11 mil kilómetros

 Me dirijo al cuarto. 


Al sacarme la campera y mirarme al espejo me di cuenta de que debajo aun llevaba la remera del trabajo.


Acá me acostumbré a decir chaqueta y camiseta.


Cuando elegí estudiar lo que estudié no lo hice para sentirme superior a nadie, o ganar más que los demás, ni siquiera pensando en si tendría trabajo estable o toda la vida. Aunque creo que una parte de mí sí se sentía superior al resto por estudiar esa carrera.


Quizá es lo que nos pasa a todos, con diferentes aspectos de la vida, pero que nos pasa por el rasgo humano que nos caracteriza. No es algo que suela conversar con muchas personas, aunque es un tema que he penetrado gracias a autores que se cruzaron en mi camino y llevaron a esas reflexiones.


Le hago caso a Vicenzo y escribo con párrafos. Quizá sea una manera de practicar la paciencia en la escritura. Parar un poquito. Frenar.


Enciendo la lámpara de sal aunque sea de día porque creo en que es verdad eso de que limpia la energía del aire. Y yo soy con el aire. Respiro profundo y me quedo con el aire dentro del cuerpo. Se lo entrego a mis células con mucha calma, como si el tiempo pasara lento, muy lento. Cuando exhalo, el aire sale suave. Y quizá me quedo un ratito sin respirar. Parece que puedo controlar mis sentidos, también. Hasta me veo capaz de escribir sin ver y sin provocar errores, y lo logro. Es bonito escribir con los ojos cerrados. Como escuchar un aroma o respirar una canción. Sinestesias.


Tengo las manos y el cuerpo fríos. Es como meterse en el agua congelada por un rato. Disfruto también de la música, las letras me inspiran, como la vida. Comparo porque esta mañana vi el cielo y me pregunté cómo no me había dado cuenta antes de lo bonito que era. Y encuentro todo bonito. 


Los puntos y aparte son un paso, hacia adelante, atrás o los costados. Cuando necesito mantenerme quieta, no pongo puntos y aparte. Tampoco escribo; escribir es movimiento, y cuando escribo hay puntos y aparte. Pero puedo estar con el teclado frente a mí, la pantalla en blanco, los dedos acariciando las teclas, y solo disfrutar ese contacto con los relieves, la letra F y la J descansando bajo mis índices, pulgares sintiendo el microrelieve del plástico negro que brilla de fondo con una luz verde oscilante. Y no escribir.


Así a veces pongo puntos y aparte y tengo que decidir, en algún momento, un punto final. Siempre hay, por lo menos, un punto aparte, que a veces coincide con el punto final. Cuando lo elija, naturalmente me mantendré con el rostro frente a la pantalla, los dedos sobre el teclado, el rostro mirando hacia arriba con el cuello en hiperextensión, mirando el techo que es blanco y puedo seguir escribiendo.


Hay una frase famosa aquí que es “haber estudiado”. ¿No estamos acaso estudiando todo el tiempo?


Recuerdo que alguna vez me dijeron lo que hacer cuando me doliera la espalda. “Estirar” dijo el profesor, y nos mostró cómo, por videocámara. Enseñó las posturas. Luego las aprendí y las apliqué, y las molestias en la espalda se fueron.

Desde entonces no volví a sentir dolor, de ese que me incapacitaba.

Podría acaso decir que el hallazgo de esos ejercicios, a lo cual llegué en parte casualmente, por puras y sucesivas casualidades, me llevaron a practicar esa disciplina y saber aplicarla?

Aunque podría decir también que no fueron sucesivas casualidades sino otra trampa de mi ego que quería sentirse superior a los demás.


Exponernos al sol, poner la espalda derecha, respirar profundo por la nariz y dejar el vientre relajado descansando con el suelo pélvico y los isquiones haciendo la base del apoyo. Esto debe ayudarme a no sentir pena de mi misma. 

Como dijo Hesse, vivir con naturalidad lo que tiende a brotar espontáneamente de uno. 


