, será algo lamentable y doloroso, pero son consecuencias de actos que asumo. Actos que quise realizar. Y dañé, sin quererlo. Claramente, no quise dañar. Pero me estaba dañando a mí misma quedándome en un lugar donde no quería estar. Entonces, o dejo en libertad a quienes daño. O dejo de vivir. Y la segunda opción no es opción.
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