¿Los límites están en la mente?

La cabeza se me quema en un intento por hacerla dar más de lo que puede. Aparece el comentario de siempre: "los límites se los pone uno". O la misma, un poco editada: "los límites son mentales".

Sí, justamente, acá tengo a la mente limitada. Se me prende fuego, me duele, me presiona el frontal. Debería dejar de mirar la pantalla por un rato. Pero hay tareas pendientes y sin pantalla no hay forma de resolver.

Hoy pensaba en lo que llegamos a ver y hacer a lo largo de todos estos años de desarrollo tecnológico. Recordaba esa época en la que conectarse a internet y llamar por teléfono no eran compatibles. Teléfono fijo. No, no teléfono móvil, o celular, sino uno conectado a un cable. Sí, conectado todo el tiempo. Como cuando se te rompe la batería y no funciona si no es enchufado. Bueno, un día llegaron los inalámbricos, y el cable en espiral se extinguió. De vez en cuando lo recuerdo, como cuando como un plato de fusilli.

Recordaba también la época en la que mandar un mensaje de texto costaba dinero. A los 11 años me compré mi primer teléfono móvil. Un motorola C261. Pagaba el plan de CTI con mis ahorros (¿10, 15 pesos por mes?). Ahorros producto de regalo de reyes, pascua, navidad, cumpleaños y día del niño. Todo era dinero. Todo iba a la misma cajita. Yo lo usaba como quería. Era fácil que durara todo el año, nunca tuve grandes aspiraciones. En todo caso, invertíamos en algún juego para la computadora. Y trucho, claro está. Outlet de Larroque. Tres pesos un juego. Dos por cinco. Había que aprender a crackearlo y ya. Hasta el día que aprendí a bajarlos yo. Ahí ya me pude ahorrar también esos cinco pesos: dos con cincuenta por el Sims, dos con cincuenta por el Rayman.

Leo estas palabras y se me eriza la piel. Palabras que me remiten a momentos pasados que parecen tan lejanos que ni siquiera me doy cuenta si la persona que habitó esos espacios fui yo o era otra. Parece una dimensión distinta, tan absurda, o simple, más sencilla. Será que ahora me pierdo en la complejidad del presente que se presenta tan confuso y difícil cuando me abrumo por el miedo a lo que se viene.

Estoy sola, estoy sola en un departamento que se halla en el octavo piso de un edificio frente al mar. Escucho el mar. Es un mar distinto al que escuché toda mi vida. No es el mar frente al que jugábamos a la Ouija con mis amigos de los videojuegos de la esquina, ni el mar en el que nos metíamos a las dos de la mañana entre vasos de cerveza que yo no tomaba, frente a una hoguera que yo no prendía, hecha con maderas que yo no robaba, escuchando una guitarra que yo no tocaba, rodeada de chicos que yo no besaba. Pero la arena sí me tocaba, y el calor del fuego alimentaba un corazón que vivía de ilusiones y soñaba con el futuro. Futuro que no me imaginaba. No al menos el que sucede en este momento.

Puedo sentir la espuma de carnaval cayendo en mi piel. No es poético. Me daba alergia. Mi papá trataba de mocosos a los pendejos malcriados que jugaban con los que no querían jugar: yo. No sé si la alergia era real o era la somatización que me generaba el rechazo extremo a todo lo que implicara desperdiciar recursos naturales para generar un pomo de espuma de mierda que se acababa en dos minutos y tenía un olor desagradable a vainilla o a limón. Porque era desagradable. No era olor a bizcochuelo. O a pan de la San Miguel. Era olor a espuma de carnaval. Un olor que quizá hoy quisiera volver a oler, sólo por un ratito. Quisiera volver a gritarle "pendejo malcriado" a un crío entre pícaro y malvado que venía a tirarme espuma en un ojo, o en la espalda, o en el culo. Y yo me enojaba y ya me sentía víctima de una sociedad patriarcal y cosificadora.

