No pienso y sólo existo
-Lo pensás demasiado.
Quedó la frase dando vueltas en su cabeza. Obviamente.
Pensaba demasiado, y lo que le había dicho no era algo que no supiera, de lo que no fuera consciente previamente a que alguien, y no por primera vez, se lo dijera en voz alta.
Pensaba demasiado, y como tal, no podía entregarse a los rituales. No podía disfrutarlos siquiera, como hacían algunas compañeras con las que coincidía en las clases de yoga, quienes, a veces, acudían a sesiones de baños de gong o radiofrecuencia.
Descartada estaba, por lo tanto, la propuesta que le había hecho Oceanía acerca de los Registros Akáshicos.
-No me fío del nombre-
-Lo pensás demasiado, Agatha. Entregate a la sensación, no pienses.
¿Cómo podía decirlo así, de esa manera tan… natural? ¿Cuándo había dejado de pensar, desde que es consciente de que piensa?
-”Pienso luego existo”
-Tendrías que haber nacido en la antigua Grecia, tía.
Aun con sus diferencias, podían pasar horas al sol tomando mates y queriéndose un poco más a cada segundo compartido vivenciaban.
Y como solía querer entenderlo todo antes de practicarlo, aprendió el arte del yoga, la meditación, los registros, el reiki, incluso.
Aún así, siguió pensando demasiado. Quizás un poco menos que antes.
Las primeras veces no entendía muy bien dónde había quedado situada su cabeza. Fue… como quitándole partes al pensamiento.
Se halló preguntándose dónde hasta que logró que el dónde no le importaba. Que no hacía falta saberlo.
Estaba convencida de que la última capa sería el ¿qué?. Naturalmente, el día que el pensamiento desapareció, también desaparecieron las preguntas.
Se rio al pensar en qué momento había dejado de pensar; se rio con inocencia, con una sensación similar a la que provoca ver a un transeúnte vestido de payaso, o cuando se mira al cielo por casualidad y justo se divisa la luna, y al instante una estrella fugaz recorre el firmamento, y ahí mismo desaparece el pensamiento, por eso surge esa risa, como cuando se ve un truco de magia sin intentar descifrarlo, o se recibe un mensaje de un ser querido. Así también de pronto el tiempo compartido con Oceanía iba representando esos pequeños oasis ante tanto pensamiento, esa ola de cognición intrínsecamente humana que se derretía, se hacía añicos, se deshacía, a pedazos; estructura derrumbada ya sin forma, descuajeringada, desparramada en el suelo, y ellas la veían y se reían, mientras la puesta de Sol las iba sorprendiendo, cebando otro mate, respirando, apreciando el cielo interrumpido por ramas, hojas de higuera, laurel, palmera, granada, níspero, monte, suelo, tierra. Todo nombre llevaba una forma en la mente. Palabras, también nos hacen reír, ¿semántica lingüística es un oxímoron?
Siguen riendo, y rompen palabras, las dan vuelta, las entonan, convirtiéndolas en canciones. Escriben frases en papeles y se los regalan. Le saca una foto, por miedo a olvidarse de ese momento. ¿Cómo podía la mente recordar tantas palabras y olvidar tantos momentos? Intentó sacar la foto con los ojos, y la repitió en su corazón, la recordó (recordis), y la recuerda otro día, sola, pero con ojos en la misma dirección, sentido al monte con la Luna menguante descendiendo suavemente, sutil semiluna imperfecta, portadora de cráteres que esos ojos apenas vislumbran, pero permiten percibir una realidad supuesta. Se imagina el lado oscuro de esa Luna, y la ausencia de nubes y el acostumbrarse a la oscuridad le regalan eso que quiere ver; y una estrella fugaz la saluda nuevamente, y se ríe, y llora un poco, y por unos instantes benditos, en esos instantes que le regala quién sabe qué dios, se detiene el pensamiento.
Y no piensa. Solo existe.
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