Caminito

Tres viajes de ida al mismo continente. Tres viajes de regreso a la misma ciudad.

"Your trip to Buenos Aires" decía el visor. Una foto de Caminito le hacía de fondo a la pancarta.

Yo extrañada. Nunca había ido a Caminito. ¿Estará bueno? Me daba miedo, por eso de los turistas apuñalados.

Pero yo tenía barrio. ¿Por qué temerle? Si vivía en Lanús. Me quisieron robar un par de veces, hasta entraron en casa. Fui al colegio cerca de la villa. Trabajé en la 1-11-14. Me la pasaba enfrentándome a los pajeros que me gritaban en la calle. Andaba de noche en bicicleta sola por el conurbano. Yo también tenía un poco de "picante". ¿Qué me demoraba?

Todo dicen que tiene un no-sé-qué. Todos. Que es de esos lugares a los que vas, y los visualizás bellos, sin poder explicar por qué (porque no se corresponden con los modelos de belleza arquitectónica, vamos, todos sabemos que son un par de chapas pintadas de colores planos, siempre los mismos colores, rojo, amarillo, verde, azul, algunas ya con cualquier color porque las desgastó el sol, y la cancha de Boca, qué sé yo, siempre quilombo, siempre llena de barrabravas, no debe ser más que un estadio de cemento enorme y poco estético, y para colmo la zona es un peligro). Yo les creía, quizá miraba alguna foto, decía "qué lindo" y ya. Siempre buscando el arte en otros lados. Siempre buscando la belleza en otras ciudades. Pero esta era mi ciudad. Y uso el "mi" porque me siento identificada con Buenos Aires. La entiendo, la siento, la amo, la odio. Me dio educación, subtes rápidos, colectivos lentos, bares infinitos de juntadas con amigos, los caros, los no tan caros, los baratos y con ratas. Me dio robos, picnics en parques únicos, gente pidiendo en la calle, trapitos cuidándome el auto, trapitos rayándome el auto. Me dio trips en bicicleta en plena pandemia. Una reserva, una laguna, un río enorme, hermoso, asqueroso, sucio, putrefacto, pero con horizonte. ¡Con lo que me gusta el horizonte! Y estaba acá nomás, a diez kilómetros, disfrutando del camino pedaleando a puro coche, bocinazos, primereadas, semáforos en verde, en rojo, el que te lleva puesta, el que te deja pasar, el que te deja pasar para gritarte, o mirarte, o pegarte un nalgazo, autitos patente AE que ni hacen ruido contrastados con el humo negro de camiones del año del pedo que transportan sebo de a cincuenta metros de mi casa a andá-a-saber dónde, y el basurero que ralentiza el tráfico y te apreta la basura adelante tuyo, dejando un hilito de líquido, me gustaría decirle agua, pero no, es un fermento, fermento acumulado de bolsas y bolsas con basura acumulada de unos días en cada hogar, más las horas de sol esperando ser recogida en el canasto de la puerta, y capaz hasta la meó un gato, con restos de paquetes que portan un símbolo de "reciclable" en el embalaje. Claro, reciclablesísimos. 

Nunca había ido a Caminito y este octubre, sentada en mi butaca de mierda Economy Class (obvio), intentando dormir la mayor cantidad de horas posibles de las 13 horas de vuelo incómodo, volviendo a mi país, que extrañaba, que me ofrece todo, y no me ofrece nada, quería llegar, saludar a la familia, a los amigos, e ir a Caminito, porque no puede ser que todos vayan menos yo, porque no puede ser que conozca el reloj de Praga y no haya visto nunca la cancha de Boca, y qué querés que te diga, si nunca se me ocurrió que podía llegar a estar ahí y cerrar los ojos y escuchar los gritos de la tribuna, nunca se me ocurrió que podía estar ahí y sentir en el aire la energía de miles y miles de hinchas, de todos los que pasaron por ahí y dejaron una parte de su esencia flotando en el aire, resonando, golpeando con la planta de los pies el suelo de concreto, que esa tarde hacía silencio, pero yo lo escuchaba, lo sentía, y se me erizaba la piel, y caminamos por esas callecitas estrechas de chapas de colores planos azul, amarillo, verde y rojo, y nos emocionamos, recordamos los cuadros familiares y el arte de un padre de una madre de una persona que tampoco conocía Caminito, buscando los puntos de vista que habían dado lugar a esas creaciones, y mientras mirábamos a la gente igual que nosotros sintiéndose turistas en su propia ciudad, mientras mirábamos a los turistas sacándose fotos, charlando de banalidades, de lo lindo que se veía todo, de lo mágico de ese lugar, de lo llamativo de sus colores, mientras mirábamos a los turistas, argentinos o de donde sean, mientras mirábamos a los turistas pensaba en el contraste, en esas cinco o seis cuadras caminadas desde el auto estacionado hasta ese centro histórico, de gente viviendo en la calle, sobreviviendo al calor acumulado de la ciudad de la furia, calor que no se va por el concreto que arde en verano, sobreviviendo a los Aires no tan Buenos, pero con la música y una birra fría como estandarte, sobreviviendo a la desidia, a la ignorancia, al estar del otro lado de la realidad, del otro lado de la oportunidad, olvidados, como detenidos en el tiempo, porque vamos a volver a pasar y van a seguir ahí, en la vereda, o en la calle, arriesgando su vida cada vez que el colectivo pasa aceleradísimo por esas calles internas, olvidadas, para salir al Caminito, que se puso en valor, porque es la foto que le hace de fondo a la pantalla del avión con destino a Buenos Aires. Caminito, todo pintado y arreglado, con aroma a Riachuelo, estancado y muerto, con un Sol maravilloso avisando que atardecía, opacado por el humo suspendido en el aire. Porque así es Buenos Aires, porque así son sus contrastes, su magia, sus brechas, su aura de vida... y de muerte.


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