La única pizza para mí era la gruesa, de molde. Esa que chorreaba muzzarella y que raramente veo en estos tiempos. Creo que cuando vuelva a caminar por Buenos Aires me voy a detener en Guerrín, al menos por una porción de fainá. Todo sea para ver a esa gente sentada, mordiendo una porción, lidiando con los hilos de unos dos, tres, cinco, diez centímetros, intentando cortarlos con los incisivos o estirándolos más aún hasta que se corta y rebota y les pega en un ojo. Entonces depende de la constelación que regía a la hora de su nacimiento, quizá se escondan, se pongan a llorar, se enojen, se rían, puteen, culpen al que tienen al lado, succionen el hilo de queso con los labios fruncidos, recojan el trozo de muzarella de la superficie palpebral, lo tiren, o lo coman, o lo envuelvan en una servilleta y lo dejen en el cenicero, ahí, absorbiéndose la grasa en el papel tissue, habiendo pasado de la categoría de alimento a basura, de nutriente a desecho. Y quizá el de al lado tenga una porción de fainá arriba de la de muzza y se ría y diga que si le ponés una fainá arriba eso no te pasa. Y algún vegano compartiendo mesa, coexistiendo en paz y armonía con los consumidores de lácteos, diría que siendo vegano, tampoco te pasa. Y yo miraría ahí, con una mezcla de culpa y superación, entendiendo que la elección de la dieta va más allá, o no, que no merece la pena, o sí, que es sólo esa vez, o no, que la pizza de mamá no se negocia ni el pan dulce de navidad ni los panqueques o el pan frito de la abuela. Aguantá, vieja, por favor. Quiero volver a probarlos. Quiero volver a verte cocinar un pan frito y que me explote la barriga de dolor pero comer ese manjar que combina la simpleza con la pobreza dándole el sabor perfecto a casa, a hogar, a huevo frito, a pan húmedo. Cómo me gustaría que fueras eterna...

La vida se presenta, entonces, como un cuento corto y efímero. O un novela larga cuyos intrincados capítulos distraen tanto al lector que se los olvida y no encuentra relación entre sí. Días distintos, muy distintos. Mucha información que no se logra recopilar. Al menos se intenta, deseando quizá, algún día, un día quizá muy distinto a este, dejar salir a la luz todo este sentimiento que late y no deja de latir como latía la emoción de ver a la selección argentina saliendo campeona del mundo en la pantalla de una computadora, en un living-comedor-cocina-habitación de menos de 2 metros cuadrados de superficie, construido sobre cuatro ruedas de un chasis de Renault Master, donde habitábamos y seguimos habitando asiduamente. u

Late un corazón que llora y ríe y se enoja y se regocija a la vez, que es el mismo corazón que siente que Dios no existe a la vez que lo encuentra en todos lados y entra a la iglesia a charlar llamándolo Universo y rezongando por el dinero gastado en mantener esos edificios de lujo que mejor estaría destinarlo a aquellos que no tienen un plato de comida. La misma que se olvida de esos potenciales destinatarios cuando quema el dinero en cualquier cosa entretenida o comestible, producto del tiempo entregado a un otro que no es ni ella misma ni su familia, pero que necesita de su tiempo, así que se lo paga. Entonces atiende el teléfono, o llama por teléfono, o trata de captar casas para una inmobiliaria, o escribe posts en la red social del éxito, o se reúne a distancia con diseñadores web, o proyecta diapositivas sobre fisiología humana, o describe procesos de salud, o enfermedad, de regulaciones, de mantenimiento de constantes, o la importancia de la homeostasis. 

Esa misma, que en el momento de decidir qué hacer con su tiempo, no se decide y se arroja en la cama a mirar el techo y ver si puede dormir un poco. O que a la hora de elegir si dejar la pantalla, ante tanto pero tanto exceso de radiación, sigue ahí, de frente, y decide abrir la web, esa que hace tanto que no se decide a abrir, esa que se presenta como una hoja en blanco, como un sinfín de posibilidades, para crear, para inventar, y aprieta dedo a dedo esas teclas maravillosas que, a partir de comandos, de ceros y unos, de códigos binarios y hexadecimales, logran proyectar en ese cuadro en blanco cada letra que compone las palabras que, unidas, dan sentido a una frase. Y otra frase, y otra más, y no paran de brotar. Hacen a estos párrafos, de historia, de sentires, de emociones. Párrafos de la historia actual, de la de ayer, de la de hace tantos años ya, de la que sueña que será mañana. Vida pura, de alguien que fui, o que quizá sigo siendo y no me doy cuenta, porque quizá hay una parte de mi que fue y se quedó allá, y otra que siguió, otra que vino, que está en este piso, que está mirando por la ventana, que aún navega el mar de madrugada, o se calienta las manos en la hoguera, o escucha una guitarra que no se anima a tocar, por el miedo al rechazo, por el temor a fracasar. 

Ese mismo temor bajo el cual oculto estas palabras que ni siquiera yo vuelvo a observar. Límites. Aunque al final, quizá sea verdad que todo es mental... 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Trebelín

Darle el lugar a la posibilidad

Como romper el ciclo