Verano
Me desperté hace tres horas, y, aún teniendo el mar a la vista, no había levantado la cabeza para observarlo. Llama la atención el azul profundo; hay una visibilidad significativa, no siempre se diferencia tan bien el mar del horizonte. "Horizonte", qué concepto tan claro, y sin embargo, no es algo real ni mucho menos; es una cuestión de perspectiva. Allí donde acaba el mar y empieza el cielo; pero ¿no está el cielo empezando desde la superficie de la Tierra, en la llamada biosfera, donde la vida ocurre? ¿Por qué imagino que el cielo empieza allí, en esa línea recta casi perfecta, donde el azul se vuelve celeste? ¿Y por qué distingo así los colores?
Siento que hay colores que no existen, pero luego razono y recuerdo que los colores que veo son los colores que existen para mi mente y mis sentidos; debe haber más, otras tonalidades, invisibles al ojo humano, así como distintos matices, visibles para el ojo que ha sufrido una alteración del cristalino, o para el sistema nervioso que recibió una sustancia que abre otras puertas de la percepción. Me pierdo otra vez del mar, del cielo, del rojo de las flores que brotan en el arbusto del jardín, del ruido de las chicharras. Mi atención se concentra en una pantalla; hay videos de personas que cantan, hablan, bailan; sus vidas parecen geniales, hay habitaciones ordenadas, plantas en perfecto estado vital, verdes, sin hojas marchitas; no se ve polvo, nada fuera de su lugar. Las voces cantan entonadas, sus timbres hipnotizan, sigo escuchando, sigo abriendo una y otra y otra publicación; parecen estar siempre felices, siempre haciendo, siempre siendo; etiquetan abundancia, ¿y a mí me llega la abundancia? ¿qué es la abundancia? Me pregunto si haré lo necesario para recibir abundancia, ¿no estaré perdiendo demasiada energía en el concepto?
“Vibramos en riqueza” me dijo una amiga, el otro día. Penetró esta frase mi consciente y se quedó ahí, resonando. ¿Qué es vibrar en riqueza? ¿Una cuenta bancaria holgada? Vibrar en riqueza; ¿es riqueza también sentarse en el jardín a mirar el mar apreciando el sonido de las chicharras? ¿Poder distinguir el cielo del suelo, el cielo del mar, el horizonte, y adorarlo, aún sabiendo que es una ilusión óptica?
Hablando con otra de las amigas, me mencionó que le generaba un poco de dolor la actitud de unas personas con las que solía salir de fiesta, que sólo en la fiesta la trataban de una manera cordial y maravillosa, pero luego en la semana no la invitaban a ninguna reunión ni plan. Le dolía; ese dolor no sale en las redes sociales, ese dolor que no veo en las redes sigue existiendo igual.
De cualquier manera, a todos nos duele y nos alegra la vida, ambas caras de la moneda hacen su efecto en el balance, y no se puede evitar el dolor excepto que se logre evadir distrayéndose, mirando una pantalla que estimula los sentidos, sonidos, colores, formas que cambian espontáneamente sin hacer ningún esfuerzo.
Distinto es ver el horizonte; parece todo tan estático. El celeste del cielo, el azul del mar; hay una sombra muy sutil: son las montañas de África, que no se distinguen porque hay bruma, otra vez las ilusiones jugando con lo que creemos que es real. Sigue la montaña: en esta época predomina el beige, el crudo; la falta de lluvia se hace notar. Hay manchas verde oscuro, circulares; aparentan ser copas de árboles, probables robles, eucaliptos, pinos piñoneros, almendros, palmitos. Algún edificio perdido, con sus paredes blancas y techos de teja roja, clásico andaluz. La ladera de enfrente rompe la profundidad y las hojas lanceoladas de los olivos, con sus dorsos claros, dan un efecto metálico: el viento las mece y parecen brillar como piedras preciosas. La vid, el hibisco, las hojas mantecosas de las coles, el almendro que se secó, el olivo que se volvió acebuche, el limonero injertado que da naranjas por su extremo sur; el interior de este cuarto, hojas desparramadas, cables que recorren mesas y suelo hasta un alargue que permite que pueda usar el ordenador, un ventilador, la señal de internet y una luz de sal al mismo tiempo. En el pizarrón hay terminología médica específica; lesiones de piel en patología diabética. Hay uan servilleta vieja que ayuda a que las gotas desparramadas ante tantos mates cebados no mojen los apuntes. La perra descansa en el sillón, hay un cuadro de la musculatura humana que me detengo a ver de cuando en cuando, para no olvidar los reparos. Psoas, gastrocnemio, sartorio. Es todo tan complejo. Es todo tan silencioso, hay tanto espacio vacío, ¿cuántas de mí entran en este cubículo? Cuántas en toda la casa, cuántas fuera, en el jardín. Cuántas en el espacio entre este sitio y ese horizonte, tan lejano. Cuántas de aquí a la Argentina querida. Cuántas en toda la superficie de la tierra.
El sufrimiento y la comparación se vuelven pequeñas cuando me vuelvo pequeña. Los problemas, ligeramente insignificantes. Sin la evasión de la vida ajena, sin la distracción que ignora la consciencia, es un pequeño segundo en el que de pronto redescubro (porque ya lo he sentido) que todo este espacio alrededor es inmenso, mucho más profundo y vasto que lo que concibo en general.
El lienzo que pintó Melisa reza que disfrutemos del proceso, que se vienen cosas grandes; acepto lo que viene, sin olvidarme de aceptar lo que es ahora, en este preciso momento. Sin olvidar que la riqueza no se mide en euros, aunque una cuenta holgada da tranquilidad, pero no es la determinante de la generosidad. Ver el horizonte y agradecer por tanta riqueza; por estos ojos que distinguen el color, la audición que distingue el ruido de las chicharras, el traqueteo de las teclas del teclado, y todo el silencio que existe entre medio, que permite la individualidad del sonido. La piel siente la brisa, es la misma que ha movido la copa del acebuche hace un instante; trae consigo el aroma a campo, verde; ya no a jazmines, la primavera se pasó, el calor aprieta, los pulmones se llenan de aire caliente y la mente aprende a guardar la calma meditando en la sensación de sofoco, convirtiéndola, aceptándola, abrazándola. Veo el mar, tan lejos y tan cerca. Tan solo ayer estaba ahí, bañándome; agua salada y clara, flotaba el cuerpo con sencillez, se agitaba en sus corrientes que dificultan la natación, pero agudizar la concentración permite aprovechar el flujo submarino y patear con fuerza en el momento adecuado, fusionándome con el mar, convirtiéndome en parte de ese agua, agua que hoy no me baña, pero que veo desde aquí, sentada en el salón, con todo este desorden que es sinónimo de hogar, con todos estos apuntes fruto del estudio dedicado y continuo, salón que no se parece a los de los videos, pero es que no sé si la vida se parece a la de los videos, que se pueden repetir, silenciar, reproducir a velocidad rápida, lenta, editar; no, la vida es este rato que se pasa mirando a través de la ventana el mismo mar que ayer me bañaba, el cielo turquesa que no se nubla, porque es verano, no hace falta mirar el calendario. Lo dicen las chicharras y el beige del campo, los animales recostados jadeando buscando el sitio más fresco de la casa, mi pelo atado en una coleta, el short, la malla, el vaso de agua que no paro de rellenar, el ventilador esperando ser encendido, la mente concentrada en no dejarse aplastar, el plan de playa con amigos, las olas, la arena, y esa sensación de que todo está donde tiene que estar.
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