¿Qué sería del sonido sin el silencio?
Me pongo un poquito de música de esa que me hace mover los hombros. Conra está afuera, en una entrevista de trabajo telefónica. A ver... en realidad ambos estamos afuera. Hace más de un mes que estamos afuera. No volvimos a vivir en una casa desde entonces. Nuestro hogar actual tiene ruedas y techo de chapa.
Hace poquito, casi antes de ir a escuchar esta música que está sonando ahora, una parte de nosotros se volvía etérea dejando su cuerpo de carne y entrando en contacto con la más íntima esencia de la vida. La muerte.
Y hablo de la muerte como esencia de la vida porque no puedo entender qué sería de la vida si no existiera la muerte. Es como que no imagino la luz sin oscuridad. ¿Cómo podría existir algo sin su contraparte? No sé si lo dicen las leyes de la física, el sentido común o la pura intuición que me está llevando a escribir estas palabras a través de mis dedos, la cual se apodera de mí siempre que escribo, y hace su trabajo. Intuitivamente vienen las palabras a mi mente. No sé de dónde las saco ni quién se las lleva. Hay quienes dicen que son Maestros. Otros dicen que las almas que están más allá. No lo sé ni me importa. Yo sólo soy un medio.
Por otra parte, como no hay vida sin muerte, tampoco podría existir el sonido si no fuera por el silencio. El sonido se abre paso entre el silencio, que divide sonidos, y si no fuera por el silencio, esos sonidos eternos serían un sólo sonido que jamás dejaría de sonar. Sin ver el cambio, ¿cómo es que notamos que eso existe?
Descubrí la muerte cuando no vi nunca más a alguien que veía, por lo menos, una vez a la semana. Es la primera que recuerdo. Mi primo Damián. No sé ni en qué año fue, ni cuántos años tenía yo. No sé si estaba rozando los 8 o 9 años. Y Dami era chiquito, ¿15? ¿16? No recuerdo, lo pregunté varias veces pero mi mente lo ignora. Supongo que mi mente es más inteligente que yo, que me la pasé haciendo esas preguntas estúpidas. Esas apreciaciones, ¡qué chiquito que era!, y a quién le importa cuán chiquito, cuán grande, cuántos años... ¿Acaso la vida no es un milagro desde el momento en que existe? No importa cuánto exista. Es un milagro en sí.
Porque todo está estático. Y de pronto, un punto A se mueve hasta B a través de X por la profundidad de Z. El Y serán el metro sesenta y siete que ocupa A, quizá cuando llegue a B se ponga de puntas de pie y le bese la boca, o la frente, y ahí Y alcanzará el metro setenta y ocho, porque es lo que B mide, y si alza a A sobre sus hombros entonces quizá sobrepasen esa altura y lleguen al metro noventa, a dos, y darán vueltas en el aire una y otra vez sobre el mismo punto. Y esa ruptura en la quietud genera un cambio.
Como el cambio que sucede en el aire y el silencio cuando un tren camino a Utrecht atraviesa las vías que se encuentran a escasos veinte metros de nuestra casa móvil, estacionada en el parkingplaats del Training Utrecht FC. El tren pasa por donde no estaba, pero ahora está, aunque no es el mismo tren que era en el andén anterior, ni es el mismo tren que estaba unos metros atrás, porque es un tren nuevo en cada ínfima capa de espacio que existe en la expansión. Así soy una nueva en cada tecla que apreto, en cada segundo que pasa, y ¡yo porque distingo los segundos! O eso me hicieron creer. En realidad los distingue una piedra de cuarzo, ¡yo lo que hago es mirar el cronómetro que alguna vez inventó mi cultura (¡mi cultura!) hace mucho tiempo atrás! ¡Y sí! ¡Detengámonos en ese paréntesis! ¡Mi cultura! ¿Acaso es esa? Un segundo, un milímetro, ¡cuánta medición! Cuántos números. ¡Qué chiquito que era! ¿Cuántos años tenía cuando murió? ¿Quince años? ¡Cinco meses! ¡Qué importa! ¿Por qué no preguntás algo más importante?! Preguntá por ejemplo ¿cómo era el tono de su voz? ¿qué se sentía cuando te abrazaba?? ¿a qué olía su cabello? entonces ¡sí lo recordaría! Entonces sí, mi alma que es alma eterna desde que apareció en este sinfín cósmico de energía universal, entonces ahí sí mi alma abrazaría ese conocimiento y lo haría parte de su esencia. ¡Y no recuerdo esos datos porque no me importan! Es la clase de cosas que preguntamos cuando somos niños en tránsito a adultos. Pero es que es la vida misma. ¿Y el adulto en tránsito a anciano y el anciano tránsito a comida para gusanos? Es decir que el destino inevitable de ir de niño a adulto es el único camino. Es decir que luego de ser niño, se muere. Porque ese luego puede ser en cualquier momento. ¿Quién dice cuán después es luego? Y si la vida se trata de ser un niño en tránsito a adulto, ¡entonces no quiero vivir! Porque el adulto se limita a preguntar cuánto se gana a fin de mes, y no cuánta gente ve sonriente en su trabajo. ¡Es que se sabe de hace rato que la sonrisa genera endorfinas! ¡No me interrumpan, como dice Gog! Las endorfinas son buenas para la salud. ¡Y yo pito un toco acá! Porque estudié medicina para curar a las personas. Y la vida sonriente sana. ¡Yo quiero ser ejemplo nomás! ¡Quiero poder sonreír para que mi sonrisa contagie!
