Momentos/Asimilé
Sol que sale. Sol que se pone.
Amanece y atardece, día a día, sin excepción. Aún nublado, o como sea que se halle el tiempo.
Amanezco yo también, temprano, cada mañana. Me pregunto qué será de mi día.
Contemplo el Sol en el cielo, acostado aún, cercano al horizonte. Asciende despacio, imperceptible. A veces detecto destellos sutiles, me hacen sentir que me saluda, que me dice buen día a mí, que acabo de abrir los ojos. Mantengo los párpados bien arriba, para ver bien, para no perderme de nada.
Alguna vez tuve la sensación de querer comerme todo lo que estaba viendo. Frente a mí, un mar se desplegaba en el horizonte. La arena, a veces fresca, a veces tibia, era la superficie de descanso.
Dos montañas se alzaban en los extremos de ese paisaje. Tupidas de arbustos color verde intenso, vivo, que demostraban la humedad del aire, la bruma perenne. Cielo nunca despejado, siempre alguna nube cargada de lluvia interrumpía el lienzo.
Corredores atravesaban mi campo visual, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. Recorrían la playa al compás de un trote suave o moderado (jamás vi a nadie correr demasiado rápido). Solitarios, en duplas, acompañados de algún can que festejaba la salida sacudiendo la cola de lado a lado, con la lengua afuera, deseando algo distinto al agua salada y al Sol de verano. El sonido de las olas rompiendo sobre el agua era un arrullo, un hipnotismo, una droga que me embriagaba y me tomaba por completo. Bebía su melodía que me cubría sin tocarla, saboreando la salitre del aire.
Listones brotaban luminosos, desde mi pecho, y recorrían la distancia entre mi cuerpo y ese agua inquieta, ruidosa, salada, que nunca se detenía, que jamás descansaba. Enderezaba mi columna, respiraba profundo. Cerraba los ojos, pero seguía viendo. El mar, la arena, las montañas, los arbustos cubriéndolas por completo, el cielo y sus nubes siempre presentes. Hasta veía la bruma. Todo habitaba en mí.
Alguna vez también habité abismos y euforias. Alguna vez, quizá hace muy poco, o hace mucho. Quizá ni siquiera los habité yo, sino otra, la que estaba ahí cuando yo aún no había nacido. Quizá soy esa misma luego de resucitar, revivir, o reencarnar.
Hoy habito mi cuerpo, sin identidades, ni ansiedades, ni nostalgias. Existen en mi mente, pero no son hábitat. Son estados pasajeros. Momentos.
También se convirtió en momento el contemplar la playa mágica de mi soñar, esa que supo enamorarme como ninguna, abrazarme y conectarme con ella para siempre. Playa vecina, paisaje de habitación, de cocina y de salón, hasta del cuarto de baño, cuando abría de par en par la ventana y veía las olas romper contra el Brusco mientras dejaba parte de mi mochila correr bajo el agua caliente de la ducha de una casa frente al mar. Frente a ese mar.
Mar que aprendí a asimilar, y me lo llevé, me lo comí, lo digerí, lo absorbí, lo transporté en mi sangre, lo bombeó mi corazón, llegó hasta mi cerebro, que se llenó por completo de su energía, que se nutrió con sus ondas electromagnéticas, su frescor, su salitre, su capacidad de albergar vida, y su paradójica constancia que coexiste con la capacidad de cambio infinita. Constante agua, siempre agua, y sin embargo ninguna ola es igual a otra, así midan lo mismo, y tengan la misma intensidad, ninguna ola es idéntica a la anterior, ni lo será con la próxima. Serán otras partículas y otro sonido, sobre el mismo banco de arena, que tampoco será el mismo ya que el de la anterior ola, porque la arena se moverá y cambiará de lugar, y ahí estaré yo también, recibiendo el oleaje, entregándome, cubierta de agua por completo, dejándome llevar por la corriente. Humana, siempre humana, como el agua, que siempre es agua, pero hoy ya no es la misma que ayer. Me dejo abrazar, me dejo cambiar por ella, me dejo llevar por su movimiento, su frescura, su constancia en el cambio, y sonrío, sonrío porque la llevo conmigo, porque hoy no me toca ni me besa ni me hace cosquillas, pero me toca, y me besa, y me sigue haciendo reír como de niña saltando sus olas, aunque no lo vea con los ojos, aunque no lo toque con mi piel, ni saboree su salitre con mi lengua. Lengua que ya no tiene sed, ni hambre. Ojos que aprendieron a ver lo esencial, a ver a través, con ambos párpados obturados. Piel que ya no se lastima.
Llevo esa playa en el alma. Playita de mi vida, te llevo conmigo en este alma, espíritu, éter, ¡no sé qué es! que acompaña a mi mente en comunión. Transito desde entonces esta vida sin ansia, ni identidad. O quizá sí, aunque son solo momentos. Como aquellos en los que me sentaba delante del mar, a cerrar los ojos, y respirar.
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