La volatilidad de la soledad

Cuánto dura el dolor.

Es una pregunta. ¿Hasta cuándo? ¿Dolerá siempre?

Hay hojas de una suculenta, secas, en el suelo del balcón donde siempre me senté a disfrutar del sol invernal, ese que me hacía seguir de pie y disfrutando, cuando la pesadez de las paredes de concreto recaía sobre mi como si realmente llevara la casa a cuestas.

Y es que no hay realidad más alejada de esa suposición, tanto en lo figurativo como en lo literal. No llevo la casa a cuestas. Ni pesan sobre mi espalda los bloques de cemento.

Lo que sí es verdad es que el concepto de hogar se vuelve una estructura mental tan grande y poderosa que, lejos de generar bienestar y sensaciones de seguridad o compañía, resulta en un compromiso, una deuda, un deber, y los deberes en varias esferas, como el deber-hacer o deber-ser, ni hablar deber-tener o deber-responder. Pareciera como si de pronto nos hiciésemos esclavos de un vínculo.

Difícil la comprensión entre dos mentes tan complejas y distintas que usan lo verbal y lo no verbal para comunicarse. A veces sin siquiera mirarse a los ojos. ¿Qué hacen los ojos? ¿Qué agregan a la comunicación entre pares?

Sentarse a charlar, frente a frente, no puede distar demasiado de hablar a los gritos porque hay ruido alrededor, mientras hay movimiento, mientras se intenta llegar pronto a un lugar a la vez que se intenta sobrevivir entre los autos que poco atienden si está uno ahí, en la calle también, con un vehículo de dos ruedas a pulmón. 

El sol me pide que detenga la escritura, me sofoca, me achina los ojos. Ojos que no hace falta que vean, porque puedo cerrarlos y seguir escribiendo. Puedo simplemente dejar que mis dedos se deslicen por las teclas y expresarme igual. Cerrar los ojos y conectarme con una paz interior, paz en el sentido estricto de la palabra, el no movimiento, el no sentimiento, la quietud, el silencio.

Las teclas se calientan mientras el sol sigue prendido y alumbrando alto. Yo transpiro, la piel se irrita, la respiración se hace más intermitente. corta. Por momentos me detengo a hacerla a mi manera, un poco más profunda.

Vuelvo a introducirme en aquellas incertidumbres que alguna vez me quitaron el sueño. ¿Quién podría llegar a querer compartir la vida conmigo? ¿Por qué tomaría esa decisión? ¿Por qué yo desearía ser acompañada?

A veces pienso que sería mejor no analizar todo tanto. No reflexionar. Entregarse a la dicha, a la espera, a los momentos, a los sucesos. Que simplemente suceda y ya. Que simplemente se dé.

Sin embargo el pensamiento vuelve. ¿Es acaso un destino de vida? ¿Buscamos compartir con otros? ¿Por qué no seguir solos el viaje?

Me atemoriza a la vez que fascina la idea de la soledad. No estar más que para mí.

Me pregunto si disfruto la soledad. ¿Cuánto tiempo me la permití? ¿Estuve sola alguna vez realmente? 

¿Cuál sería el gozo detrás de estar sola?

No quiero cargar más con los dramas de los demás. No quiero escuchar a nadie más hablando de nadie. Ni hablar de amor ni de cariños ni de deseos. Ya no quiero escuchar lo que los demás quieren decirme de los demás. 

Sin embargo me aislo y al aislarme ni siquiera me encuentro a mí. No me hallo. No me veo. No entiendo bien quién soy cuando no tengo a nadie que venga a recordármelo.

Tampoco sé si deseo hallarme, encontrarme, verme, o saber quién soy.

Cumplo con mis funciones fisiológicas como un robot. Hago lo que hay que hacer. Duermo, como, trabajo, respiro, orino, cago, estornudo, toso.

Cierro los ojos. Soy más que un robot.

Hay algo dentro mío que siente y elige. Maldito libre albedrío.

Más fácil sería quizá no tener que tomar tantas decisiones todo el tiempo.

Decido sobre incluso mis más profundas tendencias, que rechazo, porque no quiero ser como me tocó. Quiero ser como elijo, como quiera ser.

No me importa el signo que influyó en el momento de mi nacimiento, ni si la luna está muy llena, o mercurio retrógrado. No que no me importe saberlo, al contrario, bienvenida la información, y gracias a todo aquel que esté detrás de esos análisis.

Lo que me importa es saber qué quiero, y cómo deseo reaccionar. Decidir si no quiero ser de esa forma automática que me sale ser. No llorar del espanto, o sí, llorar, pero decidir dejar de hacerlo, o hablar entre lágrimas, y no gritar, o sí gritar, pero rescatarme del grito y pedir perdón, y no insultar, o sí insultar, insultar a puro pulmón, pero darme cuenta de que el insulto hiere, y arrepentirme, o no, no arrepentirme, entregarme al momento y entender que a veces somos de formas que no deseamos, pero la clave está en hacernos conscientes de que parte de la conciencia habita en esa reacción que creemos inconsciente, y esa conciencia es la que permite que duela el acto inconsciente, que lastime y nos haga querer hacer volver el tiempo atrás, detenernos, detener el tiempo, mirar a los ojos a ese ser que estamos a punto de lastimar, y cambiar el daño por una caricia, mirar a los ojos, sonreír, cerrar los ojos y quedarse con esa imagen congelada, olvidando el resto de los sentidos y sólo atendiendo al tacto, suave, detenido en el rostro del otro, un otro igual, idéntico, tan vivo, humano y libre como yo, sensible, consciente y automatizado, determinado pero también arrepentido, decidido aunque a veces dubitativo, que también tiene éxito pero se frustra, y se culpa, y se odia en esa dicotomía eterna del ser entre amarse y despreciarse, entre desear la vida y ansiar la muerte, entre querer volar libre y quedarse agazapado bajo las frazadas esperando que alguien lo venga a buscar, que lo venga a salvar de tanto dolor acumulado de una vida de compartir.

Dolor que a veces se esfuma por completo. Esas veces en las que las caricias llegan. Abrazos desinteresados. Mensajes de amor. Palabras reconfortantes.

Nunca se va a ir el dolor siempre que exista la memoria, esa que pincha hasta sangrar como dice Gieco, y yo repito, porque la memoria me pincha y me desangra, y luego, muerta, vuelvo a la vida al beber el elixir de la resurrección, ese que se bebe de las manos, de la piel de textura suave y sabor dulce de aquellos que están ahí, en el momento justo cuando el halo de luz se diluye en una oscuridad intensa como las profundidades de un lago enorme, inmenso, de esos que no dejan ver el sol a través de sus aguas, aunque siempre, siempre hay una mirada de soslayo, que luego insta a mirar de frente y dar espacio a la conversación, o una mano que de pronto se posa en el hombro de espaldas y no logramos ver bien quién es pero nos dejamos abrazar, envolver en tibieza ajena, de la misma sangre o distinta, del mismo barrio o países lejanos, pero un otro. Alguien más que cohabita este mundo, que también sangra y duele, que también llora y se lamenta. Pero que siempre que exista otro humano más, fraternal, en concordancia con su humanidad, siempre va a poder encontrar un lugar de cobijo. Ahí, donde la soledad no da lugar, ahí donde el amor cosecha sus frutos. En la empatía. En la solidaridad. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Trebelín

Darle el lugar a la posibilidad

Como romper el ciclo