Entonces en mi negación por ser adulta, en mi negación por el orden establecido y predeterminado del avance de las cosas, me niego rotundamente a ese destino inefable e inevitable. E invierto la dirección: seré adulto en vistas de ser niño. ¡Me quedo acá! ¡Me quedo preguntando si huele a gatito! Me quedo preguntando si el maullido era suave o más bien violento. Y qué si tenía cuatro, cinco, seis meses... ¡La muerte es la vida! ¡Son lo mismo, jugando un juego! ¿A quién le toca mañana? ¡Como si pudiéramos decidir! Como si pudiera elegir cuál va a ser el fin... Y por qué no hacer lo que estoy haciendo, ¡desafiar la supuesta naturaleza de las cosas! Leopoldo escribió un libro para los que estamos así, volviendo a la niñez. Y que no me digan que el setentañero con demencia vascular es un adulto que se va volviendo un niño... No señor, el niño tiene su potencia al máximo, y el setenteañero con demencia vascular, también. El adulto es el que dice que no! ¡Porque no da más de la envidia! Porque se limita a que una parte de esa potencia desaparezca. ¡PUM! Como si de repente se esfumara. Como si de pronto un trozo de niño muriera, y luego otro, y luego otro, asesinando las posibilidades, la potencia máxima de coexistencia con la naturaleza en la que ella es más simple que cualquier otra cosa, que se la conoce de sólo mirarla, su eterno circular, sus cambios mágicos que deletrean leyes inevitables que ni siquiera importan como leyes sino como realidades. Real es que la vida sin la muerte no es más que un quieto y estático punto en un espacio inmenso que combina átomos para formar moléculas de la forma más extraña posible, cuando lo único descrito como creciente constante es la entropía. ¡Y acá está su contrario! ¡El orden! Que junta neutrones, protones y electrones, originando átomos que de pronto expresan electronegatividad, y se atraen con otros àtomos originando moléculas que de pronto tienen olor, color, hasta aroma!
¡Y quién sabe cómo termina esta historia! ¡De pronto hay un ser vivo con dos o cuatro patas, con pelo en todo el cuerpo o solo donde pega el sol a las doce del mediodía, que ladra o maulla o ronronea o habla hasta por los codos y formula dichos estúpidos como que un codo pueda tener una boca y un aparato de fonación cuyas cuerdas vocales se obturarán más o menos según la nota de la escala musical que se quiera alcanzar! Y no sólo esas partículas se convirtieron en seres, sino que esos seres de pronto se aman, se atraen, como un protón y un electrón, conformando una molécula cuyos grupos prostéticos solo comparten (y con suerte) una cromosomía diploide! Y es que también tienen un par para cada copia, porque también vienen de dos células haploides, de un padre y una madre de su género y especie, pero nosotros jugamos a adoptarlo como si fuéramos de la misma especie, ¡y no! ¡Estúpidos adultos que juegan a tener hijos sin preguntarles si querían venir! Y acá aparecemos nosotros los de la especie que tanto le gusta coleccionar. No importa cuántos pares de cromosomas, somos una de las únicas especies con capacidad de coleccionar que hay. Y ni siquiera sabemos usar nuestra inteligencia como para hacer una colección de lo que es necesario para sobrevivir! De hecho coleccionamos seres que dependen de nuestra mano para comer, porque a partir de ahora viven entre nuestras cuatro paredes, cuando antes su mundo era la naturaleza y no una casa de concreto! ¿Y qué ahora? ¿Lo salvé de morir bajo ruedas o sólo atrasé su naturaleza? ¡Si estaba ahí!! ¡En el medio de la calle a la una de la mañana! Y siento un dejavú en este preciso instante. Como si hubiera visto toda la línea de tiempo entera en aquel momento en aquella calle aquella noche de luna grande y peleas maritales. Como si lo hubiera sabido todo: que hoy íbamos a estar llorándolo y soñándolo. Hoy, en este estacionamiento que nos hace de billing address temporal, en una superficie no mayor a 6 metros cuadrados de las cuales son caminables menos del 10%, y todas esas especificaciones propias de todos los grupos etáreos que superen a los veinteañeros... aunque creo que si me saco la careta, creo que desde que tengo uso de razón hago ese tipo de especificaciones. Y eso de tener uso de razón (dicho que también me molesta y cuánto!! Pero el por qué lo dejo abajo o es tema de otro día) lo adjudiqué siempre como una característica adulta, "sé" que el que tiene uso de razón es el adulto, y recordar con raciocinio es recordar con criterio, y para usar la razón debo ser adulta y abandonar lo de niña, y lo de niña es, justamente, ¡todo lo que no tenga que ver con dinero y nùmeros! Pero hoy ya no lo elijo. Y será que no me importa si la muerte vino a los cinco o seis meses de vida, si fue un dieciocho, diecinueve o veinte de octubre, si era justo o no (pf), quién es el culpable (¿juez?), o cuántos años podría haber vivido a nuestro lado. No.
