el Valle de Ourika

El Valle de Ourika se presentaba profundamente deprimido entre dos laderas de cuyos picos más altos desconociamos nombre. Si miraba hacia el sur, un monte nevado parte del cordón del Atlas se erguía imponente, magnífico. Era único, como los colores y olores que se percibían en el Valle: mantas, sillas, mesas, todas de un color rojo que desconocía, que nunca había visto hasta entonces (¿sería la luz?); cielo turquesa, reducido por las colinas, manto verde, a decir verdad, verdes, muchos verdes distintos, tonalidades del verde tan peculiares que se podría decir que esa vibración ya no pertenecía al verde sino que era una nueva, y empezar a inventar nuevos colores más allá del militar o el loro o el musgo o el limón, sin posibilidad de utilizar algo preexistente como referencia de color, porque nada se comparaba a ese brillo, parte de luz absorbida y parte reflejada que hacía posible la percepción; como el blanco de la nieve o el iris que aparentaba ser un mapa de una nación jamás descubierta, el iris de Ibrahim, que en un inglés teñido de acento bereber nos invitaba a recorrer las cascadas y conocer su cultura.

No vimos ni una sola mujer bereber en el monte. Tiempo después supimos que, en general, las mujeres de la cultura bereber suelen estar encerradas en casa y nadie, más que su famila, las puede ver; excepto las nómadas, pero pocas quedan ya. Me pregunté cómo hubiera sido mi vida si no me hubiera visto nadie más que mi familia: probablemente hubieran arreglado mi casamiento, en lugar de casarme con quien he escogido. Tampoco hubiera recorrido los países que hubiera recorrido, mucho menos me hubiera encontrado con la cultura bereber y descubierto que en esa cultura lo normal era que las mujeres y los hombres sean muy distintos, que lo somos, pero ahí no había mujeres en la calle. Era demasiado. Entonces Ibrahim podía cruzarnos en el camino, mientras caminábamos perdidos con nuestra pinta de occidentales sudakas, termo-y-mate-en-mano, y podía hablarnos, dirigirse a nosotros, casi sin mirarme directo a los ojos a mí (¿por que?), pero cuando se atrevió a hacerlo los vi, esos ojos tipiquísimos de las fotografías, y no me atreví a fotografíarlo, solo me quedé con el recuerdo, mezclado con la amargura de saber que había otro, otros pares de ojos, escondidos detrás de un velo, que yo nunca iba a poder conocer.

Posteriormente reflexioné que era todo producto de mi egoismo, ¿y qué si yo no podía ver sus ojos jamás? ¿por qué mi manera occidental de vivir era la correcta? Debería dejar de meterme en culturas ajenas y simplemente apreciar el valle de Ourika, el sonido del agua jugueteando con las piedras, olor a leña, tajín, esa mezcla-de-verduras-con-cordero, cerámica manchada de negro carbón.

Nos detuvimos a almorzar en un puesto callejero que le puso precio a la comida según lo blanco de la piel que se asomaba en la capucha y bajo las mangas; hacía frío, un frío invernal que calaba los huesos. Sólo queríamos comida caliente y té de menta. La puja empezó en ciento-veinte dirham, y Bruno se dio media vuelta. Yo todavía no entendía el juego, pensaba que lo estábamos ofendiendo, pero así era la historia, y si se ofuscaba entonces había recibido su cuota de adrenalina diaria, que le iba a volver el corazón más resistente, porque no existían otras cosas para asustarse, no existían los robos, las guerras o las explosiones, no había traiciones ni grandes subidas del río, y si el viento soplaba y desarmaba parcialmente la tienda entonces sólo era cuestión de montar todo en un sitio con más reparo. Corrió detrás nuestro y vociferó “eiti eiti” y nos mostró el número 80 escrito en la pantalla de un móvil antiguo, el mismo que allá por el año dos mil siete me compré con el dinero que me regalaron en navidad y reyes. Me sonreí, intentando relajar, dejar de pensar en las personas escondidas tras las paredes, algunas de cob, otras de cemento, tratando de entender, aceptar, tolerar, no dar por sentado que mi manera era la que debía ser, que quizá había otra y era igual de válida, que quizá no hacía falta vivir de la manera en la que vivíamos, pensar la cultura como única, sin someterla a una escala de valores, escogiendo qué promover, cómo ser; escogiendo, tomando la decisión de no ser en modo automático como se me impuso/propuso ser por haber nacido mujer y en un país de América del Sur, pensando en las mujeres de mi familia, en una en particular, una que eligió el velo por amor y terminó lapidada, apedreada bajo los ojos de otra familia que creía suya pero había dejado de serlo. Sintióse sola y abandonada, de una manera tan cruda y hostil, que se le fue la olla. La ingresaron en un manicomio y nunca más salió.


Quizá eso del cruce de culturas no siempre sea enriquecedor. Y debamos vivir y dejar vivir; morir, y dejar morir.

Y tan sólo nos separaba una hora y media de avión…


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