Escribo y comparto como una invitación a que compartamos vida. Que nos inspiremos, como esos autores que mantenían cartas intercambiadas durante años, pero ahora tenemos un servicio de cartas virtual. Solo no abusemos de la velocidad con la que viaja la información. Once mil kilómetros son once mil kilómetros.


Alguna vez cuando me sentía hundida salí bajo la luz del sol y refloté. 

Cuando no hay sol suelo ducharme o ponerme crema en la carita.

Escucho canciones tristes y me siento mejor. Quizá no es por el sentimiento sino por el que lo siente.

¡Empatía! ¡Humanidad!

¡Hoy voy a salir a buscar todo lo que quiero! ¡Voy a derrumbar mi casa y empezar de nuevo!”

Aunque como me dijo Luisito un día: "No vas a empezar de nuevo culiáa. Continuás todo el tiempo."


Quizá él ni siquiera se acuerde, y me diga “Nooo Luli yo te dije eso?”

Y nos riamos.

Y seamos lo que queramos ser.


No precisamente una profesión. O un vínculo de pareja. O madre o padre, o hijo o hija, o amigo o amiga de. Ni un practicante de deportes ni seguidor de una dieta específica.


Ser así sin más como se es aire, suelo, puerta, planta o ventana.

Aire cielo nubes sol radiante.

Aire vapor ozono espacio infinito.


Gracias a todos los seres humanos, entre ellos los poetas, las poetisas. A los enfermeros, médicos y técnicos del lenguaje. Gracias autores, novelistas, por el arte de la semiologìa. Cineastas, pintores, músicos, por la experiencia del concepto.


Verbal y no verbal. No son solo las palabras sino la intención con la que se las dice.


Festejo los oídos y estas canciones. He recibido una playlist de regalo. Se agradecen mucho los regalos. Son extremadamente eficientes, cuánticamente hablando. Naturalmente, se expande la abertura del pecho y fluye un arcoiris que inicia en el pecho de uno y acaba en el pecho del otro. Y recorre distancias infinitas.


Incluso once mil kilómetros. Tengamos o no un trip en el bocho.


Me arranco el reloj. Tiempo, satírico, como un impostor. Suena un bandoneón y la voz de un cantante que a mi mamá no le gusta. Disfruto la soledad de la casa y ver dormir a la perra puede ser una necesidad o un placer. O una necesidad que dé placer, como cerrar los ojos percibiendo el calor del sol en la piel y en la cabeza, y preguntarme si mis células harán a tiempo para evitar que el sol las oxide, aunque quizá una de esas mutaciones la vuelva más fuerte y dura, y quizá eso me vuelva más fuerte y más dura a mí, algo que intuyo puede que esté sucediendo debido a otras cuestiones que no son necesariamente estar al sol.


Entonces me ablando, no por casualidad, por intención. Para tratar de encontrar el equilibrio. Y entonces así quizá sentir la vida y la muerte, en equilibrio, como cuando propongo festejar la vida aunque la muerte se huela detrás de la puerta. ¡Claro! ¡Como el agua!


Aquí hay un sitio que se llama "El Salto del Agua". Queda a unos cincuenta minutos en coche. No hay cuadras. No existen.

"El Salto del Agua" me hace acordar a Marechal y Marechal al parque Chacabuco, y el Parque Chacabuco al árbol de la vuelta, que descubrimos una tarde caminando de la mano en tu barrio, tu barrio de toda la vida, un árbol que yacía ahí como un árbol y al que nunca habías visto, hasta ese día.

Quizá, así como en ese entonces aprendí a caminar despacio y disfrutar del paseo, hayas aprendido a observar los árboles, o los barrios. 

Lo que aquella vez recordé fue que ese Parque me trasladaba a mi infancia, a mis abuelos, como ver una virgencita de la Inmaculada Concepción o las cadenitas de oro de Luis. Tirar una caña al pasado para pescar algún rasgo que nos haga de ancla y permita resistir.


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