Hoy elijo pedirle al Universo que lo traiga en un sueño para sentir el olor de su boca o la suavidad de su pelo. Entonces no importa ya cuánto pesaba ni cuántas horas al día se pasaba queriendo salir a la calle. Tampoco cuánto salía el kilo de su comida. Ni los minutos gastados en limpiar sus desórdenes. Qué importa todo eso si cuando se respira hay una parte de su esencia que entra en los pulmones trayendo su olor, ya sea ese limpito del pelaje o ese que nos parecía desagradable proveniente de su bolsa contenedora de ultrafiltrado plasmático, que depositaba un poco en cada superficie suave, bah, qué digo suave, si hasta toallas, trajes de baño, alfombras viejas de Renault Master y hasta el piso metalizado del baño uno por uno fueron sitio de desagote de su vejiga no natatoria, excepto alguna que otra vez que obligadamente lo metimos abajo del agua: casualmente cuando llegó y unos días antes de irse. En ambas ocasiones nos mostró que lo sabía, sujetándose con demasiada suavidad a la vida. Era claro, más claro que el agua. Lo supe ese día y lo intuí el otro día, pero como siempre, mi tendencia a la adultez me alejó de mi instinto, de mi intuición de niña que todo lo sabe porque comprende el universo de solo verlo, porque no le interesa su misura sino su esencia. Lo supe y no lo pude ver. Pero acá estoy, realizándome. Siempre lo supe y siempre lo había podido ver. Y no entendía por qué amaba tanto (estúpida adulta busca por-qués) y es que ya sabía por qué lo amaba tanto! Porque éramos la misma cosa! Porque no necesitaba de tiempo para amarlo... El tiempo era eterno. Es eterno. El alma que aún no masticaba balanceado de adulto fue la misma que corrió por el bosque y se fundió en la eternidad. Y en ese amor encontré esa misma eternidad, que hoy sólo cambió de forma y se convirtió en cuerpo frío y matriz de organismos ricos en celulosa, clorofila y toxinas que diezmarían un planeta entero en cuestión de días. En diópteros, arácnidos, himenópteros, libélulas, tarántulas y crisálidas. Esdrújulas.
La canción que suena ahora no es la misma que sonaba al principio pero me viene a contar que es momento de volver. Por qué? Esta intuición podría seguir guiándome. Trato de sentir cómo se siente, a ver si una vez que deje las teclas puedo seguir sintiéndola fluyendo dentro de mí.
Quizá sólo sea cuestión de dejar la música sonando. Jugar con ella. Con sus vibraciones.
Detrás de todas esas moléculas, millones de moléculas de esos seres que a fin de cuentas no son más que un enorme conjunto de protones, neutrones, electrones, y una atracción que hace temblar a la entropía que tanto dicen que no para de crecer. Cómo entonces no para de crecer su contrario. El amor.
Y detrás, detrás al fin de todas esas partículas subatómicas, los Quarks y los leptones, sus antiquarks y antileptones, detrás quizá hay una onda. Que sube, y baja, y sube de nuevo, y baja de nuevo, siendo ella misma y luego su contraria a la vez. Que sube y baja y cambia y vibra. Como una laringe que habla idiomas humanos, o que vibra en un ronroneo sin fin. Eterno. Como la música que interrumpe el silencio. Que no sería silencio si no...
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