Lo que aprendemos a través de la incomodidad (efímera transeúnte)
Érase una vez en un sitio no tan recóndito ni tan alejado de la civilización, en un recinto de encuentros nocturnos y luces de neón, en el modesto centro de una ciudad irónica, que dos caminos se encontraron.
Posteriormente a ese primer encuentro, la comunicación telepática que la tecnología facilita permitió que esos dos caminos se volvieran a cruzar, a voluntad.
Uno de los dos seres caminantes nos compartió una prueba calendario, la cual guarda pegado en el dorso del frente de un cuaderno marca Ledesma, de estos de escritura a mano, tapa dura y hojas rayadas de papel reciclado. Es el tipo de cuaderno que uno puede oler en el aire con solo cerrar los ojos y concentrarse por un momento.
La "cruzación a voluntad" ocurre, en general, cuando dos o más personas se gustan. Entonces, desde esa impresión, intentan percibirla otra vez.
Si una persona comparte cierto tiempo con otra, y durante ese tiempo siente que evoca una serie de sensaciones que le agrada percibir, entonces probablemente quiera volver a cruzarse con esa persona, para lo cual propone encontrarse en un lugar, un día y a una hora determinados.
Esas sensaciones evocadas son de múltiples naturalezas, y cada quien desea sentir lo que quiere. Hay cierta evidencia de que las personas en general desean evocar sensaciones percibidas como "emociones positivas", aunque también hay una gran discusión al respecto y también sobre el "mercado del bienestar". También hay muchas personas que desean evocar sentimientos desagradables, de manera consciente y/o inconscientemente. Entonces, nuevamente, uno elige con quien compartir el tiempo y volver a cruzar caminos.
A veces las primeras impresiones vienen sesgadas. Otras veces, el poder y la confianza son tan grandes que se ve todo, con la transparencia de la atemporalidad, como si se pudieran captar todas las líneas de tiempo desde un alejado y objetivo horizonte de eventos. Entonces el corazón lo siente y va a por ello. Hay quienes le llaman "destino".
En fin, que esos dos caminos que se encontraron propusieron volverse a encontrar una y otra vez, porque les gustaron mutuamente las sensaciones que brotaban en la parte del ser que es el sentir.
Una de las sensaciones que describe uno de estos dos caminantes de caminos, mientras el otro asiente, es la incomodidad.
Porque a través de la incomodidad aprendemos y evolucionamos, entre otras cosas.
Los caminos se habían juntado y cuando sucede eso ya se pierde la magia de los encuentros en un lugar, un día y a una hora determinados. Se llama convivencia. Describen que esos cruces eran prácticamente todos los días, al despertar y al acostarse, aunque a veces quizá ni siquiera se encontraban. Que la proximidad física no era signo de proximidad en esencia. Descubrieron, entre otras cosas, que se podía estar en varios lugares al mismo tiempo.
El infinito flujo de personas que se gustan y los condicionamientos socioculturales, la perspectiva de género y los simbolismos fueron todos, sin lugar a dudas, incomodidades a revisitar. "Revisitémoslo todo" pareciera la propuesta.
Poner en práctica esta técnica de utilizar la incomodidad como fuente de aprendizaje también demanda un fuerte dominio de la mente emocional, lo cual puede convertirlo en un proceso muy doloroso, sobre todo cuando el autoconocimiento y la confianza en sí mismo es débil, y cuando se le otorga mucha importancia al orgullo en la vida.
Ser seres sociales traerá, efectivamente, la oportunidad de encuentros innumerables entre caminantes, y el hecho de que cada camino se vuelva a cruzar sucesivamente con caminos previos puede ser motivado por muchas razones distintas, incluyendo la incomodidad. Aunque sin ser absolutistas ni mucho menos dramaturgos, hay más razones. La teoría incluso propone que el resto de las razones son las que hicieron posible que la incomodidad sea fuente de aprendizaje y no fuente de litigio. Porque se pueden hacer preguntas incómodas mientras se abrazan. Coger de la mano y llevar hasta un sitio seguro y zampar un beso mientras se sujeta el rostro con ambas manos, tibias, y se dice eso que puede que lastime un poco pero que es necesario decir. Se puede conversar recuerdos dolorosos mientras se entrelazan. Correr hasta el encuentro buscando que los caminos no solo se encuentren sino que exploten al tocarse. Frenar un segundo en la lejanía y apurar el paso para verse otra vez.
Cada encuentro es una oportunidad de compartir, respetando la predisposición de las dos partes. No siempre se tienen ganas de hablar sobre el dolor de la existencia, reflexionar las aristas de la vida o filosofar acerca de si habrá vida después de la muerte. Somos seres pensantes, pero también sintientes, y cada quien tiene sus tiempos.
La conversación con estos dos caminantes de caminos fue muy amena y constructiva. Mencionaron, en esencia, que la clave estaba en Ser, con amabilidad y respeto por los demás, y pensando en cómo nos gustaría que fueran con nosotros. Y que aquellos con quienes decidimos cruzar caminos una y otra vez nos gustan porque por algún motivo hacen sentir que todo este dolor y angustia ante tanta incerteza y duda pueden ser un simple recordatorio de que la vida se siente, se siente intensa y de muchas maneras distintas, sin pretender solo sentir cuando hay alegría y contento, sino también el sufrimiento, y aprender a aceptarlo, abrazarlo, trascenderlo, y convertirlo en algo más, en un ancla, una estructura, una serie de pasos, una guía para cuando nos vuelva a suceder, la energía de los abrazos, la libertad del canto, de cerrar los ojos y sentir el viento rozar la piel descubierta y confiar en que nada puede ser tan terrible ni doloroso como para no honrar ese momento de vida, esa instantánea de conciencia plena y pura y omnipresente.
Lectores, nos despedimos para recordarles que la posibilidad de transformar está en sus manos, así como en las nuestras, o las mías, que soy todos y una sola a la vez, en este preciso instante donde me sirvo de la literatura para que el dolor se convierta en palabras, en frases, una detrás de la otra, constituyendo párrafos, intentando la coherencia y la cohesión. Salvándome la vida una vez más. Siendo la medicina que alivia y permite juntar la fuerza necesaria para levantar la cabeza y mirar más allá de mi camino. Y ver el camino de quien amo. Quiero hablarle. Hablarte. Decirte que decido caminarlo de cerca para acompañarte. Por si te caes o trastabillás, decirte, cantarte, gritarte o sólo pensar en que vos podés seguir y levantarte, y que me escuches, en verbo o pensamiento.
Así van los caminos de cerca desde que se encontraron. Así van los caminantes, que nos recuerdan que aun el caminante más experto también se cansa, a veces, de caminar tanto, o tan de cerca, y se detiene, sentándose, acostumbrándose a disfrutar el calor del hogar, juntando fuerzas para volver a salir. Que a veces llueve demasiado o el sol raja la tierra y se ama demasiado la vida como para dejarlo todo por caminar. Y entre caminata y caminata, esa efímera transeúnte busca encontrar en algún sitio no tan recóndito ni tan alejado de la civilización, ese otro caminante que, al fin y de una vez, elija caminar de cerca, intentando aceptar que el vacío de la existencia no se llena jamás. Sólo se aprende a vivir con ello.
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