La mercantilización del afecto
Quedate con quien no te mercantilice. Que no te esté midiendo constantemente si sumás o restás. Esa persona que disfrute de tu compañía y que también se permita disfrutar de su soledad. Quedate con quien elige necesitarte, no porque necesite tu amor, sino porque necesita amarte.
En tiempos de misura permanente, cuesta entregarse a un sentimiento que, en simples palabras, no puede medirse. El amor es una sola cosa, y aunque nos pueda parecer más grande o más pequeño, o es, o no es. Quien acaricie una planta, sonría a un perro, juegue con un niño, abrace a un anciano, escuche a otro adulto, sepa pedir perdón, decir gracias u honrar la vida, esa persona ama. Puede no estar en pareja, y pensar por eso que no halló el amor de su vida, como se dice habitualmente; aún así, quizá esté más enamorado de la esencia de la existencia que muchos otros quienes profesan un amor inconcebible por un otro que precisan para sentirse completos, socialmente aceptados, o por el miedo a morir solos. Así vamos poniendo expectativas fuera, sin mirar hacia adentro. Freud decía que en la ilusión empezaba la desilusión. Buscando mitades que nos hagan sentir plenitud, para luego someterlas a la vara aritmética, asignarles un puntaje; la vara de la satisfacción, descartando lo que resta, y permitiendo quedarse sólo lo que (parece que) suma. Como si todo en la vida fuera tan cuadrado que 1+1 es 2. Pero no se trata de hipotenusas, aristas o catetos. No es trigonometría, es humanidad, es la cualidad inherente al ser humano que necesita dar y recibir afecto.
Dedico estas palabras a cuatro personas. Dos de ellas decidieron quedarse incluso los días que resté, y lucharon por mi educación, felicidad e integridad. Otra me vio en mis estados más crudos, días en los que ni siquiera me soportaba a mí misma. Y se quedó, haciendo un esfuerzo por sonreír, todo para que yo sonriera.
Y la última, que llegó gritando y llorando al servicio el lunes pasado por la noche, en ese momento de la vida en el que la pulsión de muerte es tan pero tan grande que ni siquiera nos saca de ahí un padre, el hecho de tener un hijo, una pareja, hermanos... a quien, con dos de mis compañeras (increíbles profesionales y enormes personas) tratamos a través del AFECTO, convirtiéndonos en un tibio y efectivo diazepan humano.
Abracemos más a los que restamos, no los segreguemos, ya bastante nos aislamos, y sin siquiera darnos cuenta. A veces lo único que necesitamos es alguien que nos enseñe a sumar, sumándonos algo.
Como un poco de afecto.
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